Los invisibles
Las sociedades no solo se definen por aquello que deciden mirar, sino también por aquello que aprenden a ignorar. En cada ciudad existen lugares donde la pobreza ha dejado de ser un acontecimiento para convertirse en parte del paisaje.
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Las sociedades no solo se definen por aquello que deciden mirar, sino también por aquello que aprenden a ignorar. En cada ciudad existen lugares donde la pobreza ha dejado de ser un acontecimiento para convertirse en parte del paisaje: el banco de una plaza, el soportal de una estación, la entrada de un supermercado. Allí suele haber una persona y, con frecuencia, un perro. Miles de ciudadanos pasan a su lado cada día. No es que no los vean; es que han dejado de percibirlos como una pregunta.
Esa es quizá la forma más sofisticada de exclusión que ha producido la sociedad contemporánea: la invisibilidad social. No consiste en desaparecer, sino en permanecer delante de todos sin formar ya parte de la comunidad moral.
La pobreza ha acompañado a la humanidad desde que existen las ciudades. En la Europa medieval, mendigos y peregrinos eran una presencia habitual y la respuesta se articulaba, con todas sus limitaciones, a través de la caridad religiosa. Más tarde, con la Revolución Industrial, la pobreza dejó de entenderse únicamente como un problema moral para convertirse también en una consecuencia de las transformaciones económicas y laborales. Sin embargo, el concepto de sinhogarismo es mucho más reciente y supone un cambio profundo de perspectiva. Ya no se habla simplemente de personas «sin techo», sino de personas que han perdido, de manera progresiva, los vínculos que sostienen una vida: el empleo, la vivienda, la familia, las relaciones sociales y, finalmente, el reconocimiento.
Dormir en la calle es el último eslabón de una cadena mucho más larga.
Durante décadas imaginamos a la persona sin hogar como un hombre mayor, aislado y con problemas de alcoholismo. Ese perfil sigue existiendo, pero ya no explica la realidad. La crisis financiera de 2008 marcó un punto de inflexión, aunque el verdadero cambio llegó después. En nuestros días, tener empleo ya no garantiza tener hogar. El fenómeno alcanza a trabajadores pobres, jóvenes expulsados del mercado inmobiliario, mujeres que huyen de la violencia, personas migrantes sin red de apoyo y ciudadanos que, tras una enfermedad, una separación o un despido, no encontraron un camino de regreso.
Las cifras ayudan a comprender la magnitud del problema. Según la última Encuesta de Centros y Servicios de Atención a Personas Sin Hogar del Instituto Nacional de Estadística, una media diaria de 34.145 personas se alojó en recursos especializados durante 2024, un 57,5 % más que en 2022. En esos mismos centros se sirvieron 71.121 comidas diarias, un incremento del 38,4 % en apenas dos años. Son datos que hablan de algo más que pobreza: reflejan una presión creciente sobre un sistema asistencial que intenta responder a un fenómeno estructural.
Dormir en la calle es el último eslabón de una cadena mucho más larga
Sin embargo, las cifras oficiales apenas muestran una parte de la realidad. Registran a quienes utilizan recursos asistenciales, pero dejan fuera a quienes duermen en vehículos, infraviviendas, asentamientos informales o cambian continuamente de sofá gracias a familiares y conocidos. El sinhogarismo representa el punto donde convergen varias fracturas de nuestra sociedad.
Es, por supuesto, un problema de vivienda. En un mercado donde los alquileres han crecido muy por encima de los salarios en muchas ciudades, un acontecimiento inesperado puede desencadenar una caída difícil de detener. Pero también es un problema laboral, porque la precariedad prolongada debilita la capacidad de afrontar cualquier crisis. Es un problema administrativo, porque sin domicilio resulta mucho más complicado acceder a prestaciones, renovar documentación o encontrar empleo. Y es, sobre todo, un problema relacional.
El sociólogo Robert Castel hablaba de la desafiliación para describir el proceso mediante el cual una persona va perdiendo, una tras otra, las redes que la mantenían integrada en la sociedad. La exclusión no sucede de un día para otro. Comienza cuando desaparece el trabajo estable; continúa cuando se rompe la red familiar o afectiva; se agrava cuando la vivienda deja de ser accesible y culmina cuando la persona deja de ser reconocida por los demás. La calle no es el origen del problema, sino su consecuencia más visible.
Existe otra pérdida de la que apenas se habla: la del tiempo.
La exclusión no sucede de un día para otro
Quien vive en la calle pierde esa capacidad de proyectarse a futuro porque ni si quiera puede controlar el presente. El tiempo deja de medirse en proyectos y empieza a hacerlo en urgencias: encontrar un lugar seguro para dormir, conservar la documentación, proteger las pocas pertenencias que quedan o llegar al siguiente comedor social. La supervivencia ocupa el espacio que antes pertenecía a la esperanza.
Esa transformación tiene consecuencias psicológicas profundas. Diversos estudios muestran una elevada prevalencia de trastornos de salud mental, ansiedad, depresión y enfermedades crónicas entre las personas sin hogar, agravadas por la exposición continuada al frío, al calor extremo, a la violencia y a la falta de descanso. La calle no solo empobrece; acelera el deterioro físico y emocional, convirtiéndose en un problema de salud pública además de social.
Quizá por eso resulta tan significativo el papel que desempeñan los perros.
Lejos de ser una excentricidad, representan uno de los últimos vínculos afectivos estables que muchas personas conservan. Obligan a mantener rutinas, ofrecen compañía y proporcionan una relación basada en la lealtad, algo especialmente valioso cuando casi todos los demás lazos se han roto. Paradójicamente, el perro también revela algo sobre nosotros. Muchas personas se acercan a acariciarlo mientras apenas dirigen una mirada a quien comparte con él la calle. No es solo una cuestión de empatía; es una manera de evitar la incomodidad que provoca reconocer a otro ser humano cuya situación cuestiona nuestras certezas sobre el mérito, el éxito o la seguridad.
El sociólogo Georg Simmel observó hace más de un siglo que la gran ciudad obligaba a desarrollar una actitud de reserva frente al exceso de estímulos. Esa distancia era un mecanismo de adaptación. El problema aparece cuando esa reserva se convierte en indiferencia. Entonces dejamos de sorprendernos por aquello que debería resultar insoportable. Las personas sin hogar pasan a formar parte del mobiliario urbano del mismo modo que una farola o un banco.
No solo empobrece a quien lo sufre. También empobrece a la sociedad que se acostumbra a él.
Tal vez esa sea la principal enseñanza que nos dejan los invisibles. No hablan únicamente de pobreza. Hablan de cómo distribuimos la riqueza, de cómo diseñamos nuestras ciudades, de la fragilidad de los vínculos comunitarios y de la facilidad con la que una sociedad puede convertir la exclusión en costumbre.
Una democracia no se mide solo por su crecimiento económico o por el número de viviendas que construye. También se mide por su capacidad para impedir que alguien deje de formar parte de la mirada de los demás.
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