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Sociedad

Escuchar el acento. Contra las estructuras audibles del poder

Los acentos no son meras variaciones fonéticas: son tecnologías sociales. Ordenan el mundo, asignan valor, distribuyen autoridad.

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10
marzo
2026

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El odio no siempre grita. A veces se aclara la garganta, corrige tus vocales, tus sibilantes, y te pregunta «de dónde eres en realidad».

En Estados Unidos y en España, el acento latino —plural, móvil, irreductible— se ha convertido en uno de los sonidos más vigilados del espacio público. No porque dificulte la comunicación, sino porque desestabiliza jerarquías. Los acentos no son meras variaciones fonéticas: son tecnologías sociales. Ordenan el mundo, asignan valor, distribuyen autoridad. Son, en sentido estricto, estructuras audibles del poder.

Desde la sociolingüística crítica sabemos que no todos los acentos circulan del mismo modo. Algunos funcionan como capital lingüístico: acumulan prestigio, credibilidad y legitimidad institucional. Otros, en cambio, se devalúan sistemáticamente y cargan con sospecha, informalidad o inferioridad moral. Esta desigualdad no es natural ni lingüística: es histórica y política. El llamado «acento estándar» no existe como neutralidad; existe como el acento del poder que ha logrado volverse invisible.

Ese proceso produce lo que puede llamarse violencia simbólica. No se prohíbe hablar, pero se penaliza cómo se habla. No se excluye de forma abierta, pero se condiciona el acceso a trabajos, autoridad y representación pública a la capacidad de borrar marcas sonoras asociadas a comunidades subordinadas. La exclusión se presenta como mérito. La jerarquía se disfraza de profesionalismo.

En Estados Unidos, el acento latino opera como una marca política de extranjería permanente

En Estados Unidos, el acento latino opera como una marca política de extranjería permanente. No importa si quien habla nació en el país, si es ciudadano, si domina registros técnicos o académicos. El acento funciona como un índice social que antecede al contenido de las palabras. Antes de evaluar lo que se dice, ya se ha evaluado quién lo dice. Así, el acento se convierte en un mecanismo de profiling lingüístico: una forma aceptable —y muchas veces legal— de discriminación que sustituye categorías más explícitas como raza o clase.

En España, la lógica es distinta, pero el resultado es comparable. El acento latinoamericano no se percibe como externo a la lengua, sino como subordinado dentro de ella. Es un español «correcto pero inadecuado», legítimo para ciertos espacios —servicios, cuidados, entretenimiento— pero raramente para otros —tribunales, cátedras, informativos—. La exigencia de «neutralidad» revela aquí su trampa: neutral no significa sin acento, sino con el acento correcto, aquel históricamente asociado a centralidad, control y autoridad.

Aquí el nacionalismo lingüístico cumple una función clave. Los Estados no solo producen fronteras territoriales; también producen fronteras sonoras. Promueven un modo «correcto» de hablar como parte del proyecto de pertenencia nacional. Los acentos que se desvían del estándar son leídos como extranjeros, atrasados, poco educados o insuficientemente leales. El acento deja de ser un medio de comunicación para convertirse en una prueba de legitimidad política. Sonar bien es pertenecer. Sonar distinto es tener que explicarse.

Los Estados no solo producen fronteras territoriales; también producen fronteras sonoras

Desde una perspectiva poscolonial, esta jerarquía no es un residuo del pasado, sino una práctica viva. Las antiguas metrópolis conservan prestigio acústico; los acentos indígenas, mestizos o periféricos se estigmatizan como falta de modernidad. La colonia no terminó del todo: se quedó en la entonación. En Estados Unidos, el acento latino arrastra la historia de la migración racializada y del trabajo esencial invisibilizado. En España, porta la memoria de la conquista y de la dependencia económica contemporánea. En ambos casos, el mensaje implícito es el mismo: puedes estar aquí, pero no del todo.

Y, sin embargo, los acentos persisten.

Persisten porque no son errores individuales, sino archivos colectivos. Cada vocal abierta, cada ritmo marcado, cada consonante desplazada es una forma de memoria encarnada. Por eso se los ridiculiza, se los corrige o se los celebra solo de forma folclórica. Se los escucha, pero no se los autoriza.

Frente al actual ruido del odio —nacionalismos excluyentes, políticas antiinmigrantes, purismos lingüísticos— no basta con tolerar la diferencia. Es necesario reaprender a escuchar. Escuchar sin jerarquizar. Escuchar sin exigir traducción constante al registro del poder. Escuchar entendiendo que la democracia no solo se juega en lo que se dice, sino en quién puede decirlo sin neutralizar su voz.

Reclamar el acento no es hablar mal. Es hablar desde una posición situada en la historia.

Hablo con acento dondequiera que voy. No como déficit, sino como archivo y memoria. No como error, sino como resistencia.

Y el verdadero problema nunca ha sido el ruido de nuestros acentos, sino el silencio cómodo de quienes llevan tanto tiempo en el centro, que confunden su forma de hablar con la ausencia de poder.

Contra el ruido del odio, la respuesta no es el silencio. Es escuchar de otra manera.

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