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Vindicación del presente

Se puede estar en el presente con la misma ausencia con la que se cumple un trámite burocrático, se asiste a una comida familiar obligada o se mira, absorto, un paisaje que nos es indiferente. Estamos allí, pero sin la atención que constituye esa forma mínima de la lealtad, la manera discreta pero imprescindible con que honramos la vida.

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17
junio
2026

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La palabra «presente» conserva todavía, bajo el uso vulgar que de ella hacemos, una exigencia cada vez más olvidada. Procede del latín praesens, participio de praeesse, es decir, estar delante, comparecer, hallarse ante alguien o ante algo. No designa, por tanto, ese punto tan microscópico y fugitivo que separaría mecánicamente el pasado del futuro, esas dos bellísimas ficciones. El presente no sabemos lo que es, pero podemos decir que no es solo lo que ahora ocurre ni equivale a coincidir físicamente con un instante, del mismo modo que estar vivo no equivale solo a respirar.

Se puede estar en el presente con la misma ausencia con la que se cumple un trámite burocrático, se asiste a una comida familiar obligada o se mira, absorto, un paisaje que nos es indiferente. Estamos allí, pero sin la atención que constituye esa forma mínima de la lealtad, la manera discreta pero imprescindible con que honramos la vida.

La neurociencia muestra que la experiencia humana del presente se construye mediante sistemas predictivos que permiten reducir la incertidumbre

Sin embargo, los estudios más recientes en el campo de la neurociencia no nos autorizan a pensar el cerebro humano como un órgano serenamente instalado en el presente, no al menos en un sentido puro; muestran, más bien, que la experiencia humana del presente se construye mediante sistemas predictivos y prospectivos que permiten reducir la incertidumbre y preparar la acción. Lo sabemos desde los modelos pioneros de codificación predictiva de Rao y Ballard (1999), que entendieron la percepción como una anticipación corregida por errores de predicción, hasta la noción de prospective brain de Schacter, Addis y Buckner (2007, 1997) que postularon que al recordar el pasado e imaginar el futuro se activan circuitos parcialmente comunes de construcción de escenas.

No obstante, estos descubrimientos no deben abocarnos al fatalismo. Que nuestra arquitectura neurocognitiva sea anticipativa no significa que estemos condenados a vivir exiliados del ahora. Más bien al contrario: esa inclinación prospectiva constituye una de las formas más altas de nuestra humanidad. Gumbrecht había calificado nuestro tiempo contemporáneo como un «lento presente», por el cual no somos capaces de dejar atrás el pasado y este se nos viene encima porque lo encontramos siempre demasiado disponible. A la vez, el futuro ha dejado de comparecer como promesa moderna de emancipación y se presenta más bien incierto y amenazante. Como consecuencia, vivimos un presente de larguísima sombra, lento, pero no por lo apaciblemente pausado, sino por detenido en su propia acumulación. A la misma vez y paradójicamente, esta lentitud histórica convive con una aceleración nerviosa de la vida cotidiana, favorecida por la feroz industria del algoritmo, que habría pasmado al mismo Skinner. Ante ella nos postramos, recibiendo estímulos velocísimos en un horizonte opaco e inmóvil.

La vida humana tiene una estructura inevitable de anticipación. Pero la conceptualización heideggeriana del ser-para-la-muerte debería retrotraernos al presente de inmediato, como un resorte, pues nada como la muerte introduce en el tiempo humano esta seriedad incomparable sobre la que versa el existir, por mucho que nos proyecte hacia un futuro inevitable y compartido, que es la nada, el acabamiento, el final de los finales. Nada como la muerte nos interpela para dejar de concebir superficialmente el presente, esto es, como ese punto abismático y resbaladizo entre dos inexistencias.

Horacio nos lleva advirtiendo más de veinte siglos con su carpe diem. La famosa sentencia procede de la oda XI del libro I y está dirigida a Leucónoe. En ella, el poeta le aconseja no intentar averiguar cuánto tiempo de vida les han concedido los dioses ni confiar en esas prácticas astrológicas que prometían descifrar el porvenir. La exhorta, así, a aprovechar el presente, aduciendo que quien desea conocer de antemano el término de su vida empieza ya a abandonar el tiempo que le es propio y a convertirlo en cálculo y previsión, dejando de vivir antes de tiempo y encontrando su destino en los mismos caminos que tomó para evitarlo: «Vale más, como fuere, aceptar el decreto» (Odas I, 11). Leucónoe es la conciencia inquieta de quien, queriendo dominar el tiempo, termina por perder cuanto ansiaba.

Horacio aconsejaba, con su ‘carpe diem’, aprovechar el presente y dejar de vivir antes de tiempo

La anomalía espiritual reservada a los hombres de genio, que la vieja leyenda había encarnado en el Fausto de Goethe, es esta: la desproporción entre lo poseído y lo anhelado. Fausto lo ha aprendido todo: filosofía, derecho, medicina, teología, y, aun así, se descubre pobre y exhausto, incapaz de hallar en estos conocimientos una verdad fundamental que lo reconcilie con su existencia, hasta que la sombra doméstica de un perro negro, que luego se revelará como el mismo Mefistófeles, termina por convencerlo de que podrá apartarlo de tan altas aspiraciones.

En diferentes grados, la inclinación humana es fáustica porque vive siempre más allá de lo que tiene delante: desea saber más, vivir más, amar más, anticipar lo que viene, ensayar otras vidas posibles dentro de la única vida que nos ha sido concedida. El deseo de Fausto nos inquieta y logra atemorizar al mismo demonio, precisamente porque lleva al límite esa incapacidad tan humana de descansar enteramente en la medida del presente, y por eso mismo, su enseñanza es tan universal. Fausto acepta la tentación del diablo y permite que lo arrastre por la multiplicidad del mundo, pero lo hace bajo una condición decisiva, la siguiente: si Mefistófeles consigue ofrecerle un instante tan pleno que Fausto desee pausarlo, entonces habrá ganado la apuesta, y Fausto quedará entregado plenamente a su poder. Los versos dicen así: «Si alguna vez digo al instante: detente, eres tan bello, entonces podrás encadenarme, entonces aceptaré hundirme». En efecto, concluiría satisfecho Fausto: «Que el tiempo haya terminado para mí».

El tiempo es una realidad afianzada en el instante, dice Bachelard (1932). O lo que es lo mismo: el tiempo solo tiene realidad en el instante. La propuesta ha de ser firme, aunque serena: si, como pensó Bachelard, el tiempo nace en el instante, y cada instante abre una realidad nueva, solitaria y suficiente, entonces aprender a vivir nos exige aprender, lo más humanamente posible, a comparecer ante tal aparición. Solo después la memoria, el hábito y la imaginación reunirán esos nacimientos dispersos y los urdirán en el telar retrospectivo de una vida. Pero toda la densidad ontológica le pertenece al presente que hemos de reivindicar sin descanso, pues suyos son los poderes taumatúrgicos de nuestra existencia.

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