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Peter Neumann

El largo siglo de las utopías

Peter Neumann recoge retratos de los artistas, pensadores y escritores que revolucionaron las ideas y el modo de expresarlas durante el siglo XX en ‘El largo siglo de las utopías’ (Tusquets).

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19
marzo
2026

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Por lo que pudiera suceder, se había llevado aquel montón de papeles con él y había cruzado los Alpes. Hasta el fin del mundo. Pero, como por el momento no había todavía ningún motivo para dejar de confiar en el servicio de correo, ni tampoco en las virtudes morales de las personas, aquel 14 de febrero de 1883, Friedrich Nietzsche se había puesto en marcha desde el pueblo italiano de Rapallo para llegar a la vecina Génova y enviar de viaje a Alemania su manuscrito. ¡Por correo urgente! La publicación no podía esperar más.

Escribir este libro, un ajuste de cuentas con su época que le ha salido del alma, no le ha llevado a Nietzsche ni diez días. Han sido diez días del frío mes de enero absolutamente felices, en los que tantas cosas, en las que él mismo ya no creía, parecían posibles. Tiene que ser un libro «para todos y para nadie», el subtítulo ha sido meditado a conciencia: «Para todos», porque aquello a lo que el libro se refiere afecta a todos sin excepción; «para nadie», porque ha encontrado una lengua que se opone a la lengua en la que hoy todo el mundo parlotea.

Es el lenguaje de la moral, que Nietzsche tanto desprecia, las quince frases hechas de aquellos aburguesados que solo se deleitan con la pseudosabiduría de los sermones del domingo, de los sacerdotes y de los intelectualoides, en lugar de emprender el camino hacia el conocimiento. Y eso es todo lo que importa en este siglo XIX: no ha habido una época tan inteligente y que tenga tan poco conocimiento. En todas partes hay copias, imitaciones, máscaras de las que se sirven las personas. Una auténtica fiebre de carnaval se ha apoderado de este siglo y le ha robado toda la vida, todo el aire que necesita para respirar. Por el bien de la moral, dicen, por el bien de los poderosos.

¿No puede ser que lo malo sea también bueno, y lo bueno, a su vez, malo? Nietzsche está convencido de que sí

Es necesario ponerle fin. Qué felicidad y qué libertad se siente cuando alguna vez zozobra la fe en la moral y en las costumbres, en todos los valores. ¿No puede ser todo completamente diferente a como se imaginan los hombres en su pequeña estrella? ¿No puede ser que lo malo sea también bueno, y lo bueno, a su vez, malo? Nietzsche está convencido de que sí. Es necesario sacar de quicio literalmente al mundo, ya volverá a encontrar su posición de nuevo por sí mismo. Pero, para ello, es necesario un profeta que anuncie a los hombres la verdad. Que les diga que sus conceptos de «verdadero» y «falso», «bueno» y «malo», «elegante» y «abominable» están gastados, como las monedas antiguas. A este adivino Nietzsche lo denomina «superhombre» y le da el nombre de Zaratustra. Zaratustra es un ermitaño que, tras años de soledad y reflexión, abandona su refugio en la montaña para compartir su sabiduría con los hombres. Los hombres de hoy en día, los «últimos hombres», como los llama Zaratustra, están demasiado saciados para escuchar sus sabias palabras. No comprenden nada. Pero nada de nada. «¿Qué es el amor?», «¿qué es crear?», «¿qué es anhelo?», preguntan. Y pestañean. Hemos encontrado la felicidad, dicen. Y pestañean. Antes el mundo entero estaba equivocado, dicen incluso los más inteligentes entre ellos. Y pestañean. Es ridículo.

Si nos fiamos de los antiguos, la clamorosa carcajada que soltó Zaratustra, el gran sabio de Oriente, ya en su nacimiento, aún seguiría resonando. En su alegato contra las autoridades tradicionales, Zaratustra anuncia un mundo en el que se desarrolla una lucha entre los poderes del bien y del mal. Aunque al mismo Zaratustra le da igual quién gane: hace tiempo que ha perdido la esperanza en la salvación, en que exista otro mundo mejor que este. ¿Cómo pueden creer las personas que son capaces de cambiar algo?

La esperanza es, en sí misma, el peor de los males: obliga al individuo a no desperdiciar su vida, a seguir luchando y a que siempre lo atormente algo nuevo. ¡Qué absurdo! La esperanza en la ilustración, en el progreso, en la fama, en el esplendor y en la gloria ha sometido este siglo al letargo. Quien quiera despertarlo, ha de ser lo más radical posible y decir: nada de eso es cierto; pero tampoco existe nada mayor o mejor que pudiera sustituirlo. Porque el problema radica precisamente en ese ser mayor o mejor.

Existe una palabra que recoge esta indiferencia de Zaratustra: el sabio es un nihilista. Un nihilista es una persona que no se somete a ninguna autoridad, que no acepta ningún principio de forma incondicional, por muy apreciado que este sea, por mucho que venga de aquí o de allí. Pero no es posible hacer nada mientras el hombre se contente con dogmas morales, con analgésicos: así que, librémonos de él, debemos derrotar a este tipo de individuo. El lema del superhombre es liberar al mundo no del mal, sino de sus falsos redentores.

Hace tiempo, cuando todavía eran amigos, el compositor Richard Wagner podría haber sido ese «superhombre». Pero ahora Wagner, el «insigne reverendo», se ha apropiado de una especie de religión. Parsifal, su última ópera, rebosa fantasías cristianas de redención. Para alguien como Nietzsche, que hace tiempo que ha declarado que Dios está «muerto», esto resulta inconcebible. En una palabra, ¡es intolerable!

Pero, esa tarde, de camino a Génova, Nietzsche no piensa en Wagner ni en lo que ha sucedido entre ellos. Aunque, ese mismo día, más tarde, le anunciará a Heinrich Köselitz, uno de sus más fieles acompañantes y compañeros de viaje, lo que figura en la edición vespertina del Caffaro. Ha sucedido algo que nunca había podido imaginar: según dice la noticia, Richard Wagner, su enemigo más abominado y su único amigo, falleció hace días en Venecia a los sesenta y nueve años.


Este texto es un extracto de ‘El largo siglo de las utopías’ (Tusquets, 2026), de Peter Neumann. 

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