¿Y si la ‘Palabra del Año’ no mirara al pasado, sino al futuro?
Las palabras que elegimos dicen quiénes somos como sociedad. Quizá ha llegado el momento de elegir quién queremos ser.
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Cada año, el diccionario de Oxford University Press elige la llamada ‘Palabra del Año’. A primera vista, esta decisión puede parecer anecdótica, casi lúdica. Pero no lo es. En realidad, es un ejercicio de diagnóstico cultural: una forma de capturar en una sola palabra el clima emocional, político y social de un momento histórico.
Echemos un vistazo a las «ganadoras» de los últimos años:
En 2020, no hubo una sola palabra, sino muchas: pandemic, lockdown, coronavirus. Un lenguaje fragmentado para un año que tampoco podía explicarse de una sola manera.
En 2021, la palabra fue vax, abreviatura de vacuna. La ciencia como solución y horizonte, pero también como motivo de disputa y conspiración.
En 2022, goblin mode, o modo duende en español: una forma de nombrar ese repliegue hacia la apatía, la pereza y el desorden que caracterizó al estado mental pospandémico.
En 2023, rizz, un término derivado de «carisma», que habla de exposición, de identidad y de la necesidad de gustar en un mundo cada vez más mediado por la mirada de otros.
En 2024, brain rot, traducido literalmente como podredumbre cerebral. Un concepto que describe el deterioro mental asociado a un consumo excesivo de contenido digital.
Y en 2025, rage bait, anzuelo de rabia, que se refiere a contenido creado explícitamente para provocar indignación y alimentar la economía de la atención a través del enfado.
Si ponemos estas palabras en fila, lo que aparece no es solo una lista de términos de moda. Es un relato. Un retrato bastante preciso de cómo nos sentimos como sociedad. Pandemia. Vacunas. Agotamiento. Exposición. Saturación. Indignación.
La ‘Palabra del Año’ es un espejo que nos muestra qué ha pasado y cómo lo hemos vivido. Nos ayuda a ordenar el pasado y describir el presente, pero nos deja a la deriva de cara al futuro. Quizá ahí está la cuestión.
El lenguaje no es solo descriptivo, también es performativo. No solo nombra el mundo: lo construye
El lenguaje no es solo descriptivo, también es performativo. No solo nombra el mundo: lo construye. O, al menos, construye la forma en la que lo percibimos, lo entendemos y, en última instancia, la forma en la que actuamos sobre él. Por eso las palabras tienen tanto poder. Porque nombrar algo es darle forma. Es hacerlo visible y real.
Entonces, ¿y si dejamos de preguntarnos qué palabra define nuestro tiempo y empezamos a preguntarnos qué palabra podría transformarlo?
Yo propongo una: beland.
Beland es una palabra nueva creada para visibilizar una necesidad común a todos los seres humanos: la de tener un lugar donde sentirse a salvo. Ese lugar existe para muchos. Pero no para todos. Y esa es una de las grandes desigualdades de nuestro tiempo.
Sin embargo, hasta ahora no teníamos una palabra sencilla y universal que nos permitiese hablar de ello sin recurrir a conceptos cargados de historia, ideología y conflicto. Tal vez por eso seguimos abordando temas como la migración, el desplazamiento o la pérdida del hogar desde marcos que muchas veces dificultan la empatía en lugar de facilitarla. Beland nace de esa necesidad lingüística. Es un intento de poner en valor el vínculo entre una persona y el lugar que le da sentido, le sostiene y le hace sentirse en paz.
La siguiente pregunta es: si nuestro propio vocabulario nos recordase que la tierra no está ahí para ser tomada ni explotada, sino que la tierra (land) está ahí para que las personas simplemente sean (be), ¿aumentaría la empatía por las personas migrantes o sintecho? Si una palabra como beland fuese ‘Palabra del Año’, ¿aumentaría la implicación de todos nosotros por conseguir un mundo más justo? Personalmente, estoy convencida de que sí.
Esto puede parecer ingenuo. Demasiado optimista para un contexto global que no invita precisamente a ello. Pero también puede ser una forma de introducir otra lógica en la conversación pública. Una lógica en la que el lenguaje no se limite a reflejar nuestras circunstancias, sino a potenciar nuestras posibilidades. Y es que quizá el gran problema no es que ciertas ideas no sean posibles, sino que no les estamos prestando atención.
Lo más interesante de crear una palabra es que empiezas a verla en todas partes. Beland nos ha llevado a colegios, a conferencias y a proyectos sociales muy distintos entre sí. Y lo que hemos encontrado en todos ellos es lo mismo: personas que trabajan cada día para que otros puedan tener un lugar donde estar a salvo. Personas que acompañan. Acogen. Reconstruyen. Personas que, sin saberlo, llevan años creando beland.
La palabra es nueva. La realidad que nombra, no. Tan solo tenemos que aprender a darle el valor que se merece. Empezando por hacer que ‘Palabra del Año’ deje de ser sinónimo de espejo y se convierta en sinónimo de aspiración.
Al fin y al cabo, elegir la palabra del año es elegir qué historia queremos contarnos como sociedad. Quizá ha llegado el momento de empezar a contarnos una historia distinta. Una historia de esperanza, de convivencia y de igualdad. Porque el futuro no se descubre, se construye. Y, a veces, todo empieza por una palabra.
Laura Torres es la autora del cuento ‘Beland, mi lugar en el mundo’ .
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