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«Putin quiere reconstruir el Imperio zarista»

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26
Sep
2022
josep borrell

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Es ingeniero y cosmopolita, pero la genética pirenaica de Josep Borrell (La Pobla de Segur, 1947) sigue ahí. Antes de la invasión de Ucrania, el Alto Representante lo apostó todo al diálogo de la Unión Europea con Rusia, pero una infausta visita a Moscú le demostró que lo que el Kremlin quiere es una Europa débil y dividida. Ahora, la salvaje agresión rusa ha convertido a Josep Borrell en faro de la unidad europea ante un nuevo mundo en el que la interdependencia ya no garantiza la paz. Su mayor preocupación: que el proyecto europeo salga reforzado de esta crisis. El politólogo y consejero editorial de Ethic, José Ignacio Torreblanca, conversa con él sobre la política internacional, pero también sobre los valores y el compromiso que hay detrás de ella.


¿Dónde arranca el compromiso con lo público de Josep Borrell?

Es una cuestión puramente generacional. En la actualidad, el desinterés por la política que demuestran muchos no tiene nada que ver con lo que vivió mi generación en los años setenta: a pesar de que yo estudiaba en una escuela de ingenieros, la mitad de mis compañeros estaban muy politizados y participaron muy activamente en las revueltas estudiantiles de los sesenta. Yo volví de Estados Unidos deprisa y corriendo, sin acabar mi doctorado, porque Franco se estaba muriendo. Para mí, el lugar natural para participar en la vida ciudadana es asumiendo la responsabilidad municipal. Cuando llegaron las primeras elecciones municipales democráticas, un grupo de jóvenes profesionales presentamos una lista electoral al ayuntamiento de Majadahonda, mi pueblo, porque había que dar cuerpo y fuerza a la naciente democracia. Eso me llevó, posteriormente, a la Concejalía de Hacienda de Majadahonda y a la Diputación Provincial de Madrid. No tardé mucho en darme cuenta de que la carrera política era incompatible con seguir desempeñando una actividad profesional, así que tuve que tomar una decisión: obtuve una excedencia en la empresa donde trabajaba por aquel entonces, pero nunca volví porque, un año después, Felipe González ganó las elecciones y Miguel Boyer me llamó para irme de Secretario de Estado del Ministerio de Hacienda.

«No me seducen los oropeles del poder, pero sí la capacidad de acción que te dan»

¿Cuál es su relación con el poder? ¿Qué significa la política para usted?

Para mí, la política es poder hacer. No me seducen los oropeles del poder, pero sí la capacidad de acción que te dan. Nunca lo he sentido tanto como cuando fui Secretario de Estado de Hacienda, ni siquiera cuando fui ministro, porque, por aquel entonces, viví en directo el poder hacer –o el poder dejar hacer–. Durante aquellos años de Gobiernos socialistas aumentamos la presión fiscal de España en un punto de producto interior bruto al año: una verdadera revolución. Pasar siete puntos del PIB de unos bolsillos a otros fue una auténtica transformación que, si bien ahora ya está amortizada, en su día significó cambios que influyeron directamente en la vida de millones de personas.

Frente a la satisfacción del poder hacer, imagino que están los choques con los grupos de interés.

Efectivamente. Nunca olvidaré las enormes trifulcas que tuve con el entonces presidente de la Asociación de la Banca Privada o con el presidente de los notarios porque tratábamos de arrancar el velo que permitía hacer efectivo el sistema fiscal. Levantar el secreto bancario de España en los ochenta –cuando hay países en Europa donde continúa todavía hoy– fue una innovación extraordinaria.

También sufrió ataques y tergiversaciones. ¿Cómo vivió ese encontronazo con ese lado más vil de la política?

Fui testigo incluso en su vertiente más peligrosa, porque mi hijo pequeño tuvo que ir durante un tiempo con escolta policial al colegio. Y no era por amenazas de ETA, sino por algo mucho más prosaico. Un poco más tarde surgió ese bulo sobre mi supuesta homosexualidad y  mi relación nada menos que con un torero famoso en un tiempo donde aquello tenía aún un carácter muy peyorativo no solo en los circuitos sociales y de poder, sino también en las esferas internacionales.

