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Elogio de la soledad

Frente al estado general de ansiedad permanente, de autoexigencia subyugante y la hiperconexión es útil propugnar la soledad reflexiva.

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18
marzo
2026
Required Reading (1900) watercolor painting by Carl Larsson.

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Hace unos días una prima muy querida me envió un audio de mi padre. Cuando ella era adolescente y venía a casa le pedía a mi padre que le tocara a la guitarra «Alfonsina y el amar». Supongo que, en una de esas ocasiones, también le pidió que le grabara en una cinta magnetofónica esa melodía que mi padre interpretaba a la guitarra con singular sensibilidad. Ahora, muchos años después, supongo que, en una arrinconada caja, apareció la vieja cinta. La sorpresa surgió al comprobar que después de la música seguía un texto hablado de mi padre sobre la soledad. Transcurridos tantos años desde su muerte, escuchar su voz me conmovió, como también lo hizo el texto, en el que hablaba de la necesidad de vivir en nuestra sola y propia compañía, pero no en una soledad, decía mi padre, vacía sino en una soledad sonora, compartida con la música de Bach o Beethoven o en la que escuchar a nuestra propia alma.

Una escucha en soledad difícil de cultivar, que no es la que surge de un simple desengaño, pues quien en la soledad busca olvido acrecienta el recuerdo, y que ha de superar los vagabundeos de la imaginación, «la loca de la casa» como la llamaba Santa Teresa. Una escucha en soledad no egoísta, sino, afirmaba, con los demás en el corazón, una escucha en soledad que nos empuja y enriquece, que nos ayuda a entender mejor la persona que somos y que nos ayuda, en fin, a construir mejor nuestra propia alma, a encontrar nuestro propio camino y dar más frutos en beneficio de los demás.

Quien en la soledad busca olvido acrecienta el recuerdo

El hallazgo de la cinta y el soliloquio de mi padre sobre la soledad vino a coincidir en el tiempo con la llegada de la Navidad. Esa Navidad tergiversada que hoy se nos ofrece, tan contraria al acontecimiento que celebramos, tan bulliciosa, tan iluminada y ruidosa, que parece un sarcasmo del que es casi imposible evadirse para poder escuchar, en soledad recogida, el renacimiento interior que nos propone el nacimiento de Cristo en Belén.

Los días de Navidad estuve leyendo el libro de Stephen Batchelor que lleva por título el de este artículo y en el que el escritor escocés comparte las experiencias de una vida enfocada en hacer de la soledad una práctica esencial. Pero la soledad que pregona Batchelor no es cualquier soledad, sino, como señala la contracubierta del libro se trata de «una soledad que ofrece el tiempo y el espacio necesarios para cultivar la calma interior y la autonomía que nos permiten responder al mundo sin ser arrastrados por deseos, miedos, fobias ni opiniones».

Como reconoce Batchelor, la meditación (que tiene como punto de partida la soledad interior, que no la impuesta) «tiene sentido en la medida que te convierte en el tipo de persona que aspiras a ser», en la medida que integra una visión ética de las cosas, y una mirada sensible y compasiva respecto a todo lo existente, y te prepara para el encuentro con los demás.

La soledad que nos propone Batchelor parte de mirar hacia adentro, como también proponía Montaigne, a cuyos textos dedica un capítulo entero del libro.

Precisamente, ese mirar hacia adentro es una de las consignas fundamentales de muchos filósofos, desde Sócrates que predicó el autoconocimiento crítico, el «conócete a ti mismo» como fin de la existencia y el reconocimiento de la propia ignorancia («solo sé que no se nada») como punto de partida, como reflexión necesaria, para construir la moral del individuo, una ética de la conducta humana.

El impulso de la antropología filosófica inaugurado por Sócrates fue continuado por numerosos pensadores a lo largo de la historia. Desde San Agustín, quien condensó su concepción del ser humano en la célebre exhortación «No salgas fuera; vuelve a ti mismo», subrayando la centralidad de la interioridad, hasta Heidegger, que en Ser y tiempo contrapuso la existencia auténtica a la inauténtica. Esta última caracterizada porque el ser humano, en tanto existencia abierta y finita —el Dasein—, vive absorbido por la cotidianidad, guiado por el hacer y diluido en el anonimato. Mientras, en la existencia auténtica, el Dasein se detiene y se vuelve reflexivamente sobre sí mismo, escuchando la llamada de la conciencia, que lo arranca del autoengaño cotidiano y lo confronta con su propia finitud.

Frente al general estado de ansiedad permanente, de autoexigencia subyugante –hasta el punto que la ocupación del ocio se torna en una obligación–, siempre conectados, y en el que nunca encontramos tiempo para parar y preguntarnos quiénes somos y qué es aquello que realmente nos importa, propugnamos esa soledad reflexiva, que elogiamos, para intentar no vivir únicamente en la superficie ruidosa de los días, sino atender también a ese mundo interior y silencioso donde cada uno podamos reconocer nuestro ser personal, abrirlo a los demás y a todos los seres, y asombrarnos por el regalo de ser y el misterio de existir.

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