«En España y Portugal la transición energética es un claro catalizador de la reindustrialización»
España reúne condiciones para liderar la nueva industria energética, pero necesita transformar su ventaja renovable en precios competitivos, infraestructuras, innovación y mayor agilidad administrativa.
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El ingeniero industrial eléctrico leonés David González es socio senior de McKinsey & Company en la oficina de Madrid y co-lidera el trabajo de la consultora en el sector energético en la Península Ibérica y Latinoamérica. En sus más de 25 años en la firma de consultoría ha asesorado a grandes compañías de servicios públicos y energéticos en estrategia, regulación, operaciones, sostenibilidad y finanzas corporativas. Hemos hablado con él acerca de los grandes desafíos que afrontan España y Europa en materia de energía con el foco puesto en la industria y en hasta qué punto el factor energético marca el signo de nuestra la competitividad de nuestras empresas.
Europa lleva años diagnosticando una pérdida de competitividad frente a Estados Unidos y China. Desde su visión, ¿cuáles son los principales motivos tras este fenómeno?
Entre 2004 y 2024 la industria europea no ha crecido al ritmo de lo que lo ha hecho en otras partes del mundo, especialmente en China. Mientras nosotros nos movemos en unos incrementos del Gross Value Added (GVA) industrial del 1,4% anual, ellos están cerca del 10%, y eso implica una pérdida de competitividad en la que la energía es un input más junto a costes laborales, tecnología y capital. ¿Por qué se ha producido este desfase? Una de las razones es que nosotros hemos tenido una transición energética que, como sucede siempre en este tipo de transformaciones, en las etapas iniciales ha supuesto añadir costes. Pero ahora ya nos encontramos en una etapa más madura en la que ya estamos incorporando energías muy competitivas a nuestra cadena energética, así que los costes energéticos no deberían ser una desventaja frente a China. En estos momentos, de esos cuatro factores industriales que mencionaba antes, creo que la gran batalla de la competitividad se libra en el ámbito tecnológico, donde China ha evolucionado muy rápidamente y es una potencia.
Los informes de Letta y Draghi señalan la fragmentación, la falta de inversión y los altos costes energéticos como debilidades estructurales de Europa. Desde su experiencia, ¿cuál de esos factores pesa más hoy en la competitividad de la industria? ¿Qué relevancia tiene el coste de la energía en esta cuestión?
En mi opinión, el factor verdaderamente determinante es la tecnología. La tecnología está en todo: está en el desarrollo de las renovables, del hidrógeno, de la energía eólica… Ahora nos encontramos en pleno desarrollo tecnológico del almacenamiento de energía, que es un elemento verdaderamente diferencial ya que nos permite convertir tecnologías no gestionables, como son la eólica o la solar, en tecnologías seguras y gestionables, que es lo que necesita la industria.
España cuenta con una posición favorable en renovables. ¿Puede esa ventaja convertirse en una herramienta real de reindustrialización?
«Hay que seguir trabajando en reformas para lograr que el coste de producción [de electricidad] competitivo se convierta en un coste de venta de energía insumo en la industria competitiva»
Nosotros creemos que tanto España como Portugal están muy bien posicionados para ser un polo de crecimiento para la nueva energía del futuro. Así ha quedado demostrado en las últimas crisis, tanto en Ucrania como en Irán, donde la Península Ibérica no ha tenido problemas de suministros y hemos sufrido menos fluctuación de costes energéticos que otros países. Ese es el planteamiento que defendemos desde la Iniciativa Ibérica de Industria y Transición Energética (IETI), un think tank que estamos liderando desde McKinsey junto a empresas energéticas y que hemos presentado en las dos últimas ediciones de Davos, con presencia institucional de figuras como Teresa Ribera. Nuestro objetivo con este think tank es primero crear awareness sobre ese potencial ibérico en el mundo de la energía y empezar a trazar un conjunto de pautas de actuación.
Cuando se habla de energía barata, a menudo se piensa solo en el precio mayorista de la electricidad. ¿Qué otros elementos (redes, fiscalidad, peajes, contratos, regulación o estabilidad del suministro) son igual o más importantes para una empresa industrial?
