ENTREVISTAS

«En geopolítica, los cambios tecnológicos son la nueva bomba atómica»

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Noemí del Val
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09
Sep
2019
José Ignacio Torreblanca

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Noemí del Val

Ante esta permanente ceremonia de la incertidumbre, la sensatez y la sagacidad de los análisis del politólogo José Ignacio Torreblanca (Madrid, 1968) bien pueden servir de brújula. Le entrevistamos en plena crisis de gobernabilidad, con la sensación, amarga, de haber sustituido el bipartidismo por una política de bloques eterna y absurdamente enfrentados.

Denuncias que desde el 28-A se habla excesivamente de política, pero que no se habla apenas de políticas.

Lo que se ha hundido es la política como ciencia; en todo este magma cada vez es más arte, más comunicación, más imaginería, más identidad, más pasión. A los politólogos nos gustaba pensar que la democracia podría funcionar, en cierta manera, como un mercado político donde los votantes intercambiaran su voto por políticas favorables a sus intereses particulares o generales –pueden ser altruistas también–. Un mercado político virtuoso donde había propuestas, los votantes racionales las leían, elegían las que les gustaba y, cada cuatro años, con su voto ejercían esa cosa maravillosa que es el castigo o el premio al que había gobernado y señalizaban el camino al que querían que les gobernase. Ese panorama exige centros amplios, gente moderada que sea capaz de cambiar su voto de un partido a otro para penalizar a los suyos, y exige más cerebro y menos corazón. Eso nos permitía construir sociedades de clases medias, plurales, abiertas en el sentido popperiano. ¿Qué es lo que pasa ahora? Que cuando entras con una dimensión fuerte de identidad, de polarización o de populismo, rompes ese espacio intermedio, los votantes medianos o los que están en el centro son expulsados hacia los extremos. Se busca que se identifiquen emocionalmente, identitariamente, moralmente con determinadas políticas, lo cual hace muy difícil que cambien su voto porque la política se convierte en algo moral, de suma cero. Entre cero y cien podemos pactar un montón de caminos. Entre el bien y el mal se puede pactar muy poco.

Y entonces aparecen los cordones sanitarios.

«Hemos sustituido un sistema bipartidista por un sistema de dos bloques mucho más rígido»

Claro, las políticas, por ejemplo, relacionadas con la libertad sexual son un buen ejemplo. El aborto es muy indivisible; las sociedades no lo regulan porque hayan llegado a la conclusión de que está bien o mal, sino precisamente porque no pueden solventar ese problema y la zona gris que aparece no es una zona de relativismo moral, sino una donde todos renuncian a imponer al otro sus preferencias. Sin embargo, ese no es el momento en el que nos encontramos ahora, porque al polarizar una discusión se generan trincheras y el ganador se lo quiere llevar todo, quiere imponer sus valores y sus principios al otro, no es capaz de construir ese espacio de entendimiento. Ahí desaparecen las políticas basadas en evidencias, que son las que, marginalmente –de nuevo en ese sentido más noble de la palabra– han hecho progresar a la humanidad. Hay políticas que necesitan ensayo y error. No sabemos si la renta mínima es una buena o una mala idea: a lo mejor es una buena idea, desde el punto de vista moral, que todo el mundo en una sociedad tenga un ingreso mínimo solo por el simple hecho de ser ciudadano, pero a lo mejor, en la manera de aplicar esa idea, se abre una bifurcación tan grande que crea una sociedad de guetos, genera más desigualdad, más polarización… o, por el contrario, genera una sociedad virtuosa. Se necesita una experimentación muy sana para poder aplicar esas políticas.

