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No pasa nada

«Mi maternidad patas arriba llegó de la mano del autismo», señala Bego Prados en una obra donde aborda la discapacidad desde el prisma de una madre.

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26
marzo
2026

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Es mediodía y estamos en la cuneta de una de esas carreteras infinitas americanas. La primavera ha llegado al desierto, pero un aire fresco para la época entra por las ventanas de nuestro coche. Un bálsamo que agradecemos. En la parte trasera, nuestra hija de casi dos años grita en su sillita como si la mataran y sin que sepamos la razón. Su crisis estalló hace una hora y ninguno de nuestros intentos por consolarla ha funcionado. Sin saber qué más podemos hacer, estamos destrozados. Atrapados en este coche y lejos de todo, solo estamos seguros de una cosa. Nuestra hija está componiendo la peor banda sonora imaginable y ni este desierto, que hoy luce espectacular, nos parece ya hermoso. Nada ahora mismo podría parecerlo.

Aplastados en nuestros asientos, solo la brisa que se cuela por las ventanillas nos concede algo de alivio, pero no el su­­ ficiente. Mientras contemplo el paisaje, un estado anímico sombrío me invade y acabo convencida de que un paseo por el desierto me convertiría en un cadáver momificado. Clavo entonces los ojos en la carretera, pero mi juicio no mejora. El horizonte me parece inalcanzable y la carretera una línea infinita a ninguna parte. O algo peor. Imagino que la carretera no es infinita, sino que esta acaba en un profundo barranco por el que podríamos precipitarnos con el coche a toda velocidad. Un salto al vacío que también haría de mi cuerpo un cadáver. Un cadáver estrellado, en este caso hipotético, pero cadáver al fin y al cabo.

Con mi imaginación enviando mi cuerpo a la morgue, decido buscar consuelo mirando el cielo, pero, con los gritos de mi hija y lejos de sentir paz, acabo pensando en Dios. Pero no en un dios cercano y misericordioso, sino en un dios muscu­­loso y tiránico. Un dios apoltronado en una de esas nubes esponjosas y preparado para mandarme al infierno. Infierno que, seguro, solo puede estar al final de esta carretera.

Mirar el cielo ya no es ni reconfortante. Devuelvo la mirada a la carretera infinita y deseo con todas mis fuerzas que Forrest Gump aparezca con su estela de corredores para unirme al grupo y huir. Pero Forrest no aparece, y en su lugar un camión gigantesco pasa a toda velocidad, llenando nuestro coche de polvo.

El camión se precipita hacia el horizonte y fantaseo con lo maravilloso que habría sido escapar sobre su remolque, cual villana de la Marvel. Verme sobre su carga, de pie y enfundada en licra, para alejarme de aquí por unos segundos. Pienso en ello y creo que, con gusto, me habría lanzado a ese trasto in­cluso cargado de explosivos y, de repente, otro pensamiento absurdo me atraviesa. Persigo el camión con ojos afilados y me doy cuenta de que, por fin, sabré si la carretera es infinita o acaba en un barranco. Si podré ver, desde tan lejos, si el camión explota o solo desaparece dando paso a una columna de humo negro. Una ocurrencia macabra que me hace sonreír y que quiero compartir con mi marido. Pero, cuando le miro, me lo encuentro apisonado en su asiento por los gritos. Como dormido sin estarlo, y desesperado, en realidad, por buscar refugio en algún lugar blindado de su mente. Tan hecho polvo que, aunque le acaricio suavemente el pelo, ni reacciona.

De vuelta a la carretera, mi camión es solo un punto en el horizonte y me preparo para oír la explosión. Para ver la densa columna de humo negro. Pero ahora sucede el milagro. Los gritos cesan y nuestra hija empieza a calmarse. Olvido el camión y me giro para acariciarle la cara. Le retiro también el pelo pegado a sus mejillas y ella, por fin, acepta que la toque. Acepta que la consuele y salgo del coche para tomarla en brazos. La acerco a mi pecho, y ella se acurruca hasta quedarse dormida en mi regazo como lo haría un koala. Suspiro aliviada, y unas súbitas ganas de llorar me ahogan.

Cuando dejo de nuevo a mi hija en su sillita, la pobre ni se inmuta. Solo el agotamiento obró el milagro en ella, y regreso a mi asiento para recobrar algo de fuerza. Mi marido sigue con los ojos cerrados y los dos nos quedamos en silencio. Por fin, en verdadero silencio. Fijo la vista al final de la carretera y veo que mi camión desaparece para siempre sin que ninguna columna de humo negro asome. La carretera es solo infinita y la vida continúa tras el lejano horizonte. Sin más. Tomo entonces la mano de mi marido y, rompiendo el bendito silencio, le digo:

—Marc, creo que Jone es autista

Y justo otro camión inunda nuestro coche de polvo.

La maternidad patas arriba

Mi maternidad patas arriba llegó de la mano del autismo y fue en aquel desierto americano donde, por primera vez, verbalicé el mayor temor sobre nuestra hija. Que eso sucediera en aquel lugar, en medio de la nada, ha tomado, con el tiempo, un mayor significado, porque en aquella carretera nuestra vida cambió por completo. No porque nuestra hija se convirtiera allí, por arte de magia, en una niña autista, sino porque el autismo con el que ella nació se convirtió en parte de nosotros para siempre.

Cualquiera que tenga hijos sabe que la crianza nos pone patas arriba en muchos momentos. Ninguna maternidad se salva de ese trance, pero hay casos en los que estar patas arriba, como madre (o padre), es lo habitual y lo ordinario. Lo que conforma el día a día de quienes, como nosotros, tienen hijos e hijas que jamás imaginaron cuando desearon tener bebés. Esa maternidad que nadie espera mientras el embarazo progresa y de la que todavía no se habla lo suficiente. Por razones que ignoro y pese a que la maternidad ocupa más libros que nunca.


Este texto es un extracto de ‘No pasa nada’ (Espasa, 2026), de Bego Prados. 

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