En el caso concreto de España, nosotros estimamos que podemos tener un 20% de menor coste en la producción de energías limpias frente a otros países europeos. Y esto tiene una explicación muy sencilla: si instalamos el mismo panel solar en España o en Alemania, ese panel produce más aquí que allí. ¿Qué sucede? Que tú haces esa afirmación y la industria te responde que ellos no ven bajar sus costes. ¿Qué hay de por medio? Costes de renovación de esa flota, de sistemas de transmisión, de distribución de energía, impuestos… Nosotros creemos que hay que seguir trabajando en reformas para lograr que un coste de producción competitivo se convierta en un coste de venta de energía insumo en la industria competitiva. Y eso requiere reformas de impuestos, de sistemas de contratación y, en general, mejorar toda la eficiencia del sistema.
La transición energética exige más renovables, pero también más redes, gran almacenamiento, flexibilidad e interconexiones. ¿Estamos invirtiendo con la velocidad suficiente en las infraestructuras que harán posible esa mejora de la competitividad?
«Las empresas vendrán o no vendrán en la medida en que encuentren flexibilidad y agilidad para desplegar su actividad en ese mercado»
Hemos avanzado bastante. Hace unos años la industrialización y la competitividad energética no eran temas centrales de los que se hablara. Ahora, gracias a los informes Letta y Draghi, a los trabajos de McKinsey y a muchísima gente que está contribuyendo en este campo, sí son cuestiones que están en el foco público. También, en parte, porque hemos podido ver que las amenazas externas (crisis energética, problemas de suministro, etc) son reales. Ahora creo que ya estamos en esa fase de tomar acciones y de que esas acciones se traduzcan en resultados. Ahora bien, la energía es una industria en sí misma, y cuando se habla de la industria de la energía, tienes que pensar en ciclos de inversión a medio y largo plazo, y eso requiere consistencia en el tiempo antes de llegar a ver resultados. En Europa ya se están tomando acciones, como el reciente Marco de Ayudas Estatales para el Pacto por una Industria Limpia (CISAF), pero es un proceso que lleva tiempo; uno no desarrolla un activo energético o un activo industrial en dos días. Desde que tomas la decisión de inversión hasta que ves el activo productivo pueden pasar cuatro años, y eso es ya un ciclo completo legislativo en el gobierno. Eso supone un handicap porque esas estrategias necesitan estabilidad.
Desde el punto de vista empresarial, ¿qué condiciones necesita una gran compañía para decidir instalar o ampliar capacidad industrial en España en lugar de hacerlo en otro país europeo, en Estados Unidos o en Asia?
De ese mix de componentes al que me refería antes (capital, empleo, tecnología y energía) hay unos que viajan mejor que otros. El capital viaja, así que no es un factor diferencial. Luego está el empleo. En España tenemos buenos niveles de formación y tecnificación, lo que supone una ventaja competitiva, pero también hay otras variables que pueden lastrarnos, como el absentismo. En cuanto a la tecnología, hay una parte, la que ya está en fase comercial, que es accesible para todos por igual, pero siempre hay una capa de I+D que es propia de cada país. En la medida en que seamos capaces de crear ecosistemas industriales que sepan traccionar esa innovación interna, seremos más competitivos.
En cuanto a la energía, es probablemente el factor con un carácter más local. Cada país tiene un mix energético distinto y eso arroja una competitividad energética distinta. Nosotros creemos que España y Portugal reúnen condiciones óptimas para atraer inversiones, y que en estos países la transición energética es un claro catalizador de la reindustrialización que puede contribuir a relanzar la competitividad europea, generando conjuntamente hasta un billón de euros en valor añadido y un millón de empleos de aquí a 2030. Finalmente, hay un quinto elemento determinante que es la burocracia. Es el factor que marca el time to market, la facilidad de instalarse, de ampliar capacidades, de obtener el permitting y de, llegado el caso, de cerrar. Las empresas vendrán o no vendrán en la medida en que encuentren flexibilidad y agilidad para desplegar su actividad en ese mercado.
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