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«La ética siempre va más tarde que la tecnología»

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29
mayo
2026

Las redes sociales forman parte de nuestro día desde hace más de una década. Y ahora empezamos a ver algunos efectos que no habíamos anticipado cuando pensábamos que serían el altavoz perfecto para expresar los deseos de la población. Con unos algoritmos cuestionados y en pleno debate sobre si prohibir o no su uso a los adolescentes, Jordi Nomen, profesor de filosofía, acaba de publicar ‘Contra la tiranía del like‘ (Arpa, 2026), un manual para familias y educadores que no saben cómo lidiar con la tarea de educar a los adolescentes en el uso responsable de la tecnología.


 Llevas en la docencia desde 1989. Has visto pasar a generaciones enteras por tus aulas. ¿Es este el momento más complejo para ser adolescente?

Sin duda, el contexto ha cambiado radicalmente y la gran dificultad actual reside en las redes sociales, internet, el uso del teléfono y, ahora, la inteligencia artificial. Esos son los nuevos retos de presente y futuro. El camino hacia la madurez es el de siempre, pero el entorno lo pone muy complicado. Los adultos, que tenemos un papel educativo de referencia, debemos adaptarnos a este contexto, comprenderlo y procurar ponerlo a nuestro favor. Mi libro responde a esa necesidad de reflexionar sobre un escenario que, a menudo, nos supera.

Hablas del equilibrio como clave para aprovechar el lado positivo de las redes sociales, pero es difícil si se diseñan para generar adicción.

Es difícil, no lo niego, porque como bien dices genera una adicción profunda. Pero los maestros debemos ser optimistas y positivos respecto al poder de la educación; si no, nos dedicaríamos a otra cosa. Yo creo que la educación puede lograr sentido crítico. Aquí no se trata del manejo técnico de los dispositivos —que ellos dominan mejor que nosotros—, sino del juicio crítico. El secreto es irles dando el manejo de estas herramientas poco a poco. A menudo uso una analogía: si alguien quiere empezar a hacer pesas, no le das una de 50 kg el primer día porque se rompería; empiezas con una de 1 o 2 kilos. Con la responsabilidad digital ocurre lo mismo: hay que irles responsabilizando gramo a gramo, viendo qué peso pueden soportar según su madurez. Si les entregas la tecnología sin pautas, sin cortapisas, el resultado es la adicción rápida y generalizada que vemos hoy. Debemos entrar en lo digital con cabeza, no con el deseo o el corazón por delante.

«La red ofrece todas las oportunidades y todos los peligros; es nuestro uso el que dirime hacia dónde cae la balanza»

¿Hay algo positivo en el uso de redes sociales para los jóvenes y adolescentes?

Por supuesto que hay aspectos positivos. Las redes permiten a muchos adolescentes no sentirse solos. Pensemos en alguien que busca un grupo con su misma orientación sexual o una afición muy específica; en internet puede encontrar una comunidad con un lenguaje común que antes le era inaccesible. También permiten acceder a productos culturales o conocimientos —como la cocina de países lejanos— de forma instantánea. El problema es que nos vendieron la idea de que las redes serían la panacea de la democracia y la libertad, pero sin «mando de decisión» pueden ser todo lo contrario: espacios de odio y dependencia. Lo que hay que educar es ese «mando a distancia» emocional: ¿para qué me conecto?, ¿cuándo me desconecto? La red ofrece todas las oportunidades y todos los peligros; es nuestro uso el que dirime hacia dónde cae la balanza.

¿El mundo es digital y cuánto antes hay que adaptarse a él o es preferible humanizar el mundo digital para hacerlo menos agresivo?

La tecnología no tiene valor moral, es neutra; el valor reside en el uso que le damos. El problema histórico es que la ética siempre llega tarde, igual que las leyes. Mira la energía nuclear: permite generar electricidad sin combustibles fósiles, pero también crear la bomba atómica. El problema es el uso de la tecnología sin que la ética o el derecho intervengan. Como sociedad, necesitamos establecer un «contrato de amabilidad digital», un acuerdo sobre lo que se puede y no se puede hacer, defendiendo un bienestar digital. Del mismo modo que existen los derechos humanos, debemos hacer valer los derechos digitales. Deberíamos ser capaces de parar como sociedad y decidir qué permitimos y qué no.