Su experiencia con la política de partido ha sido controvertida. Siempre ha sido visto como alguien independiente y al margen de las estructuras. ¿Cómo ha experimentado la vida de partido?

Soy un convencido de que la democracia necesita partidos, los partidos organización y, esta, disciplina. De lo contrario viviríamos en movimientos que se hacen y se deshacen al calor de las emociones del día. Pero también pienso que los militantes no son meras correas de transmisión. En este sentido, todos los partidos españoles han adolecido de graves carencias democráticas. Y lo siguen haciendo: son, cada vez más, núcleos profesionalizados que no cumplen con la función fundamental de socializar la política y convertirse en un cauce de participación. La democracia requiere ciudadanos interesados por la cosa pública, pero ese interés lo tienen que poder ejercer de alguna manera. Si la participación se reduce a pagar una cuota, los partidos pierden su atractivo y eso explica, entre otras cosas, la bajísima afiliación que tienen en toda Europa.

Y en su propio partido, ¿cuál ha sido el grado de libertad de debate y de discrepancia?

Digamos que ha habido altibajos. Yo abandoné la vida orgánica tras los Comités Federales de 2017, cuando se consiguió defenestrar a Pedro Sánchez. Tomé partido por él, sin conocerle de nada, porque los procedimientos me parecieron inaceptables. Pero también guardo en la memoria aquellos comités en los tiempos de Felipe González donde había mucho debate con numerosas corrientes socialistas y grupos territoriales que tenían una vida interna mucho más rica que ahora.

«Los militantes no son meras correas de transmisión: todos los partidos españoles han adolecido de graves carencias democráticas»

Cuándo empieza su relación con Europa y el proyecto europeo?

Muy pronto. En 1964, cuando tenía 16 años. En ese momento, una institución preparó un concurso de ensayos sobre las perspectivas de España en el por aquel entonces llamado «mercado común» y yo, desde la panadería de mis padres, me dediqué a recortar artículos de periódicos y a escribir un ensayo. Gané el premio y esa vez fue la primera en la que pensé lo que eso significaba para mi país.

Como Secretario de Estado de Hacienda negoció la adhesión de España a la Unión Europea. Fue una negociación muy dura. ¿Afectó a su europeísmo?

España perdió años preciosos en el mercado común cuando Francia ralentizó nuestro acceso para que no le hiciéramos competencia con nuestra agricultura. Ese fue mi primer choque con lo prosaica que es a veces la discusión europea. Después, hasta 1996, fui miembro de los Consejos Europeos de Presupuestos, Medio Ambiente, Telecomunicaciones y Transportes. A lo largo de dos presidencias españolas también fui presidente del Consejo de Medio Ambiente. Después llegó la Convención Europea, tras dos años discutiendo el futuro de Europa, y, por supuesto, la nonata Constitución. Fue un espejismo democrático: los europeístas creíamos que estábamos haciendo algo parecido a la Constitución estadounidense y que solo por llamarse Constitución se elevaría el espíritu europeísta. Pero ocurrió lo contrario: generó miedo, porque muchos temían que una Constitución europea pudiera acabar suplantando la identidad de algunas instituciones políticas internacionales. De hecho, lo más probable es que el texto fuera rechazado por los problemas internos de Francia –aunque el Tratado de Lisboa es, básicamente, el texto constitucional con algunos cambios simbólicos–. Posteriormente, fui elegido eurodiputado y acabé siendo Presidente del Parlamento Europeo. Luego, cuando ya estaba acabando de hacer las maletas para volver a España, Pedro Sánchez me propuso como comisario español y se dio la casualidad de que, como Ministro de Exteriores, tenía suficiente apoyo para el puesto más imposible de todos. Aunque no llegué directamente: tuve que pasar una prueba de idoneidad por parte del Parlamento Europeo, algo que creo que necesitan hacer muchos cargos en sus respectivas instituciones. Pero, si bien pienso que nada es imposible en política, lo cierto es que no esperaba tener que enfrentarme como vicepresidente de la Comisión Europea a una pandemia, una guerra y, ahora, la multicrisis energética, alimentaria y financiera que se nos viene encima.

josep borrell

En varias ocasiones ha dicho que el proyecto europeo aspiraba a que los jóvenes, en vez de ir a la guerra, fuesen de Erasmus. Y, sin embargo, con la invasión rusa de Ucrania, la guerra, en su aspecto más descarnado, ha vuelto al continente.

