Joana Barbany
«No podemos limitarnos a culpar a las herramientas»
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Joana Barbany, consultora en el impacto de la tecnología sobre el ser humano, cree que tenemos un déficit importante a la hora de relacionarnos con la tecnología. No en vano, su libro ‘Rehumanizando la tecnología’ (Profit, 2023) propone entrar en una dimensión en la que esta deje de ser un elemento ajeno al ser humano y se vuelva más amigable.
¿Cuál considera que es el primer paso para rehumanizar nuestro entorno tecnológico?
El punto de partida es, sin duda, la autocrítica y la toma de conciencia individual. Debemos entender que el control sobre la tecnología depende de nosotros; no podemos limitarnos a culpar a las herramientas de los problemas que surgen de su uso. Cada individuo debe estar presente y ser plenamente consciente del uso que hace de sus dispositivos en su día a día. Rehumanizar empieza por recuperar esa soberanía sobre nuestra atención y nuestras decisiones, dejando de actuar de forma automática frente a las pantallas para adoptar una postura mucho más crítica y presente.
Usted sostiene que estamos en un momento crucial para nuestra supervivencia como especie. ¿Por qué es tan urgente este proceso de «rehumanización»?
Es fundamental entender que la tecnología, por definición, no es mala. Es cualquier herramienta creada para ayudar a los seres vivos a mejorar algún aspecto de su vida. El fuego fue tecnología, un cuchillo es tecnología, e internet o la inteligencia artificial también lo son. El problema no es la herramienta, sino el sentido y el valor humano que le damos. Un cuchillo puede servir para alimentarse o para dañar a alguien; lo mismo ocurre con las redes digitales. En cada salto evolutivo, como el que vivimos ahora con la digitalización masiva, debemos volver a «rehumanizar» la herramienta porque su potencia es tal que, si no la orientamos hacia el beneficio humano y los valores, puede volverse peligrosa. No es un proceso de una sola vez, sino una tarea constante en cada evolución técnica de nuestra historia.
Se habla mucho de cómo la tecnología nos aísla. ¿Cómo podemos revertir esto para que la interacción digital nos una de verdad?
De nuevo, la clave es la conciencia individual y la responsabilidad. Es curioso observar cómo este fenómeno no entiende de edades. He presenciado situaciones donde adultos de generaciones anteriores están mucho más pendientes de sus teléfonos móviles durante una cena que los propios adolescentes, ignorando a quienes tienen delante. Esto demuestra que es un tema intergeneracional. Debemos ser capaces de preguntarnos para qué usamos la tecnología en cada momento y hacerlo con sentido crítico. Si decidimos apagar el móvil dos horas antes de dormir para leer un libro en lugar de perdernos en Instagram, estamos ejerciendo nuestra voluntad. El riesgo es quedarnos ahí simplemente porque nos hemos olvidado de salir o porque el diseño de la plataforma nos está manipulando.
«Si decidimos apagar el móvil para leer un libro en lugar de perdernos en Instagram, estamos ejerciendo nuestra voluntad»
Con la irrupción de la inteligencia artificial en el mercado laboral, muchos temen un impacto negativo. ¿Qué medidas de vigilancia deberíamos implementar ya?
La respuesta corta es formación, tanto individual como colectiva. Necesitamos un esfuerzo desde el sector público para formar a niños y niñas, pero también a nivel corporativo. No podemos permitir que un trabajador utilice herramientas como ChatGPT sin saber, por ejemplo, que no debe colgar documentos confidenciales con su nombre. Es el abecé de la nueva era. Yo utilizo mucho el símil del coche: cuando se inventó el motor de explosión, al principio no había códigos de circulación ni exámenes de conducir. Con el tiempo, entendimos que antes de coger un coche de forma masiva se requiere una formación teórica y práctica para conocer sus peligros. Con la tecnología y la IA hemos entrado a lo bruto, sin preparación. Necesitamos ese «examen» de conocimientos mínimos antes de manejar herramientas tan potentes.
¿Y quién debería impartir esa formación? Porque parece que existe una desconexión entre lo que los jóvenes saben y lo que los adultos pueden enseñarles.
