Michel Faber
Escucha
En la realidad cotidiana, la música es algo que usamos constantemente. Socializamos con ella, hacemos ejercicio con ella, nos relajamos con ella o nos aislamos del ruido del tráfico con ella.
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Se han publicado miles de libros sobre música, y no dejan de salir más constantemente, pese a esa pullita de que «escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura». Si escribir sobre música es tan fútil y absurdo, ¿por qué hay tantos libros sobre música? Porque, como animales que somos, sentimos un profundo interés por nosotros mismos y por los nuestros, y no hay nada más ensimismado y tribal que la música.
Pero espera un momento… ¿Acaso «ensimismamiento» y «tribalismo» no son conceptos opuestos? Para nada. Nuestra tribu no es más que un reflejo múltiple de la persona que creemos ser. Entablamos vínculos con la música que nos recuerda a nosotros mismos, y buscamos almas afines que hayan ido a parar al mismo hábitat. El refugio de nuestros sueños es una comunidad armoniosa integrada por personas que forman parte de nuestra tribu: esa gente que sabe exactamente a qué nos referimos cuando aludimos a las letras de tal canción o a un número del BWV; tus amigos folkies, metaleros, raveros, puretas, deadheads, beliebers o lo que sea. Tus colegas, en el sentido más amplio de la palabra.
El arte no le pone «un espejo delante a la naturaleza». Te pone un espejo delante a ti.
La mayoría de los libros sobre música fingen, en un grado u otro, que la música existe al margen de los humanos y posee unas cualidades intrínsecas que no tienen nada que ver con las emociones y la programación cultural de un oyente concreto. Los idealistas acérrimos hablan de sus clásicos favoritos –las Variaciones Goldberg de Bach, el Pet Sounds de los Beach Boys, el What’s Going On de Marvin Gaye, el Untrue de Burial– como si la música fuera una especie de fenómeno natural asombroso o un hito histórico – el Gran Cañón, las pirámides– que los peregrinos humanos solo pueden contemplar con una admiración reverencial.
Me gusta ese relato. Es precioso. Entiendo que la gente lo siga contando.
Pero en la realidad cotidiana, en la sociedad megacapitalista moderna, la música es algo que usamos. La usamos constantemente, en cantidades industriales. Socializamos con ella, hacemos ejercicio con ella, nos relajamos con ella, nos aislamos del ruido del tráfico con ella, compramos con ella, se la enseñamos a las visitas, anunciamos hipotecas y aperitivos con ella, la usamos para levantarnos a rastras de la cama por las mañanas y para rendirnos al sueño por la noche, potenciamos artificialmente nuestro entusiasmo por el deporte o el sexo con ella, la añadimos a las películas para acentuar los giros de guión y las explosiones, aliviamos los silencios incómodos con ella. Los consumidores estresados que anhelan la tranquilidad zen de los antiguos reproducen CD o listas de reproducción con títulos como Momentos de calma o Quietud vespertina: música suave con la que desterrar el tipo incorrecto de silencio.
Al terminar el día, después de servir a múltiples propósitos, la música se desvanece en el aire
La música es un producto. Gran parte de ella nos llega de manera gratuita, mezclada con otras cosas que consumimos, infiltrada en nuestras transacciones cotidianas. Pero también compramos mucha. La acumulamos. Los críticos, y los propios músicos, nos prometen que, si prestamos a la música la atención que merece, nos revelará profundidades enormes; pero con frecuencia nuestra atención está dividida, y posponemos para más tarde esas profundidades.
Al terminar el día, después de servir a múltiples propósitos, la música se desvanece en el aire. Cuando cesan las vibraciones, se esfuma por completo.
Eso en caso de que llegue a sonar. Gran parte de la música grabada en el transcurso de nuestra civilización está almacenada como datos en teléfonos móviles sin que nadie la escuche, o apiñada en polvorientas estanterías, en armarios y cajas en garajes y habitaciones desocupadas. Cada año se desechan millones de CD, casi todos destinados a terminar en el vertedero.
Y sin embargo no dejamos de decir cuánto amamos la música. Porque, en el resplandor del momento, cuando aprieta la necesidad, nuestro amor es verdadero.
Este texto es un extracto de ‘Escucha’ (Anagrama, 2026), de Michel Faber.
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