La humanidad es lo último que se pierde
El espacio humanitario garantiza que, incluso en las situaciones más adversas, existirá un reducto de humanidad que nos sostenga. No podemos darlo por sentado, pero mucho menos podemos darlo por perdido.
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El espacio humanitario, aquel en el que la humanidad es reconocida como la única forma de respuesta posible ante alguien que sufre, es algo que no debemos dar por sentado. Lo asociamos a menudo a situaciones de conflicto en las que, gracias a la neutralidad e independencia, las organizaciones podemos desplegar ayuda humanitaria de manera imparcial.
Considerando que el número de conflictos activos en el mundo se duplicó entre 2009 y 2024, la preservación del espacio humanitario es indispensable para la supervivencia de poblaciones enteras asediadas por la guerra. Su necesidad, sin embargo, no se agota en este marco. Es también relevante en otros ámbitos donde distintas situaciones de vulnerabilidad demandan respuestas de idéntica naturaleza: puede deberse a la exclusión, a los efectos desastrosos de eventos naturales o a la necesidad de ayuda de quien abandona su hogar y migra. La provisión de apoyo para prevenir y aliviar el sufrimiento, y hacerlo sin discriminación alguna, resultan igualmente imprescindibles.
El espacio humanitario garantiza que, incluso en las situaciones más adversas, existirá un reducto de humanidad que nos sostenga. Varios hechos, sin embargo, desafían su existencia. Por un lado, las violaciones reiteradas del derecho internacional humanitario en muchos escenarios amenazan con reducir el espacio humanitario a la nada. Esto deja a merced de los ataques a la población civil, al personal sanitario encargado de asistirla, al personal humanitario comprometido en atenderla o a los bienes de los que su supervivencia depende.
Preservar el espacio humanitario es indispensable para la supervivencia de poblaciones enteras asediadas por la guerra
Por otro lado, está el estado de cosas que permite que esto suceda: la deshumanización. A través de ella se despoja a ciertos grupos de personas de su condición humana para reducirlas a categorías frías y, a menudo, ajenas a nuestra empatía.
Todo esto, que resulta evidente en los conflictos, trasciende los lugares donde ocurren los enfrentamientos armados. El Comité Internacional de Cruz Roja (CICR), en una intervención en mayo de 2025 ante el Consejo de Seguridad, fue muy claro al respecto: «Actuar conforme a nociones como la de “victoria total” o la de hacer algo “porque podemos” tienen repercusiones que exceden ampliamente las zonas de guerra. La violencia sin límites genera riesgos de seguridad aún más graves que pueden materializarse cuando menos lo esperamos».
Y cuando menos lo esperamos no es ningún momento indefinido en un futuro incierto. Fenómenos como la información dañina, cuyo análisis es el núcleo de la última edición del Informe mundial sobre desastres (FICR, 2026), dotan de realidad y actualidad a esos riesgos, representando una «crisis humanitaria de facto que socava el acceso a la ayuda, erosiona la confianza, desestabiliza la cohesión social y aumenta los riesgos para el personal, el voluntariado y las comunidades». La desinformación, la información errónea o los relatos deshumanizantes tienen la capacidad de modelar la realidad, de desproteger a unas personas o de deshumanizar a otras.
Si el espacio humanitario, reflejo en última instancia de la idea de una humanidad compartida, es, a la luz de estos hechos, algo que no podemos ya dar por sentado, mucho menos podemos permitirnos darlo por perdido.
María del Mar Pageo es la presidenta de Cruz Roja Española.

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