TENDENCIAS
Sociedad

De futbolistas y la nueva autoridad (pseudo)cultural

En un tiempo en que la popularidad parece eclipsar al conocimiento, celebridades sin formación suficiente parecen influir más en asuntos de salud que quienes han dedicado su vida a estudiarla.

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
09
enero
2026

Hace no tanto, los terraplanistas parecían una extravagancia confinada a foros marginales. Hoy, en cambio, afirmaciones pseudocientíficas como que «la luz azul es tóxica» o que ciertos tratamientos médicos funcionan mediante «física cuántica holística» circulan con la misma fuerza –y a veces con más calado emocional– que los comunicados de la OMS.

Lo inquietante de todo esto, más allá del contenido, es que los portavoces de semejantes declaraciones no son profesionales del sector sobre el cual opinan, sino celebridades y gurús digitales con miles de seguidores (pero con nula formación científica). Quizás por el desencanto con el statu quo, por narcisismo o por predisposición conspiranoica, algunos individuos se otorgan diplomas en ciencia infusa y luego la potestad de divulgar sobre ello.

Este fenómeno, cada vez menos anecdótico y más estructural, delata que la autoridad cultural de nuestro tiempo se construye sobre la popularidad, en lugar del conocimiento. En el debate público, tanto en medios tradicionales como en redes, la voz del experto compite –y a menudo pierde– frente a la del personaje famoso. ¿Por qué la opinión pública otorga tanta credibilidad a voces sin formación especializada?

Nuestro cerebro, que detesta la complejidad, tiende a igualar prestigio con competencia

Esto suele suceder, dirían los expertos en lógica informal, debido a la falacia de autoridad irrelevante. Es el error lógico que ocurre cuando se toma una afirmación como verdadera solo por el status de la persona que la dice, aunque su autoridad no tenga nada que ver con el tema del que habla. Casos cotidianos pueden verse en plataformas en las que futbolistas divulgan sobre salud celular, actores pontifican sobre física cuántica, o cocineros dictan doctrinas educativas. Los psicólogos sociales añadirían que este fenómeno está relacionado con el efecto halo: cuando alguien nos resulta admirable, ya sea por talentoso, guapo o rico, proyectamos ese brillo en áreas irrelevantes. Que un artista sea excelente escribiendo canciones y nos emocione con ellas no lo convierte en experto en oncología metabólica. Somos conscientes de esta trampa y, aun así, nuestro cerebro, que detesta la complejidad, tiende a igualar prestigio con competencia, incluso cuando esa competencia es imaginaria.

Sin duda, sería igual de falaz refutar un argumento apelando exclusivamente a la profesión de su emisor. Ahora bien, si los argumentos de dicho emisor son del tipo «la biología es la biología y no necesita estudios», no hay debate posible, sobre todo si el mismo individuo, en otra ocasión, asegura que «nada de lo que comparto me lo invento. No es una opinión personal. Es biología (la de verdad)». Estos son comentarios reales de un deportista con más de dos millones de seguidores en Instagram, para el que, a veces, la biología es una autoridad incuestionable; otras, la biología no necesita ser estudiada.

Si una figura pública quiere hablar de la biología «de verdad», entonces debería pasar por donde pasa la biología «de verdad»: evidencia acumulada, revisión por pares, ensayos clínicos, estudios replicados, porcentajes de incertidumbre… Sin embargo, lo que llega al usuario son afirmaciones que además de estar exageradas, distorsionan lo poco que sí se sabe con relativa certeza. Por eso, convertir hipótesis de laboratorio en verdades absolutas para consumo masivo no puede considerarse, en ningún caso, divulgación. Es marketing revestido de mística científica.

La nueva jerarquía de la información coloca a millones de personas en manos de comunicadores carismáticos sin (suficiente) formación, y lo hace con una fuerza que la divulgación científica difícilmente puede igualar sin un cambio de estrategia. El experto habla con matices, con porcentajes y con prudencia. El influencer habla con certezas y titulares impecables… Para un clip de quince segundos. Y en la economía de la atención, donde cada segundo de duda puede suponer la pérdida del espectador, suele ganar quien más simplifica.

La ciencia no es infalible, pero tiene la decencia de corregirse

Es importante tratar este tema porque, además de salud pública, afecta también al debate democrático, a la alfabetización científica y, en última instancia, a la calidad del pensamiento colectivo. Si la ciudadanía se acostumbra a confiar más en la narrativa personal que en los datos, se debilitarán los mecanismos que sostienen las decisiones sensatas en temas tan dispares como el cambio climático, la salud física y mental o el avance tecnológico. Esto no es cuestión de canonizar a los expertos ni tampoco de demonizar a los famosos. Se trata de no confundir su papel.

Los expertos pueden ser imperfectos. Se equivocan, discrepan entre ellos, y arrastran sesgos. No obstante, han dedicado su vida a entender lo que otros apenas han hojeado, y cuando hablan dentro de su campo, su palabra no es una opinión más, pues es el resultado provisional de un esfuerzo colectivo por aproximarse a la «verdad». Otras personas tienen la capacidad de inspirar, entretener y motivar, y eso tiene un valor genuino. Ahora bien, inspirar no es lo mismo que informar, y el prestigio mainstream no equivale a solidez intelectual.

En la era de las gafas con cristales amarillos, los gurús del biohacking y las «biologías de verdad», conviene recordar que la evidencia no se vota, no se viraliza y no se improvisa. La ciencia no es infalible, pero tiene la decencia de corregirse. Los algoritmos, en cambio, solo corrigen aquello que reduce clics. La pregunta importante, al final, no es por qué los famosos hablan como si fueran la autoridad científica, sino por qué nosotros los escuchamos.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME