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La IA ya compite con el bolsillo del consumidor: ¿necesitamos realmente el último iPhone?

Innovar no debería significar convencer a millones de personas de que un dispositivo perfectamente funcional ha dejado de ser suficiente. Habría que preguntarse por qué hemos aceptado durante tanto tiempo que el consumo tecnológico deba organizarse alrededor de la renovación constante.

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26
agosto
2026

La industria tecnológica lleva años vendiéndonos la idea de que cada nuevo lanzamiento convierte al modelo anterior en algo insuficiente. Que renovar el móvil cada año no es un exceso, sino una forma natural de estar al día. Esta narrativa, tan rentable para el modelo de consumo tecnológico, ha funcionado durante mucho tiempo porque la innovación era visible, porque los saltos entre generaciones eran evidentes y porque el precio, aunque elevado, podía seguir pareciendo justificable para una parte importante de los consumidores. Pero está llegando a su límite.

La inminente subida de precios en nuevos iPhone y otros dispositivos de Apple no debería leerse como una noticia aislada sobre una marca concreta. Es una señal de que la tecnología nueva entra en una etapa de encarecimiento, y eso amenaza directamente la lógica de renovación constante que ha sostenido el mercado durante años.

El origen inmediato de esta tendencia lo encontramos en la inteligencia artificial. El boom global de la IA está disparando la demanda de memoria, almacenamiento y capacidad de fabricación. Los centros de datos que sostienen esta nueva economía compiten ahora por los mismos componentes que necesita la electrónica de consumo, desde smartphones y ordenadores hasta tablets y otros dispositivos cotidianos. Lo vemos en la decisión de Micron de salir de Crucial, su negocio de memoria y almacenamiento para consumidores, para concentrarse en clientes estratégicos y segmentos de mayor crecimiento. También en el caso de SK Hynix, uno de los mayores fabricantes mundiales de memoria, que habría vendido ya su capacidad de DRAM, NAND y HBM para 2026. Distintos analistas advierten además de que la escasez global de memoria puede afectar a smartphones y PCs durante 2026 e incluso persistir hacia 2027.

La conclusión, tan sencilla como incómoda, es que la infraestructura de la IA está empezando a competir directamente con el bolsillo del consumidor.

Cuando una gran tecnológica anuncia nuevas funciones de inteligencia artificial, solemos hablar de productividad, creatividad, asistentes más inteligentes o experiencias más personalizadas. Hablamos mucho menos de la factura física que hay detrás. Cada avance de la IA necesita centros de datos, chips, memoria, energía y cadenas de suministro. Y cuando esos recursos se encarecen, alguien acaba pagando. Y ese alguien es el consumidor.

El boom global de la IA está disparando la demanda de memoria, almacenamiento y capacidad de fabricación

Apple no es la única empresa afectada, simplemente es la más visible. Precisamente por eso, lo que ocurra con el iPhone importa. Si incluso Apple, con su enorme poder de negociación y control sobre la cadena de suministro, empieza a preparar al mercado para precios más altos, el mensaje para el resto del sector es evidente. Estamos ante un cambio estructural, no ante una fluctuación puntual.

Pero el debate no debería limitarse a si el próximo iPhone costará un 10%, un 15% o un 20% más. La pregunta de fondo es por qué hemos aceptado durante tanto tiempo que el consumo tecnológico deba organizarse alrededor de la renovación constante. Innovar no debería significar convencer a millones de personas de que un dispositivo perfectamente funcional ha dejado de ser suficiente.

Ese modelo era discutible cuando los precios eran estables. Con una subida estructural de costes se vuelve mucho más difícil de defender. Seguirá habiendo consumidores para los que el último modelo tenga sentido. Profesionales que necesitan la máxima potencia, creadores que exprimen cada mejora de cámara, desarrolladores, early adopters o personas que quieren estar siempre en la frontera tecnológica. Esa demanda existe y es legítima. Pero para la mayoría de los usuarios, lo importante no es estar siempre a la última, sino contar con un dispositivo que funcione bien, que sea seguro, que tenga buena batería, buena cámara, buen rendimiento y un precio razonable. Para ese uso cotidiano, un smartphone premium de hace dos o tres años no es tecnología atrasada, sino tecnología madura y plenamente funcional.

Ahí está el verdadero cambio. Cuando el precio del nuevo sube, el consumidor compara de otra manera. La decisión deja de girar solo alrededor de la novedad y empieza a centrarse en el valor real. En ese contexto, reparar, revender, reutilizar o comprar reacondicionado deja de ser una alternativa secundaria y pasa a formar parte de una decisión económica cada vez más lógica.

La tecnología nueva seguirá teniendo su lugar. Siempre habrá innovación y siempre habrá personas dispuestas a pagar por ella. Pero la industria debe aceptar que no todos los consumidores necesitan financiar cada salto de coste que el mercado impone.


Thibaud Hug de Larauze es fundador y CEO de Back Market

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