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Carlos Edmundo de Ory y Juan Eduardo Cirlot

La amistad celeste

En la historia de la literatura, pocas relaciones encarnan la voluntad de rigor como la que mantuvieron Carlos Edmundo de Ory y Juan Eduardo Cirlot. Su diálogo, sostenido durante décadas a través de la palabra escrita, se denominó «amistad celeste».

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06
febrero
2026

Hay dimensiones de la relación humana que solo alcanzan su verdadera estatura al amparo de una penumbra elegida. No se trata de un aislamiento nacido del desdén; más bien es fruto de una necesidad ontológica: la de proteger el vínculo del ruido exterior para que pueda adquirir una forma propia, libre de las servidumbres de la apariencia. En la historia de la literatura, pocas relaciones encarnan esta voluntad de rigor como la que mantuvieron Carlos Edmundo de Ory y Juan Eduardo Cirlot. Su diálogo, sostenido durante décadas a través de la palabra escrita, contuvo la construcción de una ética de la atención que Ory, con una intuición que hoy se nos revela como un mandato moral, denominó «amistad celeste».

Esta denominación no era un adorno retórico. Al calificar su vínculo de celeste, Ory situaba la relación en una región donde la familiaridad pierde sus derechos habituales y la atención se convierte en una forma de exigencia. Lo celeste no señala una evasión de lo real. Lo celeste es una altura en la que la poesía se mantiene a salvo de la trivialización y en la que la distancia actúa como el guardián de aquello que exige excelencia. En esa esfera, la amistad deja de ser un consuelo biográfico para transformarse en una disciplina del espíritu, en un compromiso ciego pero lúcido con la verdad del otro.

La arquitectura de la habitación compartida

La correspondencia entre ambos, iniciada en 1945 y finalizada solo con la muerte de Cirlot en 1971, funcionó como una habitación compartida, levantada palabra a palabra. Cuando se tiende a la dispersión, por unas razones entonces; por otras hoy, la carta les ofrecía un cauce lento, casi obstinado, donde el pensamiento podía avanzar sin pedir permiso. Escribirse implicaba aceptar un ritmo distinto, una temporalidad que no pertenece al reloj; que se parece más a la cadencia con la que se va decantando la conciencia. Cada envío obligaba a pensar para alguien concreto cuya inteligencia no toleraba el lugar común.

Cada envío obligaba a pensar para alguien concreto cuya inteligencia no toleraba el lugar común

En ese espacio, la poesía recuperaba su condición de ejercicio interior sometido a prueba. La carta permitía errar, insistir y volver sobre los mismos símbolos sin la presión de la novedad, esa enemiga silenciosa de la profundidad. La amistad celeste se configuró así como un territorio de lealtad intelectual hecha de tiempo y de lectura, donde cada poema era entregado al otro para encontrar un lugar donde ser probado en su verdad más íntima.

La virtud del otro irreductible

Lo que dota a este vínculo de una originalidad radical es su rechazo a la mimesis. Comúnmente, la amistad suele buscar el espejo, la confirmación de la propia identidad en el rostro del amigo. Sin embargo, la relación entre Ory y Cirlot fue una alianza de la diferencia. Cirlot avanzaba hacia un universo simbólico cada vez más estrecho y obsesivo, cerrando el sentido sobre sí mismo con una constancia casi litúrgica. Su música poética se volvía inhabitable para el gusto común, exigiendo una entrega absoluta que muchos lectores no estaban dispuestos a conceder. Ory, por su parte, desplegaba una escritura marcada por el relámpago, la invención lúdica y el movimiento constante.

La ética de esta amistad residió en que ninguno de los dos intentó jamás atraer al otro hacia su propio terreno. Ory reconoció en la insistencia de Cirlot una forma extrema de fidelidad a la propia visión, y Cirlot halló en el juego de Ory una gravedad nueva que no sofocaba el impulso creador. La amistad poética auténtica no modela la voz ajena, más bien la sostiene cuando amenaza con perder suelo, preservando la alteridad en lugar de disolverla. En este sentido, la lealtad se midió por la capacidad de custodiar la soledad del otro, permitiendo que cada uno permaneciera como un «otro» irreductible. Precisamente en esa preservación de la distancia se hizo posible la cercanía más verdadera.