José Ignacio Torreblanca

Y los discursos extremos nunca ayudan…

En España, como en muchos otros sitios, estamos viendo que los radicalismos, los extremismos o los populismos han tocado techo (o centro), pero no han conseguido romper del todo los centros-derechas o los centros-izquierdas. También es verdad que en España tenemos una situación un tanto atípica: en Francia, los partidos políticos de centro han sido destruidos, y en Italia y en el Reino Unido. Sin embargo, nosotros nos parecemos más a Alemania, donde aguantan los centros-derechas con debilidades, las regeneraciones de los socialistas pasan por los verdes, y las de las derechas, por los liberales. Eso es algo virtuoso, algo que nos ha gustado mucho de estas últimas elecciones europeas en algunos países. Y España destaca por ser un país, al contrario de ese eje Londres-París-Roma, donde el sistema no se ha destruido, donde los extremos se han contenido y donde hemos vivido casi tres olas populistas: por la izquierda, por el eje territorial y por la derecha. Sin embargo, ahora todas están en retroceso. Algo muy preocupante de la política española es el abuso del eje de la ideología izquierda-derecha, como un corrosivo de todo, que contamina una cuestión como Madrid Central. Pongámoslo como ejemplo: ¿Madrid Central es de izquierdas? ¿Por qué? De hecho, si lo miras a lo [Steven] Pinker, es la racionalización de tres experimentos de áreas residenciales que existían previamente y que permitieron aprender cómo negociar con los vecinos, qué pasa con las peatonalizaciones –si son costosas o no–, qué pasa con el tráfico, etc. Es una política muy técnica que se basa en evidencia de ensayos durante mucho tiempo pero que, de repente, se convierte en una cuestión ideológica, a veces por exceso de comunicación y por atribución como victoria. Si te atribuyes Madrid Central como victoria propia y eje emblemático –que lo entiendo, porque quieren capitalizarlo–, lo que consigues es lanzar el mensaje a otros votantes de que eso es de los tuyos, no de todos. Cuando la has convertido en una política de partido y no has generado adhesión, el siguiente que llega lo vacía.

Tras la quiebra del bipartidismo, se ha abierto el telón a una política de bloques igualmente enfrentados.

Hemos vuelto a lo mismo. Me preocupa decir que hemos sustituido un sistema bipartidista por un sistema de dos bloques mucho más rígido que el sistema anterior. No tiene ningún sentido. El sistema bipartidista, con todas sus imperfecciones, conseguía que todos supiesen dónde estaban los partidos: nadie esperaba un pacto PP-PSOE, no se esperaban abstenciones, la vida discurría y cada uno completaba sus mayorías de forma más o menos normal. Ahora, como los márgenes son muy necesarios, pero a la vez se quieren excluir, nos encontramos ante una paradoja donde, electoralmente, justo cuando los extremos son menos importantes, condicionan más. Entonces, ¿podemos decir que la polarización ha acabado?

En uno de tus artículos decías que en España hemos sufrido tres nacionalismos: la dictadura franquista, el terrorismo de ETA y el secesionismo catalán. Los dos primeros los superamos, ¿y el tercero?

«El nacionalismo catalán se ha desvelado como un proyecto supremacista y antidemocrático»

La pérdida de legitimidad ya ha alcanzado al nacionalismo catalán. Se ha desvelado como un proyecto supremacista, excluyente, egoísta y claramente inmoral, antidemocrático e iliberal en muchos de sus postulados. Parece mentira, nos cuesta admitirlo, pero miremos hacia atrás: la mayoría de los sistemas cerrados y totalitarios caen mucho antes de lo que creemos, por eso cayó la Unión Soviética o el franquismo.

Javier Cercas denuncia «el problema de la izquierda con el nacionalismo».

Una parte de la izquierda, sobre todo del sector intelectual, se ha dado cuenta de que esa deferencia era injustificada e incluso ha roto con esa izquierda, véase el efecto Coscubiela o el efecto Serrat. Gabriel Rufián aún no lo ha entendido, pero otros sí que lo han hecho: no puedes construir una propuesta de izquierdas sobre un eje de diferenciación, porque entonces es otra cosa, es nacionalismo. Es verdad que ha habido movimientos populares de izquierdas y nacionalismos liberadores, y que no es cierto que la izquierda y el nacionalismo nunca se hayan llevado bien, porque todos los movimientos de liberación nacional –precisamente porque buscaban la igualdad de los ciudadanos frente a un sujeto opresor– podían ser nacionalistas y de izquierdas, pero frente a una potencia colonial o frente a una élite, no en una democracia consolidada cuando, encima, tú eres el más rico.