Los europeos habíamos conseguido un verdadero milagro: después del historial bélico que tenemos entre nosotros, tras los intentos de suicidio de Europa con dos guerras mundiales, de repente, dimos con la fórmula para pasar setenta años de paz. Un auténtico récord. Veíamos las guerras en la televisión y los diplomáticos trataban de influir de una forma marginal –como en el caso de Afganistán– o, directamente, rechazaban participar, como ocurrió con la guerra de Irak, cuando Francia, Alemania y España, con Zapatero, se negaron a participar. Después de todo esto, ahora vivimos el retorno de lo más dramático en nuestras fronteras, a pesar de que desde nuestra comodidad es difícil imaginar que hay una guerra tan cerca.

«Más que la amenaza de la expansión de la OTAN, lo que Putin ve en Ucrania es un país eslavo que demuestra que puede vivir en una democracia plena»

¿Está la Unión Europea en guerra?

No debemos decir que estamos en guerra porque no es así. De otro modo, estaríamos siendo testigos directos de la Tercera Guerra Mundial, así que más vale que no entremos en ella. Ahora mismo, todos nuestros esfuerzos están focalizados en Ucrania, pero sin pasar la línea roja de la beligerancia. Habrá quien diga que Putin puede interpretar como beligerante que estemos enviando armas a Ucrania y sancionando a Rusia, pero no es así: considera que tenemos una actitud enemistosa; no que estemos envueltos en un ataque armado. Las sociedades europeas –y esto supone una gran ventaja, aunque con sus inconvenientes– han alejado la posibilidad de asumir los sacrificios que implica una guerra. Especialmente uno: repatriar muertos. Eso es algo muy positivo, pero también muestra cierta vulnerabilidad porque si bien esta guerra no es nuestra ya que no luchamos en ella, a la vez sí que lo es, porque lo que allí se dirime, la integridad territorial de Ucrania, nos afecta. Forma parte de nuestro problema existencial puesto que Ucrania es uno de nuestros grandes socios: antes de que la guerra empezara, habíamos invertido en esta nación 14.000 millones de euros para ayudarle a desarrollarse. Más que la amenaza de la expansión de la OTAN, lo que Putin ve en Ucrania es un país eslavo que demuestra que puede vivir en una democracia plena y participar del proyecto europeo, ese bucle positivo que hay entre libertad, progreso y paz. Si alguien, por la fuerza bruta, consigue desmembrar un país, no sabemos dónde acabará esto o cuál será la próxima víctima.

En algunas ocasiones ha dicho que le preocupa que la gente no entienda lo suficiente lo que hay detrás de esta guerra. Que piensen más en las consecuencias que en las causas.

Es normal que las consecuencias preocupen más: comprender las causas es un ejercicio cognitivo; las consecuencias las vives en tu propia carne. Pensemos en aquel que tiene una fábrica y se ve obligado a pararla porque no se puede permitir el precio del gas o el que paga la electricidad más alta porque el gas ha multiplicado por diez su precio desde antes de la guerra. También a nivel macro: el presidente de un país africano, por ejemplo, tampoco puede soportar las consecuencias de una guerra. Es lógico que se preocupen por ellas y que exijan parar la guerra. Pero ¿cómo la paramos? Más concretamente: ¿qué significa pararla? Sin duda, si dejamos de ayudar a Ucrania, la guerra se acaba, pero ¿a qué precio?

Como Alto Representante ha invertido mucho tiempo en la relación con Rusia. Siempre ha sido un partidario del diálogo y de buscar espacios comunes. Y, al final, en plena escalada bélica, acabó diciendo que «había que decapitar a la serpiente». ¿Puede explicar este cambio de paradigma?

