El mal en el pensamiento moderno
Lo que ocurrió en los campos de exterminio nazis fue tan absolutamente el mal que, como ningún otro suceso en la historia, puso a prueba la capacidad de los seres humanos para comprender.
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El siglo XVIII empleó la palabra «Lisboa» de manera muy cercana a como nosotros usamos ahora la palabra «Auschwitz». ¿Cuánto peso puede cargar una referencia en bruto? Basta el nombre de un lugar para expresar el colapso de la más elemental confianza en el mundo, de los fundamentos que hacen posible la civilización. Al enterarse de esto, los lectores de nuestro tiempo pueden sentir cierta añoranza: feliz la edad en que un terremoto puede causar tanto daño. El seísmo que en 1755 acabó con la ciudad de Lisboa y con varios miles de sus habitantes dejó atónita a la Europa de la Ilustración, incluida Prusia Oriental, donde un oscuro catedrático llamado Immanuel Kant escribió para el periódico de Königsberg tres ensayos sobre la naturaleza de los temblores. No estaba solo. La reacción fue tan amplia como inmediata.
Voltaire y Rousseau encontraron en el seísmo motivo para una nueva disputa; de un lado a otro de Europa las academias le dedicaron concursos para premiar los mejores ensayos y, de acuerdo con diversas fuentes, Goethe, quien tenía seis años, por primera vez experimentó la duda y se sintió consciente. El terremoto interesó a las mentes más brillantes de Europa, pero no quedó confinado en estas. Las reacciones populares fueron desde los sermones hasta los dibujos de testigos y pésimas poesías. Unos y otros se produjeron en número tan grande como para provocar suspiros en la prensa del día y observaciones sardónicas en Federico el Grande, quien pensó que cancelar los preparativos para el carnaval, meses después del temblor, era un exceso.
Auschwitz, en cambio, produjo cierta reticencia. Los filósofos quedaron perplejos y, según la más célebre opinión de Adorno, solo el silencio podía ser una respuesta civilizada. En 1945 Arendt escribió que en la posguerra el problema del mal sería el tema fundamental de la vida intelectual de Europa, pero su vaticinio no fue acertado. Excepto la que publicó la propia Arendt, ninguna obra filosófica importante apareció en inglés, y los textos en francés y en alemán fueron notablemente sesgados. Hubo relatos históricos y testimonios en número sin precedentes, pero la reflexión conceptual ha tardado en llegar.
No hace falta plantearse interrogantes sobre la relación entre Auschwitz y otros crímenes y sufrimientos para tomarlo como un paradigma de la clase de mal que la filosofía contemporánea rara vez examina
No puede ser que un acontecimiento de tal magnitud haya pasado inadvertido para los filósofos. Por el contrario, una razón que se ha dado para la falta de reflexión filosófica es la magnitud de la tarea. Lo que ocurrió en los campos de exterminio nazis fue tan absolutamente el mal que, como ningún otro suceso en la historia, puso a prueba la capacidad de los seres humanos para comprender. La cuestión de la singularidad y la magnitud de Auschwitz es, sin embargo, en sí misma una cuestión filosófica; pensar en ella puede llevamos a Kant y Hegel, a Dostoievski y Job. No hace falta plantearse interrogantes sobre la relación entre Auschwitz y otros crímenes y sufrimientos para tomarlo como un paradigma de la clase de mal que la filosofía contemporánea rara vez examina. Las diferencias en las respuestas de tipo intelectual al seísmo de Lisboa y a los asesinatos masivos en Auschwitz son diferencias no solo respecto a la naturaleza de los acontecimientos, sino también en cuanto a nuestras constelaciones intelectuales. Lo que cuenta como un problema filosófico y lo que cuenta como una reacción filosófica, lo que es urgente y lo que es académico, lo que es materia para el recuerdo y lo que es materia para el entendimiento, y todo esto sujeto al cambio.
Este texto es un extracto de ‘El mal en el pensamiento moderno’ (Debate), de Susan Neiman.
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