El futuro ha muerto
Si la cultura siempre ha sido un espejo de cómo imaginamos lo que viene, hoy ese espejo refleja otra cosa. El futuro sigue ahí delante… pero ya nadie está corriendo hacia él.
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Hace 57 años, David Bowman —casco blanco, mirada fija, ese temple casi arrogante— se subía a su cápsula en 2001: A Space Odyssey (1968) para viajar al futuro. Y aquel futuro no era una advertencia, sino una promesa: un lugar limpio, geométrico, sofisticado, donde la tecnología nos haría más capaces, no más frágiles. Porque en aquel entonces, en esa película y en tantas otras, el mañana era una gran promesa.
Y no era cosa solo de Kubrick. De Star Trek: The Motion Picture a Forbidden Planet, el futuro era blanco, brillante, lleno de puertas automáticas que se abrían sin resistencia: progreso, bienestar, ciencia, expansión. Un imaginario colectivo donde lo que venía siempre iba a ser mejor que lo que ya teníamos.
Aquellas esperanzas no eran pura fantasía: se cimentaban en una ola del crecimiento económico, el nacimiento de tecnologías que cambiaban la forma de trabajar y de vivir, y aquí, en España, el estreno de un nuevo sistema de libertades, derechos recién conquistados, una sociedad que por fin podía incorporarse al futuro, por primera vez en mucho tiempo. Creíamos que ese tren —o más bien, esa nave— también pasaba por aquí.
Pero si la cultura siempre ha sido un espejo de cómo imaginamos lo que viene, hoy ese espejo refleja otra cosa. El futuro sigue ahí delante… pero ya nadie está corriendo hacia él, porque hoy representa otra cosa.
Futuro en pausa: esperanza versus realidad
Si hacemos un fast-forward al presente, por no salirnos de lo audiovisual, el contraste salta a la cara. Hoy, el futuro se parece más a Ready Player One: torres de chatarra, contaminación, precariedad y jóvenes conectados a un casco porque lo que hay fuera no invita ni a asomarse. Es así como el futuro ha dejado de ser un lugar al que aspirar; ahora es un sitio del que protegerse.
Y para entenderlo, podemos tirar de historia reciente con dos hitos: la crisis financiera de 2008, que rompió de golpe la idea de estabilidad económica, y la pandemia de 2020, que añadió otra capa de incertidumbre a un mundo ya de por sí incierto.
Por eso es irónico —casi cruel— que esta sea una de las generaciones más formadas de la historia de España: casi la mitad de los jóvenes de entre 25 y 34 años tiene estudios superiores, pero ese salto académico no ha venido acompañado del salto vital que auguraban, lo que la OCDE lo define como «misalignment»: la ruptura entre la expectativa y la realidad. Mientras tanto, más del 70% de los jóvenes españoles con empleo sigue viviendo con sus padres, y quien intenta emanciparse descubre que tendría que destinar casi el 92% de su salario al alquiler. No hay cálculo posible que convierta eso en un proyecto de futuro.
De aquel «estudia y te irá bien» al choque generacional: sigue intrínseca en nuestros mayores la incomprensión hacia los más jóvenes, a los que ven desmotivados y frustrados con una expectativa de futuro que se ha roto. Ahí precisamente está la clave: no son la generación que peor lo ha pasado, pero sí son quienes menos creen en el futuro. No es que se compadezcan de la situación actual, es que sienten que lo que viene es peor.
Ante un futuro indeseable… nostalgia del pasado
Y cuando el futuro no seduce, no promete y no invita, nos lleva a lo que estamos viendo: una nostalgia del pasado. No es casual que en plena era digital resurja lo folclórico como si fuera antibiótico emocional, el boom espiritual recientemente comentado con la estética sacra de LUX de Rosalía, o que TikTok se inunde de tradwives. Se trata de lo que hemos denominado como «anemonia», la nostalgia de un pasado que los jóvenes no han vivido pero que anhelan como refugio emocional y que se viraliza en redes.
Cuando el futuro no seduce, no promete y no invita, nos lleva a lo que estamos viendo: una nostalgia del pasado
Los datos lo confirman, un nuevo 37% de la Gen Z dice sentir nostalgia de los 90’s, cuando muchos no habían nacido, y un 14% prefiere pensar en el pasado antes que en el futuro según el Global Web Index de 2023.
Un apetito retro que se refleja en lo estético y audiovisual pero que también se cuela también en lo político. Ante la desafección de la democracia y su incapacidad para ofrecer soluciones, uno de cada cuatro jóvenes españoles ve aceptable un régimen autoritario «en ciertas circunstancias» y una porción considerable de los españoles, concretamente el 41%, preferiría haber nacido en 1975 en lugar de hoy.
Reconstruir narrativas para un futuro deseable
Para los que queremos mirar al futuro como progreso es necesario crear nuevas narrativas de un futuro que sí sea deseable. El primer paso es no culpabilizar a la juventud por su mirada de retroceso o ridiculizar ni el hambre de espiritualidad, ni el de folclore, ni sus ideas. Hay que comprender que esto proviene de la ruptura de una promesa generacional incumplida: la del bienestar.
Y para volver a ilusionar con el futuro, debemos partir de lo político: atendiendo por fin sus necesidades más materiales – del empleo a la vivienda – y permitiendo reactivar los proyectos de vida en pausa y ofrecer una perspectiva esperanzadora para escapar de la precariedad que asola a las nuevas generaciones.
Pero también –y muy especialmente– desde la comunicación. Durante años hemos confiado en marcos catastrofistas que creíamos capaces de movilizar —como ocurre con el cambio climático o el retroceso en libertades— y que, sin embargo, han terminado generando una sensación de impotencia paralizante. Frente a eso, urge construir narrativas de ilusión y posibilidad, abandonar el miedo como motor y recuperar la idea de futuro. No se trata de minimizar la realidad, sino de utilizar la comunicación política como herramienta estratégica para avanzar en derechos y libertades.
Y hacerlo, además, abandonando las cámaras de eco donde se habla sobre democracia para llegar a donde está la juventud: en sus redes, canales y con sus códigos.
Solo así podremos transmitir que el futuro sigue ahí fuera. Quizás no sea blanco ni limpio como en Kubrick, pero sigue siendo terreno virgen donde construir una sociedad deseable.
Marlene García Cambra es directora de comunicación de Talento Para el Futuro
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