Miedo y asco: emociones como combustible de las plataformas digitales
La filósofa Martha Nussbaum lleva años advirtiendo de que la repugnancia y el miedo son dos de las emociones más poderosas a la hora de alimentar la irracionalidad y la agresividad en la vida política.
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Basta con observar el tono dominante en las redes sociales o en buena parte del debate político para darnos cuenta de hasta qué punto las emociones se han convertido en el principal combustible del debate social. La descalificación constante, los discursos de odio y la deshumanización del otro estructuran buena parte de la conversación pública. En la política contemporánea, las emociones juegan un papel clave para explicar muchas de las tensiones que atraviesan nuestras sociedades.
La filósofa Martha Nussbaum lleva años advirtiendo de que la repugnancia y el miedo son dos de las emociones más poderosas a la hora de alimentar la irracionalidad y la agresividad en la vida política. Cuando estas emociones dominan el espacio público, erosionan la deliberación democrática y abren la puerta a dinámicas de exclusión y violencia simbólica. Frente a ello, Nussbaum defiende la necesidad de educar y encauzar las emociones colectivas, promoviendo otras de signo positivo como el amor cívico o la compasión. Solo sobre esa base resulta posible imaginar un patriotismo sano: un apego al propio país que no se define por el odio al otro, sino por el compromiso con la justicia, la igualdad y el respeto a la dignidad de todas las personas.
Este patriotismo cívico se diferencia del nacionalismo esencialista, que concibe la nación como una realidad natural y excluyente, ligada a la etnia o al origen, y que ha estado en la base de algunos de los episodios más oscuros de la historia europea. Este tipo de nacionalismo se alimenta de emociones como el miedo y la repugnancia, y tiende a construir al otro como una amenaza o como un grupo inferior frente al que habría que protegerse.
Los algoritmos tienden a amplificar las emociones que generan mayor atención y participación
En este contexto, las redes sociales desempeñan un papel clave. Sus algoritmos tienden a amplificar precisamente aquellas emociones que generan mayor atención y participación, como el miedo, la indignación o el rechazo. El resultado es una dinámica que fomenta la polarización, refuerza nuestros sesgos y nos encierra en cámaras de eco, dificultando el debate público y el pensamiento crítico hasta erosionar, en última instancia, la cohesión social. En este entorno, la posverdad opera como una forma de manipulación emocional que prioriza el impacto afectivo sobre los hechos, permitiendo que la desinformación prospere al explotar emociones humanas profundamente arraigadas, como el miedo o el asco, que capturan nuestra atención con mayor eficacia que los argumentos racionales.
Hannah Arendt advirtió que el mal más peligroso aparece en la rutina y la renuncia a pensar
No es casualidad que las emociones negativas circulen con tanta facilidad en el entorno digital. La psicología lleva décadas mostrando que los seres humanos prestamos más atención a los estímulos que despiertan miedo, indignación o rechazo que a aquellos que apelan a la reflexión pausada. Las plataformas digitales conocen bien este funcionamiento de nuestra mente y han sido diseñadas para potenciar precisamente ese tipo de reacciones inmediatas. La cuestión, por tanto, no es si las emociones deben formar parte del espacio público, porque siempre lo han hecho, sino qué emociones queremos que lo estructuren y qué tipo de ecosistema informativo estamos dispuestos a exigir.
Mientras las sociedades no logren transformar el funcionamiento de las plataformas, la polarización seguirá intensificándose. No se trata únicamente de tecnología, sino de poder: de quién decide qué emociones se amplifican en el espacio público y con qué consecuencias para la convivencia y la deliberación democrática. Pero el problema no es solo estructural. Hannah Arendt advirtió que el mal más peligroso rara vez adopta la forma de la monstruosidad, sino la de la rutina y la renuncia a pensar. En un ecosistema digital que debilita el juicio crítico, el riesgo no es solo la mentira, sino la aceptación pasiva de sus efectos. Sostener una democracia viva exige, por tanto, recuperar tanto el control sobre las estructuras que moldean nuestras emociones como la responsabilidad individual de pensar y juzgar.
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