Ese es el gran problema actual: la velocidad del cambio ha sido tan extrema que los referentes habituales —padres, tutores, profesores o incluso CEOs de empresas— muchas veces no saben lo suficiente para enseñar a los demás. Antes, un padre podía enseñar a un hijo a conducir en un lugar seguro, pero hoy muchos adultos tienen las mismas dudas o carencias que los menores sobre el funcionamiento profundo de la tecnología. Falta formación especializada. Necesitamos que el sistema educativo aproveche su plataforma para integrar expertos que formen no solo a los alumnos, sino también a los padres en las reuniones escolares. Es un tema de máxima prioridad que debería estar en el centro de cualquier agenda educativa.
En su libro menciona valores humanos «innegociables». ¿Cuáles serían los pilares de este código ético digital?
Para mí hay dos que son incuestionables: el respeto hacia los demás y la responsabilidad sobre los propios actos. A estos les añadiría la empatía, que en el mundo digital suele diluirse por la falta de contacto físico. Si operamos bajo el respeto y la responsabilidad, gran parte de los problemas de toxicidad en redes se mitigarían.
«Si operamos bajo el respeto y la responsabilidad, gran parte de los problemas de toxicidad en redes se mitigarían»
¿Es suficiente la voluntad individual cuando plataformas como Netflix dicen abiertamente que su principal competidor es el sueño del usuario?
Es cierto que luchamos contra diseños creados para generar adicción, lo cual es, en esencia, inhumano porque atenta contra una necesidad básica como es el sueño. Sin embargo, podemos usar la propia tecnología como aliada para el autocontrol. Existen aplicaciones y extensiones, que incluso personas jóvenes de mi entorno utilizan, que te avisan del tiempo que llevas conectado o que bloquean el acceso tras un límite establecido. Los dispositivos inteligentes también pueden ayudarnos a monitorizar y mejorar nuestro descanso. Si no somos capaces de controlarnos por pura voluntad, usemos la tecnología como una herramienta de regulación positiva.
Respecto a la salud mental de los jóvenes que han nacido hiperconectados, ¿cree que nos hemos equivocado en el enfoque educativo?
Creo que nos hemos «pasado de frenada» en ambos sentidos. Primero hubo una falta total de control y regulación porque no sabíamos cómo gestionarlo. Ahora estamos viendo un movimiento pendular hacia la prohibición total de pantallas en las escuelas. El equilibrio es difícil pero necesario. No tiene sentido renunciar a la tecnología para estudiar el cuerpo humano a través de hologramas o realidad 3D, que es mucho más enriquecedor que un libro de texto plano, pero tampoco debemos usar la tecnología para absolutamente todo. Estamos viendo un cambio social: padres que ya no quieren estar en tantos chats o que retrasan el primer móvil. La legislación está empezando a actuar, pero el vacío de control de los últimos años ha dejado una huella clara en la salud mental que ahora debemos sanar.
«Podemos usar la propia tecnología como aliada para el autocontrol»
¿De quién es la responsabilidad final de cerrar estas brechas? ¿Del Estado, de las empresas o de nosotros?
El primer responsable es el individuo; echar la culpa siempre a los demás es el camino fácil, pero no el más efectivo. Dicho esto, el individuo debe ser acompañado por la administración pública, que tiene la obligación de ofrecer formación con recursos públicos porque es una competencia básica para la vida moderna. En cuanto a las empresas, tienen una responsabilidad doble: por un lado, cuidar la productividad y seguridad de sus empleados y, por otro, las tecnológicas deben ser reguladas. En Europa tenemos la suerte de que la legislación pone al ciudadano en el centro y protege sus derechos, algo que no ocurre en otras partes del mundo donde las tecnológicas operan sin apenas restricciones. Europa debe seguir liderando este papel de protección y sanción cuando sea necesario.
Como embajadora de Women in Tech, usted denuncia que los algoritmos son «patriarcales». ¿Cómo se manifiesta este sesgo?
