Thomas Chatterton Williams
El verano de nuestra desazón
«La muerte de George Floyd el 25 de mayo de 2020 en Mineápolis afectó a todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida pública y también a gran parte de nuestra vida interior», apunta Thomas Chatterton Williams.
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Como sucede con los acontecimientos del 11 de septiembre, recordaré durante el resto de mi vida dónde estaba exactamente el día que lo vi por vez primera. Era un martes por la tarde, en el oeste rural de Francia, donde llevábamos siete semanas encerrados, en cuarentena. Para entonces, los días eran indistinguibles, pero la nueva realidad, debido a su carácter repetitivo, había dejado de ser una molestia y se había convertido en algo así como un consuelo. El sol había brillado con una fuerza inusual durante todo el confinamiento. Pasé la mañana haciendo ejercicio y leyendo, consciente de lo afortunado que era por poder teletrabajar. En muchos sentidos, se trataba de una existencia más saludable que la que habíamos dejado atrás, en el denso París. Tras recoger los restos del almuerzo familiar, mientras llevaba mi café a la oficina que me habían prestado, oí las voces de los niños en el patio. No sé bien cuándo se afianzó el hábito —unos años antes, supongo—, pero la nueva normalidad significaba que, al acceder a internet, no iba a mi correo electrónico ni a la página de inicio de The New York Times, sino directamente a Twitter.
Una publicación de CBS News a las 13:21, hora local, me sacudió de encima el grato solipsismo del confinamiento. «Un vídeo muestra a un policía de Mineápolis con la rodilla sobre el cuello de un hombre inmovilizado mientras este se queja», decía el texto al pie de una imagen impactante. En medio de la abrumadora avalancha de malas noticias y estrés que constituye el alma misma de las redes sociales —y en un momento en que el presidente de Estados Unidos, inmerso en una campaña atroz, se había pasado el fin de semana en el que se conmemoraba el Día de los Caídos atacando la apariencia física de varias oponentes femeninas, un momento en que el número de muertos en Estados Unidos a causa del nuevo coronavirus se acercaba rápidamente a la simbólica e impensable marca de los cien mil—, esta imagen resultaba aún más perturbadora. Si no me había quedado del todo claro todavía en aquel primer y angustioso clic, lo hizo, sin duda, en las horas y días siguientes: para Estados Unidos, y también para gran parte del mundo, era la quintaesencia visual de una historia cancerosa que duraba ya siglos, la de una opresión retorcida, transatlántica, representada en carne y píxeles.
A partir de aquel momento habría dos George Floyd, conectados, pero no idénticos: fue necesario separarlos. Por un lado, estaba el hijo y el hermano, el desempleado, el que tenía restos de anfetaminas y fentanilo en la sangre, al que la suerte dio la espalda aquel fin de semana. Un hombre en mal estado que dormitaba en un coche aparcado cuando la policía lo encontró; un individuo que, poco antes, había colado un billete falso en una tienda, un delito menor que incluso al cajero le avergonzaba, según parecía, haber denunciado. Este George Floyd había sobrevivido a un primer brote de Covid-19 solo para que un agente con el que había trabajado codo con codo como portero en la discoteca El Nuevo Rodeo lo asfixiara a plena luz del día.
La biografía de este simple mortal, su juventud como prometedor atleta de instituto en un equipo de fútbol americano de élite en Houston, Texas, sus esfuerzos dispersos como aspirante a rapero en la escena screw de esa misma ciudad, y su prácticamente indigna de mención, y no muy entusiasta, carrera criminal como alguien que se había dejado involucrar en el robo de un apartamento y en la paliza con una pistola a la inquilina, una mujer embarazada, lo fijaron en un momento y un lugar específicos dentro del discurso real y doloroso sobre la pobreza y el racismo sistémicos, el crimen y el castigo, el Black Lives Matter, la violencia policial, las limitaciones de la primera presidencia negra y su inmediata sucesora, la que se ha denominado, con pesar, «la primera presidencia blanca».
Por otro lado, está el inmortalizado George Floyd, cuya muerte existe en una secuencia de imágenes, en un penoso bucle alojado en nuestro cerebro, y puede evocarse instantáneamente en nuestras pantallas como una unidad cultural autosuficiente y compartible. La importancia de este último aspecto tecnológico —que está unido a su tema, por supuesto, pero también separado de él, y que lo trasciende— no puede minimizarse. Un «meme», como lo definió el biólogo evolutivo británico Richard Dawkins, «es una idea, comportamiento o estilo que se propaga por medio de la imitación, de persona a persona, dentro de una cultura, y a menudo conlleva un significado simbólico que representa un fenómeno o tema particular». La idea, latente durante años sin llegar a explotar, de un dolor negro pertinaz y una supremacía blanca asfixiante, dos polos definitivos de un orden incorregible —un orden estadounidense y, por extensión, europeo, y, en cierto modo, en última instancia, metafísico— fue con lo que se topó el mundo entero en ese clip de ocho minutos y cuarenta y seis segundos (aunque, en realidad, como aclararon más tarde los fiscales, Derek Chauvin estuvo arrodillado sobre Floyd durante nueve minutos y veintinueve segundos).
Este texto es un extracto de ‘El verano de nuestra desazón’ (Debate), de Thomas Chatterton Williams.
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