José Ignacio Torreblanca

¿Qué análisis haces de esa batalla geopolítica que está provocando la expansión del 5G?

Es la batalla del siglo XXI: los cambios tecnológicos son los únicos cisnes negros que rompen en tendencias incrementales. Si creces todos los años a un 7% y yo a un 3%, podemos predecir perfectamente cuándo me vas a alcanzar o cuándo me vas a desbordar. La única manera que tiene Estados Unidos de mantenerse en su rivalidad con China son saltos tecnológicos que le hagan reducir esas diferencias, y lo que en ningún momento puede permitirse es que esos saltos tecnológicos los dé China. Creo que desde hace unos años Estados Unidos está viviendo, sobre todo en temas de inteligencia artificial, su momento Spútnik de decir que estos, que pensaba que se dedicaban a copiar, no son tan tontos como parecen. Lo explica muy bien Kai-Fu Lee en China como superpotencia en inteligenica artificial: copiar es muy difícil porque el de al lado también puede copiar. Al no haber normas, cualquiera puede hacerlo y, por tanto, hay que mejorar la copia. Paradójicamente, esto genera un mercado muy competitivo. China ha demostrado lo que nadie pensaba: no va a ser solo la fábrica del mundo, sino que puede ser muchas cosas más. Los cambios de poder tecnológicos generan vuelcos en las relaciones internacionales, son como la bomba atómica en su momento o la máquina de vapor. Se trata de saltos tecnológicos muy relevantes, y ahí nos estamos jugando la supremacía del siglo XXI.

La ciencia nos advierte de que los esfuerzos para paliar la crisis climática son insuficientes. Y aquí la política tiene mucho que decir.

«Europa tiene que imponer la geopolítica de la descarbonización»

Lo tiene todo que decir. Los dilemas sobre bienes públicos globales están teorizados desde hace muchos años. Recordemos, por ejemplo, la tragedia de los pastos comunales. Si algo sabemos sobre este tipo de problemas es que, en ausencia de instituciones superiores coercitivas, la racionalidad individual de los actores conduce al agotamiento de los bienes comunes. Cuando un país deja de contaminar, no solo no disminuye la contaminación global, sino que alienta a otros a cubrir el espacio que deja. Por eso es muy importante que la UE adopte claramente una política coercitiva sobre los países, tipo arancel medioambiental y políticas que generen fricción. La obligación de Europa es fijar el estándar y la fiscalidad y cambiar la estructura de incentivos globales para que, individualmente, no sea racional contaminar, porque si lo haces te convierte en el pringao del planeta. Los fenómenos climáticos no miran las fronteras ni las líneas geográficas del mapa del cole. Creo que Europa va a necesitar mucha más atención a esto, desde el punto de vista de los problemas de política exterior que va a generar.

Es la geopolítica del cambio climático.

Claro, llegará el día en que algún país alce la voz y diga que se le ha estado imponiendo una determinada geopolítica de la energía durante un siglo. Hay que pensar que hemos vivido la geopolítica del carbono: comprar el petróleo en Arabia Saudí, forrar a unos pocos… Ahora Europa tiene que imponer la geopolítica de la descarbonización. Igual que Trump nos pone aranceles unilaterales, la UE tiene que fijar un estándar por el cual sus 500 millones de habitantes sean el elemento coercitivo que ponga encima de la mesa, sino aquí van a entrar productos carbonizados sin una fiscalidad muy negativa y es ahí donde Europa tiene que negociar o, unilateralmente, empezar a forzar el cambio.

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