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Los nietos de Maricarmen: historia de un descontento intergeneracional

La acampada de estos días en la Puerta del Sol es un movimiento más joven, concreto, centralizado y dirigido que lo que fue en su día un 15M más salvaje y espontáneo. La demanda es muy concreta: garantizar el acceso a una vivienda digna.

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29
septiembre
2026

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Es mi primer desahucio. Todavía no ha amanecido y los antidisturbios se bajan de las lecheras frente a la casa de Maricarmen. Empiezan a desalojar a los periodistas. Yo tengo la suerte de ser también vecina, así que con esa excusa consigo zafarme y quedarme dentro el perímetro mientras expulsan a la prensa a un lugar con cero visibilidad.

Un vídeo de Maricarmen en el que agradece el apoyo se proyecta frente a la fachada del edificio. Un manifestante de unos treinta y pocos años lo señala mientras le grita a uno de los agentes: «Miradla a la cara. Mirad lo que vais a hacer… ¡Es solo una anciana!». Después, llegan los brazos entrelazados, los enganchones y los tirones de pelo, los gritos de «vergüenza» y el sonido de los golpes secos de la policía tirando abajo la puerta del portal.

A pesar del trágico desenlace de esta historia, el caso Maricarmen ha prendido la mecha de la indignación. La rabia de unos jóvenes con los que comparte poco más que la coincidencia de que podrían ser sus nietos. Jóvenes que, al contrario de lo que muchos pensaban, no estábamos tan anestesiados por las pantallas.

Quince años después del 15M, la vivienda es el principal problema de los españoles, según el CIS. Un problema que complica la vida de los trabajadores, lastra al país y expulsa a los más vulnerables de sus casas. Un problema que encendió la calle entonces y que vuelve a explotar con la misma fuerza, pero con algunas diferencias.

En la escena final de En los márgenes, dirigida por Juan Diego Botto, la movilización vecinal y la unión colectiva intentan frenar el desahucio de Azucena, personaje a la que da vida Penélope Cruz. Es una trabajadora vulnerable y precaria de supermercado que vive en un barrio humilde y a la que la crisis de 2008 ha dejado a la intemperie.

Hoy la crisis de la vivienda es más transversal e intergeneracional. Porque ya no solo lastra el futuro de las clases precarias de la periferia como refleja esta película. Ahora afecta también a ancianas que han vivido toda su vida en barrios «bien» y que cobran una buena pensión como Maricarmen y a jóvenes sobrecualificados que no han dejado de trabajar en grandes empresas desde que terminaron la carrera.

En capitales como Madrid o Barcelona, la especulación ha provocado que el coste de los pisos haya aumentado un 80% en diez años

En capitales como Madrid o Barcelona, la especulación ha provocado que el coste de los pisos haya aumentado un 80% en diez años. Los precios de alquiler y de compra son tan elevados que están alejando a la clase media de un centro convertido en parque temático y colonizado por grandes fortunas extranjeras. Las que pueden pagar alquileres de 2.000 euros al mes y comprar pisos normalitos por más de 1 millón.

Otra gran diferencia de esta nueva acampada es que el descontento no parte de la antipolítica y del manido eslógan «no nos representan» sino que pretende ser una fuerza que empuje a las instituciones a dar pasos que no ha dado hasta ahora y a encontrar soluciones que no sean meros parches.

La acampada de estos días en la Puerta del Sol es también un movimiento más joven, concreto, centralizado y dirigido que lo que fue en su día un 15M más salvaje y espontáneo. La demanda es muy concreta: garantizar el acceso a una vivienda digna. Y  está liderado por una organización, el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos, que conoce bien el problema y que lleva años canalizando la protesta social.

Solo hay que echar un ojo a las redes sociales. Tienen portavoces, vasos comunicantes con la cultura y los movimientos sociales, una comunicación estratégica y una gestión evidente de los mensajes que se quieren transmitir. En pocos días, han conseguido cambiar el marco del relato político, en un contexto en el que la ultraderecha llevaba sacando rédito durante semanas del debate antiinmigración por la crisis de Ceuta. Han demostrado que, en contra del pesimismo, si la sociedad civil se organiza se pueden cambiar las cosas.

Hasta ahora, el descontento social de los jóvenes no se había manifestado en las calles y en las plazas. Quizás porque creíamos que podríamos sobrevivir con la red de seguridad de unos padres, los tan denostados boomers, que nos protegían si venían mal dadas. Pero la realidad se abre paso y nos hemos dado cuenta de que ni siquiera su apoyo nos garantiza un proyecto de vida. Los nietos de Maricarmen han despertado.

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