La lectura como acto de justicia

En la amistad celeste, la lectura deja de ser un consumo para convertirse en un acto de justicia. Leer al amigo es, siempre, un gesto de cortesía y siempre debería ser una forma de contemplación mutua. Ory y Cirlot se ofrecieron el uno al otro lo que todo creador radical necesita: un testigo que no concede tregua. La lectura fiel pasó a ser una forma de custodia, un modo de sostener una obra que avanzaba hacia zonas arduas cuando otros se retiraban.

Ory y Cirlot se ofrecieron el uno al otro lo que todo creador radical necesita: un testigo que no concede tregua

Esta responsabilidad compartida dotaba a la palabra de una gravedad que el trato público raramente soporta. En sus cartas, la poesía no era un objeto para el mercado ni para la vanidad de grupo, sino un destino que comprometía la vida entera. La lealtad se manifestaba en la permanencia del diálogo a pesar de las distancias materiales y del transcurso de los años. Cuando Ory se instaló fuera de su país y Cirlot se replegó en su introspección barcelonesa, el vínculo no se debilitó, porque lejos de necesitar la presencia física, le fue suficiente la constancia de una atención que no admite distracciones.

La penumbra deliberada y la transparencia moral

La historia de esta amistad permite pensar el lugar que ocupa el vínculo intelectual cuando la existencia se vive como una vocación total. No es una experiencia universalizable, pues requiere de una generosidad del alma que sepa anteponer la obra del otro a la propia seguridad estética. La amistad celeste designa un territorio en el cual la literatura se vive como una responsabilidad moral, donde cada frase escrita es un peldaño en la construcción de una transparencia superior.

Esa penumbra en la que crecieron sus cartas se parecía más a una intemperie compartida que a un refugio cómodo. No buscaron protegerse del mundo, quisieron crear un mundo propio con sus propias leyes de gravedad y luz. En ese plano, la palabra puede pronunciarse entera, sin las mutilaciones que impone la necesidad de ser comprendido por la multitud. La amistad alcanza así una dimensión ética en la que el reconocimiento del otro como fundamento de la relación se vuelve el acto de libertad más alto.

Un legado de lealtad ininterrumpida

Cuando la muerte interrumpió la correspondencia, el lazo no quedó reducido a la categoría de recuerdo biográfico. Las cartas y los rastros de lectura formaron un archivo que testimonia una forma de vivir la poesía como un acto de servicio a la verdad. Conservar ese legado implica reconocer que lo leído y lo acompañado también forman parte de la obra de un autor. Ninguna escritura que aspire a la radicalidad puede sostenerse sin alguien que, al otro lado de la página, acepte el riesgo de esa intensidad intraducible.

La amistad celeste continuó, tras la ausencia física, como una memoria activa. El vínculo no terminó porque había sido fundado en una lealtad más honda que la vida misma: la lealtad a la palabra como lugar de encuentro con lo absoluto. La correspondencia se convierte, para nosotros, en una enseñanza permanente sobre la paciencia, la fidelidad y esa forma de amor desinteresado que solo busca que la voz del amigo alcance su máxima pureza.

En última instancia, el ejemplo de Ory y Cirlot nos recuerda que la excelencia literaria es inseparable de una cierta aristocracia del espíritu, entendida esta como la voluntad de no ceder ante la ligereza. Algunos poetas solo se mantienen en pie porque alguien leyó sin concesiones y, por encima de todo, permaneció. La amistad celeste es el nombre de esa permanencia; es la luz que no se apaga cuando el libro se cierra, la luz que sigue iluminando el camino de quien entiende que la amistad, en su estado más puro, es la forma más alta de la virtud.


Álvaro Petit Zarzalejos es poeta

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