La arquitectura social de Norman Foster

Foster

«El comienzo de todo esto fue con unas personas que decidieron salir de la cueva y crear un edificio bajo las estrellas»

Coinciden su proyecto de ciudad libre de emisiones Masdar con el precursor plan territorial ecológico de La Gomera

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«¿Sinceramente? Que se revierta el Brexit». Esta respuesta dada por Norman Foster no es baladí. El periodista no le había planteado una cuestión fácil: el arquitecto nacido en Mánchester, a sus 83 años, atesora, entre otros muchos, un Premio Pritzker y un Príncipe de Asturias, ha sido el artífice de una centena de obras, muchas icónicas como la renovación del Parlamento alemán, el rascacielos 30 St MaryAxe de Londres, o la Hearst Tower de Nueva York, sede de la mayor editora de revistas del mundo. Uno de sus últimos encargos es la nueva ampliación del Museo del Prado. Tiene oficinas en Londres, Madrid, Hong Kong, Abu Dhabi y Nueva York, con una plantilla de unas 1.200 personas. Es, para muchos, el arquitecto vivo más influyente del mundo.

El periodista le había preguntado si le quedaba algún sueño por cumplir. «Me siento europeo, para mí, Europa somos una gran familia. Yo soy así. Me gusta el trabajo en equipo. Mi sueño es que nunca hubiera existido un Brexit». Es una de las muchas declaraciones que hizo a los medios invitados (entre ellos, Ethic) por Fundación Telefónica para inaugurar la exposición Norman Foster. Futuros comunes, «un diálogo entre el pasado y el futuro del legado social del arquitecto», como describen sus responsables. «Me hace gracia cuando me preguntan en qué momento decidí aplicar criterios sociales y de sostenibilidad a mis obras», declaraba el británico, y anunciaba: «Lo he hecho desde que empecé en esto. No es un punto de inflexión. Es un camino continuista, en el que esos criterios siempre los he tenido presentes».

La muestra, comisariada por Luis Fernández-Galiano, catedrático de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, estará abierta al público del 6 de octubre de 2017 al 4 de febrero de 2018, en la planta 3 de la sede de la Fundación Telefónica, en la madrileña calle Fuencarral. Arquitecto y catedrático mantuvieron un breve diálogo público en el que salieron algunas conclusiones interesantes, como que «la mejor ciudad no es la que tiene mejores edificios, sino la que da más espacio a sus peatones».

En la sede de la Fundación Telefónica se exponen y documentan doce proyectos recientes que dialogan con otras tantas propuestas de décadas anteriores del arquitecto británico, para subrayar la continuidad de sus inquietudes, precisamente las referidas a la implicación social  y sostenible.

El futuro y el pasado de sus obras patrimonio se incardinan en la exposición, por ejemplo, al relacionar su cuidadosa extensión de las míticas bodegas Château Margaux con sus primeros dibujos de arquitectura vernácula, cuando todavía era estudiante, o al comparar su actual proyecto para la ampliación del Museo del Prado con el Carré d’Art que completó hace un cuarto de siglo en Nîmes.

El futuro de la forma y la función arquitectónica vinculan la reciente sede de la compañía Bloomberg en la City londinense con la que construyó para Willis Faber & Dumas hace cuarenta años, y la nueva Casa de Gobierno en Buenos Aires con el renovador Sainsbury Centre, que en su día transformó la percepción de los espacios del arte.

Una muestra de la conciencia sostenible en las obras de Foster es el diálogo que establecen en la exposición su proyecto de ciudad libre de emisiones Masdar con el precursor plan territorial ecológico de La Gomera. Pero uno de los proyectos más llamativos es una estación para drones en África: «Son el mejor sistema para llevar ayuda humanitaria rápidamente y sin riesgos, allí donde más se necesita», explicaba Galiano durante la presentación.

El futuro también tiene protagonismo en esta cita: «El de las redes que enhebran el planeta, e incluso la expansión de la humanidad fuera del mismo», explica Foster. Convive así su base lunar para la Agencia Espacial Europea, construida con robots y tecnología 3D, con la primera realización del arquitecto, un minúsculo refugio en forma de cabina de avión, llamado Cockpit.

«No veo, como arquitecto, ninguna diferencia entre esos dos proyectos. Sencillamente es ver cómo se usan los recursos disponibles, tanto materiales como temporales, de costes y energía creativa», explicaba Foster durante la presentación, y concluía: «Cuando hablamos de tecnología, es como si fuese un invento de hace 10 años. Pero viene de mucho más atrás. El comienzo de todo esto fue cuando dos o tres personas decidieron salir de la cueva y crear un edificio bajo las estrellas».


COMENTARIOS

  1. A mí me parece que en el Paleolítico Superior la gente rica y poderosa vivía en cuevas y cavernas. Lxs pobrxs y más débiles se tenían que conformar con chozas y tiendas de campaña. Más adelante, tras la (contra)revolución neolítica, las sociedades se estratificaron, lxs nuevxs ricxs también quisieron vivir en cuevas y como no había para todxs pero se disponía de mano de obra, en general barata, pusieron a la peña a picar piedra y a construir cuevas artificiales… Y luego, para no ser menos, lxs pobres inventaron el adobe y similares… Parece que en Asia Central y Occidental no agarraron bien estos modernismos y allí al menos la yurta, y a veces incluso el tipi, siguen siendo a día de hoy opciones de vivienda tan valoradas como cualquier otra.


  2. TIENE UNA OBRA MUY CARA Y NADA SOCIAL, PERO SÍ MUY RENTABLE PARA ÉL.


  3. Muy interesante su visión de la ciudad imprescindible ver la exposición