China: 3 claves para entender a la futura primera potencia mundial

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China posee el 12% de las reservas globales de carbón, y la mitad de la nueva potencia fotovoltaica mundial

La salida de Estados Unidos del Acuerdo de París y tratados de comercio le da alas al país asiático

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Referirse a China como potencia emergente es, a día de hoy, insuficiente. Según los últimos pasos dados por el gigante asiático, sería más correcto llamarlo primera potencia emergente. Todo en este país es masivo: el crecimiento de su economía, cada año, está entre los más elevados del mundo. Es el país más poblado, con 1.345 millones de habitantes, y el tercero con mayor extensión. Su ejército es el que tiene más efectivos, y posee armas nucleares. Su influencia en las decisiones planetarias está más que asentada con su membresía permanente en el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas. Finalmente, en los últimos años, y más aún tras la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, China está decidida a liderar la lucha contra el cambio climático. Algo que reforzaría, aún más, su liderazgo global. El auge del país asiático es imparable y espectacular y, según las previsiones del Banco Mundial, entre los años 2020 y 2030 podría ser la primera economía del mundo. Por el momento, ya es la segunda, por detrás de Estados Unidos y por delante de Japón. Analizamos las claves de su crecimiento hegemónico.

Economía

En gran parte, el germen del boom económico chino hay que buscarlo fuera de las fábricas, las grandes ciudades y sus centros financieros. La reforma agrícola llevada a cabo en los años ochenta por el entonces máximo líder de la República, Deng Xiaoping, aumentó exponencialmente la productividad en un momento en que la tierra no era capaz de abastecer a una población que crecía de forma imparable. Aunque China tiene una extensión enorme, gran parte el país es árido, y las tierras de cultivo se concentran en pocas zonas. La llamada Política de Responsabilidad impulsada por Xiaoping puso fin de la colectividad e impuso el arrendamiento: el Estado alquilaba un lote de tierra al agricultor que, una vez descontados los gastos de la producción y el arrendamiento, obtenía un beneficio. Esta medida supuso un gran incremento de la productividad. Los arrendamientos se prolongaron hasta los 30 años, lo que ha tejido el hoy boyante sector agrario.

La segunda revolución de Xiaoping fue industrial: China es especialmente rica en recursos minerales, y de hecho posee el 12% de las reservas mundiales de carbón. Después de la etapa solipsista de Mao, Xiapoing se propuso abrir la economía del país al mundo. Las medidas se centraron en grandes transformaciones: además de la agricultura, dinamizó como nunca la industria, la tecnología y el poder militar. Esta política de apertura motivó la llegada a China de ingentes inversiones de capital de países extranjeros para su industrialización y el desarrollo de sus transportes e infraestructuras. La carta de cambio de China es la misma que hoy: una masa inigualable de potenciales consumidores que cada vez tienen más relevancia en las economías de Europa y Estados Unidos. La estabilidad de su sector bancario era precaria, pero un incumplimiento sistemático de los derechos humanos (esto, en sus zonas fabriles, le procuró una productividad imbatible) convirtió a China en, como el propio país se autodenomina, «la fábrica del mundo». Su fórmula: producción masiva gracias a un sector manufacturero de bajo coste.

China

Los economistas aventuran una nueva revolución en China, tan o más importante que las emprendidas por Xiaoping: quiere ir más allá de ser la gran productora con poco valor añadido, pero con los precios al consumidor más competitivos del mundo. Dicho sencillamente: quiere pasar de ser el gigante industrial al gigante tecnológico y de conocimiento.

Parece que la geopolítica sopla a su favor en los últimos tiempos: la decisión de Trump de negarse a firmar el Trans Pacific Partnership (TPP), que daría a Estados Unidos un acceso comercial sin precedentes a Australia, Brunei, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam y todo el Océano Pacífico, ha supuesto un retroceso en la integración mundial de la primera potencia.

Según previsiones del Centre for Economic Policy Research (CEPR), este tratado le habría proporcionado un crecimiento del 0,5% a Estados Unidos, esto es, un incremento del PIB de más de 130.000 millones de dólares. Esto le ha dado espacio a China para impulsar el Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP), que incluye a ASEAN, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, además de seis países: Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda e India. Este acuerdo, según datos de CEPR, le supondrá al gigante asiático un crecimiento de su PIB del 1,4% (250.000 millones de dólares). Si Trump hubiera dicho que sí al TPP, la economía China habría menguado un 0,1%. En definitiva: Estados Unidos ha permitido que la posición de China en la zona oriental sea todavía más dominante. Su influencia se ve claramente ya en sus últimas políticas, con sanciones económicas a Japón y a Filipinas, o la prohibición de su población de veranear en Corea del Sur (los chinos son su principal fuente de ingresos turísticos) por haberle comprado un escudo antimisiles a Estados Unidos.