Yo ya tuve mis encontronazos con Putin siendo Presidente del Parlamento Europeo. Tras el asesinato de Anna Politkovskaya, una de las voces más críticas contra el Gobierno ruso, acabé diciéndole que había sido él quien le mató. De hecho, le aseguré que Europa no iba a cambiar los derechos humanos por su gas. Ahora parece hasta una frase premonitoria porque estamos viendo hasta qué punto estamos dispuestos a llegar por su energía. Putin, con el tiempo, ha ido cambiando de la misma forma que se ha transformado la visión que tenemos de Rusia. En un momento determinado, pareció abierto a una cooperación con Occidente y, sobre todo, los alemanes y centroeuropeos vieron en esa relación cierta interdependencia positiva que nos obligaría a cooperar y que nos permitiría ayudar a la sociedad rusa a caminar hacia una democracia. A fin de cuentas es lo mismo que pensamos de China, y eso explica por qué esa dependencia ahora nos parece suicida. Lo que quiere Putin es el imperio ya no soviético, sino zarista, y para ello se ha ido endureciendo internamente, haciéndose cada vez más represivo; hasta tal punto que lo que pensamos que sería un acercamiento de Rusia a la órbita occidental se ha convertido ahora en una extrema debilidad.

«El mundo necesita que China y Estados Unidos cooperen, pero el cambio climático los está dejando sin solución»

¿Cree que ese patrón que menciona puede darnos alguna sorpresa en el futuro con el conflicto entre China y Taiwán?

La China actual es un resultado de la política de los Estados Unidos. Vieron en ella un gran mercado donde transferir capacidad productiva con ventaja y donde se produciría ese fenómeno de una clase media próspera que pide libertades políticas y, en cambio, no ha ocurrido nada de eso. Esto no ha supuesto mayor problema hasta ahora porque China no jugaba un papel con exigencias de gran potencia, pero en la actualidad lo hace y tiene sentido, porque está llamada a ser una gran potencia por la velocidad de su crecimiento. El problema es cómo va a ejercer ese papel. El mundo necesita que China y Estados Unidos cooperen, pero el cambio climático los está dejando sin solución. Si bien estamos asistiendo a un desacoplamiento forzoso con Rusia en materia energética, entre China y Estados Unidos también se está acelerando uno debido a la tensión política entre ambas naciones. Sin embargo, sus economías están todavía demasiado interrelacionadas como para que deseen la ruina del contrario. China es el gran acreedor de Estados Unidos y el hundimiento de la economía americana le pondría en una posición muy complicada.

¿Cuál le gustaría que fuera su legado como Alto Representante?

Para empezar, me gustaría haber acabado de revivir el pacto nuclear con Irán. También ver avanzada la cuestión de Chipre. Y sé que es utópico, pero sería ideal haber dejado la atención de Europa en el conflicto palestino-israelí, además de acercar a América Latina a la agenda política. De hecho, ha aparecido un nuevo concepto, el «Sur Global», que no podemos ignorar porque representa a millones de personas que están reclamando una enorme atención. Obligatoriamente, tenemos que enlazarnos con él. En este sentido, y por último, me gustaría que en los dos años y medio que tengo todavía por delante los procesos de decisión europeos se hagan mucho menos rígidos, porque no podemos seguir tomando decisiones a una velocidad tan lenta. El mundo va mucho más deprisa.

¿Y le gustaría dejar un ejército europeo o, al menos, un orden de seguridad europeo?

Un ejército europeo es utópico hoy por hoy. Pero sí sería posible que el gasto de defensa de los europeos se hiciese de manera coordinada, de forma que sus ejércitos fuesen comunitarios e interoperables. En otras palabras, más que un ejército europeo, necesitamos varios que compongan las distintas piezas de un mecano donde se combinen sus capacidades y el todo sea más fuerte que la suma de las partes. De momento, no es el caso: tenemos un gasto militar que se consume en duplicidades estériles y que nos impide contar con las capacidades mínimas que necesitamos para hacer frente a los riesgos que se nos vienen encima.

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