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Richard Wrangham

La paradoja de la bondad

Una gran rareza de la humanidad es nuestro amplio espectro moral, que puede ir de una crueldad inimaginable a una generosidad desgarradora.

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11
junio
2026

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Adolf Hitler, que ordenó la ejecución de casi ocho millones de personas y fue responsable directo de la muerte de muchos millones más, tenía, según su secretaria personal, Traudl Junge, una personalidad afable, amistosa y paternal. Odiaba la crueldad hacia los animales, era vegetariano, adoraba a su perra, llamada Blondi, y se mostró muy apenado tras su muerte.

Pol Pot, el líder de Camboya cuyas políticas eliminaron a una cuarta parte de la población de su país, era descrito por sus conocidos como un amable profesor de Historia francesa de voz suave.

Durante los dieciocho meses que estuvo en prisión, Iósif Stalin siempre se comportó de forma sorprendentemente calmada y nunca insultó ni gritó a nadie. De hecho, fue un recluso modélico y caballeroso, nada que ver con el tipo de hombre que después aniquilaría por razones políticas a millones de personas.

Puesto que los hombres realmente malvados también pueden tener un lado amable, no nos atrevemos a empatizar con su generosidad por miedo a que parezca que racionalizamos o justificamos sus crímenes. No obstante, esos hombres nos recuerdan un hecho curioso sobre nuestra especie. No somos únicamente el animal más inteligente, sino que poseemos una rara y desconcertante combinación de tendencias morales. Podemos ser la especie más nociva, pero también la más bondadosa.

En 1958, el dramaturgo y compositor Noël Coward captó lo peculiar de esta dualidad. Había superado la Segunda Guerra Mundial y estaba muy familiarizado con el lado oscuro de la naturaleza humana. «Resulta difícil imaginar —escribió—, teniendo en cuenta la inherente estupidez, crueldad y superstición de la humanidad, cómo se las ha arreglado para durar tanto. La caza de brujas, las torturas, el escepticismo, las masacres, la intolerancia, la salvaje inutilidad del comportamiento humano durante siglos resultan inconcebibles».

Y, sin embargo, la mayor parte del tiempo nos dedicamos a hacer cosas maravillosas que son todo lo opuesto a la «estupidez, crueldad y superstición», ya que son fruto de la razón, la amabilidad y la cooperación. Gracias a estas cualidades y a nuestra inteligencia somos capaces de proezas tecnológicas y culturales que definen a nuestra especie. Todavía resuenan en nuestros oídos los ejemplos de Coward: «Se pueden extraer corazones de pechos humanos, corazones muertos, y, después de una ligera manipulación, volver a colocarlos en un pecho vivo como si fueran nuevos. Podemos conquistar los cielos. Los cohetes Sputnik pasan zumbando alrededor del globo, controlados y dirigidos… y My Fair Lady se estrenó anoche en Londres».

La cirugía cardiaca, los viajes espaciales y la ópera son fruto de avances que habrían dejado boquiabiertos a nuestros antepasados. Sin embargo, desde un punto de vista evolutivo, lo más importante es que dependen de nuestra gran capacidad de trabajar juntos y de nuestra tolerancia, confianza y entendimiento mutuos. Son algunas de las habilidades que definen a nuestra especie como «bondadosa».

La combinación de bondad y crueldad en los humanos no es fruto de la modernidad

En suma, una gran rareza de la humanidad es nuestro amplio espectro moral, que puede ir de una crueldad inimaginable a una generosidad desgarradora. Desde una perspectiva evolutiva, esta diversidad presenta un problema sin resolver: si hemos evolucionado para ser bondadosos, ¿cómo es posible que nos comportemos de manera tan vil? O, si evolucionamos para ser malvados, ¿cómo es que también somos tan afables?

La combinación de bondad y crueldad en los humanos no es fruto de la modernidad. A juzgar por la conducta de los cazadores-recolectores y por los restos arqueológicos, las personas llevan cientos de miles de años compartiendo los recursos y las tareas y ayudando a los más necesitados. Nuestros antepasados del Pleistoceno eran muy tolerantes y pacíficos, aunque las mismas fuentes demuestren que también llevaban a cabo persecuciones, torturas, ejecuciones y se mostraban sexualmente dominantes, con un grado de crueldad tan abominable como la de cualquier práctica nazi. De hecho, hoy en día, la capacidad de manifestar brutalidad y violencia extremas no es exclusiva de ningún grupo en particular. Por diversas razones, una determinada sociedad puede haber experimentado un periodo muy pacífico durante décadas, mientras otra puede haber sufrido episodios de inusitada violencia. Pero a lo largo del tiempo y del mundo la psicología innata de las personas ha permanecido invariable. En todas partes, los humanos parecen haber mostrado la misma propensión hacia el bien que hacia el mal.


Este texto es un extracto de ‘La paradoja de la bondad’ (Capitán Swing), de Richard Wrangham. 

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