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La mala racha

Hay momentos en la vida en los que el azar parece adquirir una conciencia malévola. No es un evento aislado, un tropiezo solitario o una lluvia pasajera; es una secuencia, una cadencia rítmica de infortunios que golpea con la precisión de un martillo sobre un clavo ya hundido. A esto lo llamamos «mala racha».

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13
marzo
2026

Hay momentos en la vida en los que el azar parece adquirir una conciencia malévola. No es un evento aislado, un tropiezo solitario o una lluvia pasajera; es una secuencia, una cadencia rítmica de infortunios que golpea con la precisión de un martillo sobre un clavo ya hundido. A esto lo llamamos «mala racha». Sin embargo, bajo la superficie de esta experiencia universal, se esconde un complejo entramado donde dialogan nuestra biología cerebral y nuestra búsqueda ancestral de sentido. ¿Es la mala racha una realidad estadística o una construcción del espíritu?

Desde la psicología cognitiva, la mala racha es, ante todo, un glitch en nuestra percepción de la realidad. El cerebro humano es una máquina diseñada para la supervivencia, no para la verdad estadística. Somos descendientes de aquellos que vieron un patrón en la hierba y supieron que era un depredador; aquellos que no vieron patrones, no sobrevivieron. Esta herencia nos ha dejado con una compulsión: la apofenia, o la tendencia a percibir conexiones significativas entre cosas no relacionadas.

Cuando sufrimos tres contratiempos seguidos (se rompe el coche, perdemos el empleo, enfermamos), nuestro cerebro se niega a aceptar la aleatoriedad pura. Daniel Kahneman y Amos Tversky, pioneros en la economía conductual, exploraron cómo nuestras heurísticas —atajos mentales— nos traicionan. Caemos en la Ilusión de Agrupación (Clustering Illusion). Si lanzamos una moneda al aire mil veces, habrá secuencias largas de solo cruces. Si esa moneda fuera nuestra vida, llamaríamos a esas cruces consecutivas «una maldición». Pero para el universo, la moneda no tiene memoria; cada lanzamiento es independiente. La «racha» no existe en la física, solo en la narrativa que construimos a posteriori.

Cuando un sujeto percibe que el resultado de sus acciones es independiente de sus esfuerzos, colapsa

Más peligroso aún es el fenómeno que Martin Seligman describió en los años 60: la Indefensión Aprendida. Si la mala racha se prolonga, la psicología nos advierte del riesgo de dejar de intentar cambiar nuestra situación. Cuando un sujeto percibe que el resultado de sus acciones es independiente de sus esfuerzos, colapsa. La mala racha deja de ser un evento externo y se convierte en una jaula interna. Nos convencemos de que el fracaso es permanente, omnipresente y personal. Aquí es donde la narrativa psicológica nos advierte: la racha se alimenta de nuestra parálisis.

Imaginemos la mala racha como la roca de Sísifo. En el mito, Sísifo es condenado a empujar una piedra colina arriba, solo para verla caer antes de llegar a la cima, eternamente. Albert Camus, en El mito de Sísifo, nos invita a una visión revolucionaria: «Hay que imaginarse a Sísifo dichoso». La mala racha, la repetición del fracaso, es el absurdo de la existencia hecho tangible. Camus sugiere que la grandeza humana no reside en que la piedra se quede quieta en la cima (el éxito), sino en la voluntad de bajar a buscarla una y otra vez. La mala racha es el escenario donde se demuestra la libertad humana: la libertad de seguir empujando a pesar de la ausencia de garantías.

Cuando decimos «todo me sale mal», estamos emitiendo un juicio, no describiendo un hecho. La filosofía estoica nos insta a practicar el Amor Fati (amor al destino), un concepto que Nietzsche elevaría a la categoría de arte vital. No se trata de resignación pasiva («soporto esta mala racha»), sino de una aceptación entusiasta («abrazo esto porque es el material con el que debo trabajar ahora»). La mala racha no es un error del sistema; es el fuego que templa el acero. Sin la resistencia del viento, la cometa no vuela; sin la resistencia de la mala racha, el carácter no se forma.

Viktor Frankl, psiquiatra y superviviente del Holocausto, fusionó ambos mundos en la Logoterapia. Su teoría postula que el ser humano puede soportar cualquier cómo siempre y cuando tenga un porqué.

Las malas rachas son, en esencia, crisis de narrativa. Sentimos que el guionista de nuestra vida ha perdido el rumbo. Sin embargo, el concepto de Crecimiento Postraumático sugiere que es precisamente en la ruptura de la normalidad donde se expande la conciencia.

La filosofía oriental no esconde la fractura (la mala racha, el trauma, el error), sino que la resalta

Pensemos en el concepto japonés del Kintsugi, el arte de reparar cerámica rota con oro. La filosofía oriental no esconde la fractura (la mala racha, el trauma, el error), sino que la resalta. La taza rota es más hermosa y valiosa porque se rompió. Esta visión nos invita a dejar de ver la mala racha como un paréntesis que debemos borrar o esperar a que pase, y empezar a verla como el proceso de vetearse de oro.

Vivimos en una sociedad que exige un verano perpetuo: crecimiento constante, felicidad constante, éxito constante. Pero la naturaleza, de la cual no estamos separados, opera por ciclos.

¿Y si la mala racha no es un castigo, sino un invierno?

En la agricultura, el invierno no es la muerte del campo, sino el momento en que la energía se retira hacia las raíces. Lo que parece inactividad y desolación en la superficie es, en realidad, una concentración vital bajo tierra. Quizás la mala racha, psicológicamente agotadora y filosóficamente desafiante, tiene una función biológica y espiritual: obligarnos a detenernos, a podar lo superfluo, a conservar energía y a reevaluar nuestra dirección.

La teoría del Caos, con su famoso Efecto Mariposa, nos enseña que sistemas complejos son impredecibles. Lo que hoy etiquetamos como una racha desastrosa puede ser la perturbación inicial necesaria para un cambio de fase hacia un orden superior. Como en la historia taoísta del granjero chino (cuyo caballo escapa, lo cual parece malo, pero trae una manada de caballos salvajes, lo cual parece bueno, y así sucesivamente), la etiqueta de «mala» es prematura. Solo tenemos la visión parcial del presente.

No somos corchos flotando a la deriva en una tormenta de azar; somos los navegantes. Y aunque no controlamos el viento ni las olas de la mala racha, tenemos el control absoluto sobre el timón de nuestra interpretación y las velas de nuestra voluntad.

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