Plástico en el aire
Los microplásticos se han colado en nuestra vida cotidiana de forma invisible. Están en todas partes, incluso en el aire que respiramos. Estas partículas diminutas provienen de objetos y materiales que usamos todos los días.
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La imagen que acude a nuestra cabeza cuando nos hablan de contaminación por plástico es la de la superficie del mar cubierta de botellas, redes de pesca o restos de bolsas. Pero la contaminación plástica tiene una cara que no vemos y está en todas partes: partículas microscópicas suspendidas en el aire que respiramos a diario. Los microplásticos son una amenaza emergente, cada vez más documentada, para la salud humana y el medio ambiente.
Los microplásticos son fragmentos de materiales plásticos de tamaño reducido, generalmente inferiores a 5 milímetros, que se generan cuando plásticos de mayor tamaño se degradan, o bien provienen de productos manufacturados directamente en ese tamaño (fibras sintéticas, micropartículas, etc.). Cuando estos fragmentos adquieren tamaños aún menores, inferiores a 10 micrómetros, pueden quedar suspendidos en el aire, comportándose como aerosol, polvo o partículas finas. Se encuentran tanto al aire libre como en espacios interiores (hogares, vehículos, oficinas) y su inhalación es más habitual de lo que se suponía hasta hace poco.
Uno de los trabajos más alarmantes es el publicado el año pasado en la revista PLOS One, que estima que un adulto puede inhalar hasta 68.000 partículas de microplásticos al día. Estas, en su mayoría menores de 10 micrómetros (mucho más finas que un cabello humano), son lo suficientemente pequeñas como para penetrar profundamente en los pulmones e incluso entrar en el torrente sanguíneo.
Un adulto puede inhalar hasta 68.000 partículas de microplásticos al día
Otro estudio reciente, publicado en Springer Nature, midió la concentración de microplásticos en aire interior y exterior en diferentes estaciones y contextos. Sus resultados indican valores medios de 1,80 partículas por metro cúbico en interiores y 2,66 por metro cúbico en exteriores, cifras modestas a primera vista, pero que evidencian la presencia constante de estos contaminantes en el aire que nos rodea.
El problema tiene una escala global, como ha demostrado el proyecto PlasticDustCloud —liderado por un consorcio internacional de laboratorios—, que detectó deposición de microplásticos en el aire con tasas de hasta 1.300 partículas por metro cuadrado al día, tras muestreos realizados en 12 lugares de nueve países en tres continentes. Este hallazgo confirma que la contaminación plástica no se limita a zonas costeras o marinas; está presente en el aire urbano y rural.
Las fuentes de los microplásticos en el aire son muy variadas, muchas de ellas estrechamente vinculadas a la vida cotidiana. Entre las más relevantes se encuentran las fibras sintéticas que se desprenden de la ropa, alfombras o textiles de interiores. También contribuye el desgaste de neumáticos, frenos y pavimentos urbanos, que libera partículas de caucho y plástico. A esto se suman el polvo urbano, los restos de pintura, los plásticos domésticos, los embalajes y otros residuos degradados. Las actividades industriales, el tráfico, la construcción y el desgaste de materiales plásticos completan el panorama de fuentes que alimentan la contaminación atmosférica.
Un reciente análisis global basado en modelos atmosféricos indica que, contrariamente a lo que se pensaba, los océanos no son una fuente significativa de microplásticos al aire, sino más bien un sumidero. Esto significa que la mayor parte de la contaminación plástica atmosférica tiene un origen terrestre, lo que implica que el problema está presente en cualquier lugar donde exista actividad humana, consumo de plástico y degradación de materiales sintéticos.
La contaminación plástica no se limita a zonas costeras o marinas: está presente en el aire urbano y rural
Además, cuando los microplásticos presentan tamaños inferiores a 5–10 micrómetros, pueden alcanzar las vías respiratorias profundas y depositarse en los pulmones o pasar a la circulación sanguínea, aumentando el riesgo de desarrollar enfermedades respiratorias, cardiovasculares o incluso ciertos tipos de cáncer.
A esto se le añade que en los procesos de fabricación y manipulación del plástico se utilizan sustancias químicas como aditivos tóxicos, colorantes o plastificantes, que se mantienen independientemente del tamaño del desperdicio. En espacios mal ventilados, ya sean viviendas, oficinas o el interior de los vehículos, por ejemplo, las concentraciones pueden ser especialmente elevadas, lo que aumenta la dosis diaria inhalada.
La investigación es aún incipiente y faltan estudios a largo plazo, pero los datos acumulados son suficientes para considerar este tipo de residuo una amenaza real para la salud pública.
Por el momento, los expertos recomiendan las mismas estrategias que para combatir su dispersión en otros entornos, como la reducción del uso de plásticos de un solo uso, de envases innecesarios y de productos industriales de alta degradabilidad. Así, es necesario apoyar políticas públicas que controlen las emisiones plásticas, regulen los materiales, promuevan la economía circular y restrinjan el uso de plásticos contaminantes.
Por último, es indispensable fomentar la investigación sobre la presencia de microplásticos en el aire y sus efectos en la salud a largo plazo. Es clave que instituciones, científicos y ciudadanos trabajen juntos para generar datos fiables y comparables a nivel internacional.
Abordar la contaminación por microplásticos no es solo un reto ecológico, sino también de salud: requiere ciencia, acción política y conciencia ciudadana para protegernos y proteger nuestro entorno.
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