La larga noche venezolana
En Venezuela nadie de habla de democracia. Las fuerzas opositoras han sido dejadas de lado, Donald Trump habla de petróleo y los jerarcas del chavismo se traicionan entre ellos para salvar el pellejo y permanecer en el poder. El régimen de terror se perpetúa. La noche se alarga y las luces, aunque pocas, aún mantienen la esperanza en los treinta millones de ciudadanos que viven en el país y los ocho que integran la diáspora en el extranjero.
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COLABORA2026
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Ocurrió el 3 de enero de 2026. Estados Unidos lanzó al menos siete bombardeos sobre Caracas y zonas estratégicas de Venezuela como parte de la operación militar que terminó con la captura y extracción de Nicolás Maduro y su esposa a Nueva York para ser juzgados por narcoterrorismo. Todo ocurrió de madrugada, en medio de la oscuridad. Parece que, en Caracas, siempre es de noche. Siete días después, la realidad es demoledora. Caracas se ha despertado repleta de alcabalas. Se multiplican las fuerzas afines al régimen. Estados Unidos ha elegido como interlocutora de gobierno a Delcy Rodríguez, mano derecha del dictador Maduro y ahora encargada –de manera ilegítima– de llevar las riendas del país. El de Nicolás Maduro y sus adláteres es un régimen ilegítimo, dictatorial y asesino, y sigue siéndolo, aunque parezca ahora decapitado.
Lo peor no ha ocurrido aún. Entre el 5 y el 6 de enero, Caracas y otras zonas urbanas de Venezuela vivieron bajo un clima de control, miedo y silenciamiento marcado por la entrada en vigor del estado de conmoción exterior. En el centro de la capital –especialmente en las inmediaciones de Miraflores y del Palacio Federal Legislativo– se desplegaron alcabalas mixtas de la Guardia Nacional, cuerpos de inteligencia y colectivos armados, con revisiones de vehículos, identificación de transeúntes y chequeos de teléfonos móviles en busca de mensajes críticos o celebratorios de la captura de Nicolás Maduro.
El decreto aprobado por el régimen faculta a las fuerzas de seguridad a detener a cualquier persona acusada de «apoyar o promover» la intervención estadounidense
Al menos 14 periodistas y trabajadores de la prensa fueron detenidos, la mayoría en Caracas, mientras cubrían actos políticos oficiales: los retuvieron por horas, impedidos de grabar o transmitir, algunos trasladados a dependencias militares y uno posteriormente deportado. El decreto oficial recién aprobado por el régimen faculta a las fuerzas de seguridad a detener a cualquier persona acusada de «apoyar o promover» la intervención estadounidense, lo que ha extendido un clima de autocensura y repliegue: menos gente en la calle, coberturas periodísticas reducidas, desplazamientos mínimos y un miedo difuso pero persistente a ser señalado, detenido o desaparecer por unas horas en un retén improvisado.
La captura de Nicolás Maduro no mitiga la realidad. Las familias de los casi mil presos políticos sufren de angustia e incertidumbre ante la falta de información sobre sus seres queridos, muchos de los cuales permanecen aislados sin contacto con sus familias ni acceso legal claro. Un total de 24 organizaciones de derechos humanos y colectivos de familiares publicaron un comunicado en el que exigen la libertad inmediata, plena e incondicional de todos los presos políticos, argumentando que su liberación es un paso fundamental para cualquier proceso de transición democrática. Sin embargo, en Venezuela nadie de habla de democracia. Las fuerzas opositoras han sido dejadas de lado, Donald Trump habla de petróleo y los jerarcas del chavismo se traicionan entre ellos para salvar el pellejo y permanecer en el poder. El régimen de terror se perpetúa. La noche se alarga y las luces, aunque pocas, aún mantienen la esperanza en los treinta millones de ciudadanos que viven en el país y los ocho que integran la diáspora en el extranjero.
