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¿Podemos elegir nuestras creencias?

Las creencias no se eligen como quien cambia de opinión de un momento a otro, sino que se forman en una compleja red de experiencias y circunstancias.

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02
septiembre
2026

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Hagamos una prueba: durante los próximos cinco minutos, cree que la Tierra es plana. No finjas ni repitas la frase como un mantra. Créelo. Modifiquemos el ejemplo: si eres creyente, asume, durante lo que queda de año, que Dios no existe. Si eres ateo, lo contrario. Si votas a la izquierda desde los 18 años, intenta, por un rato, estar convencido de que el libre mercado es la panacea para todos los problemas sociales. No puedes. En esta línea, el psiquiatra Pablo Malo mantuvo durante un vídeo viral publicado en X que nadie escoge lo que cree, al igual que nadie elige lo que desea.

La postura, por supuesto, no es original –Schopenhauer ya escribió que un hombre puede hacer lo que quiere, pero no querer lo que quiere–, pero aun así continúa levantando ampollas. La gente se enorgullece de ser de izquierdas o de derechas como si hubiera llegado a esa posición tras un proceso soberano de deliberación racional, cuando, de hecho, no puede pensar otra cosa distinta de la que ya piensa. El orgullo identitario y la incapacidad de modificar la creencia a voluntad conviven para extrañeza de casi nadie.

En su declaración, Malo propone la prueba con la que hemos comenzado: si pudieras elegir tus creencias, podrías cambiarlas ahora mismo. El hecho de que no seas capaz sugiere que tu sistema de creencias no está alojado en la zona del pensamiento regida por la voluntad. Hasta aquí, la tesis resulta difícil de rebatir desde la experiencia inmediata. No obstante, conviene no enfrascarse con demasiada diligencia en la satisfacción del escepticismo bien argumentado, porque la cosa tiene más aristas de lo que parece.

Una primera objeción tiene que ver con la escala de tiempo. Es cierto que nadie cambia de creencia en cinco minutos, pero las creencias sí cambian con el tiempo; a veces, de forma radical. El converso religioso que abandona la fe de su infancia o el militante que rompe con el partido al que dedicó 20 años son casos habituales. Malo lo reconoce: los cambios de creencia ocurren, pero, añade, no son dominados por el sujeto. Suceden sin una decisión de antemano.

Aquí aparece, con todo, una zona de ambigüedad que resulta filosóficamente productiva. Si bien es cierto que no podemos elegir creer algo en este instante, sí podemos elegir las condiciones que hacen más probable que nuestras creencias cambien. Puedo decidir leer a autores que no piensan como yo o frecuentar a personas con experiencias distintas. Con esta estrategia uno no modifica directamente su red de creencias (o deseos), pero sí organiza, indirectamente, un contexto adecuado para la sugestión.

La segunda objeción toca un nervio más profundo. Si nadie elige sus creencias, entonces el concepto mismo de responsabilidad intelectual se torna resbaladizo. ¿Podemos reprocharle a alguien que crea en algo falso o dañino si esa creencia no es, en sentido sustancial, suya?

No elegimos nuestras creencias de golpe pero sí podemos cultivar o descuidar el terreno en el que crecen

Estas dos objeciones, lejos de anularse entre sí, apuntan en la misma dirección. Es decir, existe una forma de agencia que no es la que imaginamos cuando hablamos de libre albedrío, pero que tampoco es nula. No elegimos nuestras creencias de golpe pero sí podemos cultivar o descuidar el terreno en el que crecen. Esto deja al sujeto, continuando la metáfora, como el vacilante jardinero de un parterre que nunca termina de controlar.

Si las creencias no se eligen, si son el resultado de una historia personal, cultural y biológica que nadie ha pedido, sucede que el fanático no es más libre que el escéptico. Es una idea que suena a excusa y que, sin embargo, bien entendida, podría ser un maravilloso antídoto contra la arrogancia de quien confunde la intensidad de sus convicciones con una prueba de su validez.

Sería ramplón concluir que, dado que no elegimos nuestras creencias, da igual lo que creamos. En su lugar, la alternativa más honesta –y más compleja– pasa por la toma de conciencia de que nuestras certezas tienen causas que nadie domina. El resultado: una demanda de más tolerancia hacia otras opiniones –tal vez, por motivos pragmáticos, con la excepción del intolerante, como ya vio Karl Popper al enunciar su «paradoja de la tolerancia»–.

La idea de que no somos responsables de creer lo que creemos conduce a la demanda de una mayor dosis de tolerancia hacia las personas. No porque todas las creencias sean igual de valiosas; de hecho, no todas las creencias son respetables: «1 + 1 = 6» o «La Tierra es plana» son disparates que merecen ser confrontados dialécticamente. Hay que tolerar al otro, a la persona (no a sus creencias), simple y llanamente, porque nadie elige sus circunstancias ni los resultados que se derivan de ellas.

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