Es una realidad absoluta. Los algoritmos están diseñados mayoritariamente por hombres y entrenados con datos que ya estaban masculinizados de origen, tanto en el lenguaje como en el posicionamiento social. Un ejemplo muy revelador es el de los asistentes virtuales y chatbots. El 80% tienen nombres y voces femeninas (María, Lucía, etc.) bajo la excusa de que resultan más «amables» o «cercanos». Lo que estamos haciendo es replicar en el mundo digital el estereotipo de que la mujer es la asistente, la auxiliar que te hace el trabajo. Es un retroceso. Deberíamos apostar por avatares neutros o robots, no por perpetuar roles de género del mundo analógico en el digital. Además, incluso en la interacción física con la tecnología, se nota ese sesgo: a veces parece que a los sistemas de voz hay que «gritarles» para que reconozcan comandos si no encajas en el patrón estándar de voz masculina.
¿Puede entonces la tecnología ser una herramienta de empoderamiento para la mujer o es un nuevo espacio de exclusión?
Puede ser ambas cosas, y por eso la formación es crítica. La tecnología funciona como un ascensor o una palanca: si la aprovechas, te promociona y te abre puertas que antes estaban cerradas. Pero si te despistas, si no tienes acceso o si crees que no va contigo, te quedas atrás. No te quedas donde estabas, retrocedes en comparación con el resto de la sociedad. Es una cuestión de actitud y de aprovechar los recursos gratuitos que existen para no perder el tren.
Usted conoce bien el sector público y el privado. ¿Cómo pueden colaborar para que la «digitalcracia» sea inclusiva?
Es complejo porque sus ritmos son opuestos. La empresa privada vuela porque compite en un mercado global e internacional. El sector público, en cambio, está atrapado en una burocratización excesiva y procesos legislativos muy lentos. En Estados Unidos o China, estos sectores van mucho más de la mano, aunque por motivos distintos. En Europa necesitamos que la administración se desburocratice y que la empresa sea mucho más responsable socialmente para que ambos ritmos puedan converger en beneficio del ciudadano.
«La transformación digital es la gran aliada de la sostenibilidad»
¿Qué papel juega la tecnología en la sostenibilidad y los criterios ESG (ambiental, social y de gobernanza)?
Un papel del 100%. La transformación digital es la gran aliada de la sostenibilidad. Mediante el análisis de datos y la inteligencia artificial podemos predecir comportamientos y establecer políticas empresariales y urbanas mucho más eficientes. El concepto de Smart City avanzado permite que los sensores y la IA nos ayuden a tomar decisiones públicas antes de que los problemas se agraven. Aquella organización o ciudad que no utilice los datos para mejorar su desarrollo humano y ambiental se quedará obsoleta; es un elemento básico de productividad hoy en día.
No podemos olvidar a la gente mayor. ¿Cómo les ha afectado este salto digital repentino?
Nos hemos cargado su forma de interactuar con el mundo de un día para otro. Para pedir cita al médico, gestionar la banca o comprar un billete de avión, hoy necesitas un móvil y saber usar una app. Es muy fuerte que algunas aerolíneas ya solo permitan gestiones vía móvil. Hemos eliminado la convivencia de los dos mundos sin dar tiempo a la adaptación. Esto genera una exclusión gravísima y, además, los expone a riesgos de seguridad. Hay mucha estafa y muy poca formación para personas de más de 60 o 70 años, a quienes les pueden vaciar la cuenta en un momento por desconocimiento. La brecha generacional es uno de los temas más urgentes que debemos tratar.
Finalmente, sobre la desinformación, ¿cree que los jóvenes son más vulnerables que los mayores?
Mi percepción es que los jóvenes a menudo tienen más capacidad para identificar un bulo que la gente adulta pero tenemos que estar todos atentos. Hay personas que se lo tragan absolutamente todo porque no tienen los mecanismos de verificación integrados. Es impresionante ver cómo vídeos que son evidentemente falsos son aceptados como verdades absolutas por ciertos sectores de la población. La gente da por bueno casi cualquier cosa que le llega a través de una pantalla, y eso es muy peligroso para la cohesión social.
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