En Venezuela funciona una red de información permanente, discreta y asfixiante, que se extiende como una tela invisible por barrios y urbanizaciones: los jefes de calle observan y registran la vida cotidiana manzana por manzana; las UBCh articulan el pulso político del territorio y activan alertas en momentos de crisis; los CLAP convierten la necesidad en dato, el alimento en control, el censo en vigilancia; los Colectivos patrullan con armas y miedo, imponiendo presencia y silencio; los Cuadrantes de Paz cuadriculan el país para que nada quede fuera del radar; y la Milicia Bolivariana refuerza la idea de que todos vigilan y todos pueden ser vigilados. Juntas, estas capas producen una vigilancia que no siempre se ve, pero siempre se siente: una respiración contenida en la que cada gesto puede ser leído, cada palabra anotada, cada ausencia interpretada. Es un control que no necesita rejas visibles, porque ha aprendido a habitar en la vida diaria, en la sospecha, en el murmullo que corre más rápido que la esperanza.
La imagen de Nicolás Maduro, en ropa deportiva, esposado y con los ojos cubiertos, primero, y posteriormente en chanclas y llevado en volandas por agentes de la DEA para ser juzgado junto a su mujer hace saltar la certeza que me taladra desde el comienzo del día. Esto no pinta bien. Si hay una restitución democrática no puede ocurrir sin una parte del régimen, pero mucho menos lo es con el ala medular del régimen –Delcy Rodríguez– y resulta todavía más inimaginable conseguirlo dejando a un lado a la oposición democrática. Si Trump exige a los jerarcas del régimen el acceso total al petróleo como condición para un cambio político, los demócratas debemos clamar, con tanta o más fuerza que el presidente de EE. UU., la amnistía y liberación de todos los hombres y mujeres encarcelados y torturados. Que el de Maduro es un régimen asesino, ilegítimo, asociado al narcoterrorismo, el tráfico de oro, armas y personas es una verdad incontestable, pero no incompatible con el hecho de que Donald Trump actualiza en Venezuela el viejo principio de América Latina como espacio donde Estados Unidos debe impedir la influencia de potencias externas, en este caso Rusia, China e Irán. Mucho ha retrocedido la nación venezolana –y el propio concepto de democracia– para verse atrapada en la completa oscuridad civil, legal y soberana.
A lo largo de 26 años, el pueblo venezolano ha recorrido todas las etapas. Ha protestado de forma pacífica. Acudió a procesos electorales, todos fraudulentos, pero en las elecciones del 28 de julio de 2024 demostró su victoria. La respuesta del régimen fue violencia y represión. En 17 episodios de diálogo, las fuerzas democráticas se comprometieron a buscar acuerdos para una transición ordenada. Todas las veces, el régimen violó su palabra. Los atropellos a los derechos humanos, el empobrecimiento de la nación, la persecución política y una diáspora de ocho millones de venezolanos no son opinables. El régimen dictatorial solo entiende la fuerza y ha decidido que las cosas llegaran hasta este punto. Y no solo el régimen, también sus aliados.
Lo que está pasando hoy es también responsabilidad de quienes hicieron la vista gorda con el régimen de Maduro
Venezuela pidió ayuda a las democracias de la región. Lo que está pasando hoy es también responsabilidad de quienes hicieron la vista gorda. Si hemos llegado hasta aquí es porque una parte de la comunidad internacional prefirió hacer negocios con el régimen de Maduro y avalar su satrapía. Cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos dice que en Venezuela hay terrorismo de Estado; cuando el Consejo de Derechos Humanos, con el Alto Comisionado en Ginebra, lo confirma; cuando se confirman más de 20.000 ejecuciones extrajudiciales y que Maduro metió presos a jóvenes, ancianos y niños, queda claro que quien no denuncia este horror es porque tiene otros intereses.
La intervención de EE. UU. alimenta las narrativas más ideologizadas y ofrece una coartada a un régimen asesino e ilegítimo que puede atrincherarse, dividirse en fracciones o morir matando. ¿Quién garantiza que los derechos humanos de los más de mil presos políticos serán respetados? ¿Qué puede hacer un régimen descabezado y acorralado? La respuesta a esas preguntas siembra el temor. Venezuela solo puede salir adelante por la vía de una transición hacia la democracia. Lo que queda aún en pie del régimen venezolano no ha hablado en una sola ocasión de esa posibilidad. Quienes están al mando en Venezuela, la vicepresidenta Delcy Rodríguez, no hablan de justicia. Y eso es lo que hace falta. No hay escenario posible en Venezuela si no es democrático. Reina todavía la oscuridad, se esparce la larga noche venezolana.
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