Hablas de la necesidad de establecer límites, que es algo muy complicado de negociar durante la adolescencia. ¿Por qué son preferibles a la prohibición cuando hablamos de tecnología?

Debemos distinguir por edades. Para la infancia, soy claro: hasta los 14 o 16 años —yo diría más bien 16— no hay ninguna necesidad de que los niños entren en redes sociales. No tienen la madurez necesaria para ese aprendizaje y no les hace falta. Veo bien la prohibición en esa etapa porque la sociedad manda un mensaje de que eso conlleva riesgos. Al fin y al cabo, no ponemos un arma en sus manos ni un coche en las de un niño de 11 años, ¿verdad? Exigimos formación y experiencia previa para conducir porque es peligroso; con el móvil hemos «pagado la novatada» al despreocuparnos. A partir de los 16 años, la prohibición absoluta es inviable en un mundo digital, así que ahí entra la negociación. Pero para negociar con un adolescente hay que saber que ellos se mueven por deseos, y nosotros debemos llevar la conversación a las necesidades mínimas. No puedes cumplir el 100% de tus deseos sin arrebatarle los derechos a otro. Si tu hijo dice «necesito llegar a las 5», eso es un deseo; si dice «necesito amigos», es una necesidad. Sobre necesidades podemos entendernos; sobre deseos absolutos, no.

«Como sociedad, necesitamos establecer un ‘contrato de amabilidad digital’»

Dices que del mismo modo que aprender a leer y a escribir ha moldeado nuestro cerebro, la revolución digital también traerá cambios positivos y negativos. Teniendo en cuenta que el cerebro del adolescente todavía está en proceso de configuración, ¿crees aconsejable exponerlo a la tecnología digital sin ningún tipo de control?

El impacto es cuádruple y alarmante. Primero, hay un impacto académico: la pérdida de atención y concentración es inusitada. Sin atención, el aprendizaje es casi imposible. Segundo, hay un impacto emocional: la autoestima depende de la aprobación ajena, del like, dejando la propia identidad en manos de otros que a menudo no tienen buenas intenciones. Tercero, el impacto social: nos cuesta mirar a los ojos de la persona que tenemos delante; lo virtual ofrece un anonimato cómodo que evita la mirada franca. Y cuarto, el impacto político: las redes fomentan discursos de odio, posiciones de «blanco o negro» y eliminan los matices y el contexto, lo cual es veneno para la democracia.

El acoso ha existido siempre pero estaba limitado a un espacio y lugar concreto y en muchas ocasiones apenas tenía espectadores. El ciberacoso elimina estás barreras y lo amplifica. ¿Cómo podemos combatirlo?

Es extremadamente difícil de erradicar porque es una cuestión de poder e inseguridad. El acoso ha ganado tiempo y espacio; ya no termina al salir del patio. La clave, en mi opinión, está en la audiencia. El acosador busca reconocimiento; si educamos a los que observan para que no compartan bulos y no aplaudan la agresión, le quitamos la fuerza. También debemos ser contundentes institucionalmente. Lo peor es decir que «son cosas de chicos». Hay que intervenir sobre el agresor, la víctima y, sobre todo, los indiferentes. Y algo innovador que defiendo: si hay reincidencia, quien debe salir del centro es el acosador, no la víctima. Si cambias a la víctima de escuela, le envías el mensaje de que es débil y le provocas una «indefensión aprendida» que es un golpe brutal a su autoestima. Al mover a la víctima, estás reforzando la crueldad del agresor.

«En el ciberacoso, hay que intervenir sobre el agresor, la víctima y, sobre todo, los indiferentes»

Señalas la dificultad para establecer el límite entre intimidad y supervisión. ¿Cómo deben actuar los padres responsables que no quieran entrometerse demasiado?