El último movimiento de China en Latinoamérica, aprovechando la indecisión de Trump ante el NAFTA , ha sido similar: ha duplicado su comercio bilateral con la región. Y en África ha desplazado la hegemonía de Francia y Reino Unido, con la financiación masiva de infraestructuras como ferrocarriles, carreteras, minas, etcétera.

Medio ambiente

Según la Cheung Kong Graduate School of Business (CKGSB), «la contaminación ambiental en China afecta a la productividad de los trabajadores; una reducción del 1% de las partículas en suspensión sin que implique mermar su producción industrial, supondría un aumento anual del PIB cercano al 0,1% del PIB».

Este es uno de los grandes acicates que llevan a China a querer liderar las políticas medioambientales: el Gobierno se ha fijado de reducir, para marzo de 2018, en un 20% el nivel de partículas nocivas (PM 2,5) en las regiones de Pekín, Tianjin y Hebei, las más contaminadas.

Pero sería inexacto decir que la mejora productiva es el único aliciente para China en este sentido: el país es consciente de que la lucha contra el cambio climático va a protagonizar este siglo, hasta el punto de que va a generar una de las industrias más potentes. Liderar esa causa es, por extensión, liderar el planeta. El desarrollo de las renovables en China es impresionante: en 2016, la potencia instalada de la energía fotovoltaica aumentó un 80% y la eólica un 12% respecto al año anterior. Además, China supone ahora casi la mitad de toda la nueva capacidad solar fotovoltaica del mundo, y el 15% de la eólica.

En este caso, también es Trump quien deja vía libre al país asiático en su escalada a la cúspide, por salirse del Acuerdo de París que, lejos de quedarse huérfano, ha acelerado las políticas de otros países, especialmente, de China, que está dispuesta a suplir el liderazgo estadounidense. Así lo publicaba recientemente el diario estatal chino Global Times: «Trump ha eludido con descaro su responsabilidad ante el cambio climático. China asumirá el papel de Estados Unidos en la lucha contra el calentamiento global. Lo ha incluido ya en sus planes para los próximos cinco años».

Sociedad

Tan solo unos 400 millones de habitantes se benefician del desarrollo económico actual de China, menos de un tercio del país. Esto coincide con la población rural, mucho más pobre, y menos avanzada socialmente.

El responsable de la planificación económica de China en 2004, Ma Kai, alertó de que la distancia en cuanto a riqueza entre las regiones costeras, junto con las ciudades, y las zonas rurales, eran de tal envergadura que el riesgo de desórdenes sociales de gran magnitud podría estallarle en las manos al Gobierno.

China

En cuanto a su sistema político, se suele calificar a China de «dictadura democrática». Lo cierto es que carece de los derechos y libertades de los países de occidente, y de gran parte de los que le rodean. Aunque hay varias formaciones políticas, ninguno puede ejercerle oposición al Partido Comunista. No hay libertad de expresión ni de prensa, ni separación o independencia de poderes. Es un Estado totalitario, si bien el poder supremo no recae en un solo individuo (como suele ser habitual en las dictaduras), sino en el Partido Comunista en su totalidad, por más que su presidente tenga especial influencia.

Amnistía Internacional denunció a principios de este año que el Gobierno continúa promulgando una serie de leyes nuevas relativas a la seguridad nacional que entrañan graves amenazas para la protección de los derechos humanos. «A lo largo del año continuó en todo el país la oleada de represión contra activistas y abogados y abogadas de derechos humanos. Las personas que se dedicaban al activismo y a la defensa de los derechos humanos siguieron siendo sistemáticamente vigiladas, hostigadas, intimidadas, detenidas y recluidas. La policía recluyó a un número cada vez mayor de defensores y defensoras de los derechos humanos en centros de detención no oficiales, en ocasiones sin acceso a asistencia letrada durante largos periodos, con lo que corrían peligro de sufrir tortura y otros malos tratos», desveló un portavoz de la ONG.

En la reciente celebración del XIX Congreso del Partido Comunista Chino, el actual  presidente, Xi Jinping, prometió «el inicio de una nueva era». Ningún analista internacional se lo toma en serio, porque es una promesa vacua que lleva sonando desde que en 1949 el PCCh se hiciera completamente con el poder en China continental.

Sin embargo, China no es tratado por la comunidad internacional con la misma fiereza que trata a otros países sin democracia, vulneradores de derechos. Al contrario: tiene poder de veto en la ONU, y todos quieren «bailar» con ella. En una sociedad global como la que vivimos, sustentada en la ley de la oferta y la demanda, es absolutamente normal: China es un mercado de más de mil millones de potenciales compradores. El más grande del mundo.


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