Hay que valorar el riesgo y el peligro. Los padres debemos tener un «radar para los cambios». Si tu hijo sigue siendo más o menos el mismo, no hay por qué sospechar, pero si de repente cambia de amigos, se aísla, o su conducta gira 180 grados en dos meses, hay que actuar. Es como un trastorno de la conducta alimentaria (TCA): si un día no quiere cenar, no pasa nada; si empieza a pedir cenar en su habitación y a obsesionarse con los platos, el problema te llegará al cuello si no intervienes. Si un hijo cambia «como un calcetín» tras conectarse a internet, la intromisión no es falta de respeto, es un acto de amor. Si no actúas, la situación se te escapará de las manos.

Propones el pensamiento crítico como el gran antídoto. Pero en un mundo de gratificación instantánea, ¿no es una batalla perdida?

«Dale un pescado a un hombre y no pasará hambre hoy; enséñale a pescar y será autónomo siempre». Poner límites y sanciones es «pan para hoy y hambre para mañana»; lo que genera valores fuertes es que entiendan el porqué del límite. No es tan difícil: requiere escucharles más y sermonearles menos, compartir series, música o deportes juntos para poder comentarlos. Pero claro, si un padre sale al campo de fútbol a agredir al árbitro frente a su hijo, el pensamiento crítico desaparece. Educar es dar ejemplo y coherencia. No puedes prohibir el móvil en la cena mientras tú miras Instagram. Y si nos equivocamos, debemos saber pedir disculpas; la perfección no es un atributo humano, pero la coherencia sí debe ser un objetivo.

«La filosofía debe empezar a los 3 años y no desaparecer hasta que nos morimos»

Haces un recorrido por la historia de la filosofía desde Platón hasta Byung-Chul Han para hablar de la fama, el espacio público, la amistad, la autenticidad… ¿Una mayor formación filosófica en la ESO ayudaría a prevenir los males derivados del uso de la tecnología?

Pertenezco al colectivo Filosofía 3/18 y nuestra premisa es que la filosofía debe empezar a los 3 años y no desaparecer hasta que nos morimos. No se trata de estudiar a los autores para «vomitarlos» en un examen, sino de usar juegos, cuentos y dinámicas para trabajar la empatía, el diálogo y el cuestionamiento. La filosofía no es una religión que da verdades reveladas; es una herramienta para dudar de las verdades impuestas por una sociedad que solo quiere que produzcamos y consumamos más. La filosofía nos enseña a fundamentar nuestra verdad en autoridades razonables y en la ciencia.

El problema es que algunos le han conseguido dar la vuelta a ese argumento de fomentar el pensamiento crítico y por ahí se ha colado gran parte del pensamiento conspirativo que tanto daño hace a las instituciones.

Es un peligro real que Platón ya advirtió: no todas las opiniones son respetables. Debemos respetar a la persona, pero no una opinión cargada de prejuicios, odio o violencia. Las opiniones valen lo que valen sus argumentos. La filosofía no busca dudar de todo por sistema, sino reconocer el valor de la ciencia, cuyo método lleva cinco siglos dándonos certezas incuestionables sobre la realidad. No hay que dudar de la ciencia, hay que usar el pensamiento crítico para convencer al que está equivocado, no para validar cualquier disparate. El problema es que nuestra sociedad lo que intenta es que no pensemos. Porque eso permite producir y consumir más.

Y para eso la filosofía es la mejor herramienta para comprender el mundo en que vivimos.

Nos queda la comprensión de nuestra fragilidad. La filosofía me ha permitido vivir mejor no por darme certezas, sino por hacerme ver que somos frágiles. De esa fragilidad nace la empatía; de la empatía, el amor; y el amor es lo único que al final nos queda y lo único que vence a la muerte. Quizás humanizar las redes sea una utopía, pero, como decía Eduardo Galeano, las utopías sirven para eso: para marcarnos la dirección y obligarnos a seguir caminando.

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