Sociedad

Reconciliarnos con la mediocridad

Queremos ser como el astronauta que sale por la televisión explicando que el tamaño de tu éxito se mide por la fuerza de tu deseo. Sin embargo, no se encuentra el testimonio de los miles de ingenieros que, con las mismas capacidades, no montaron en una nave espacial. Es el doble filo de la cultura digital: regala un exceso de referentes inalcanzables que nos lleva a obsesionarnos por la excelencia individual.

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10
Feb
2022
Mediocridad

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Los colegios ya no son bilingües, sino trilingües. Los másters se cuentan a pares. En el currículum llama la atención la figura de CEO o project manager. De cualquier cosa. Que la gente lo vea. En definitiva, buscamos la diferenciación. Ya no queremos ser uno más del rebaño, sino como el astronauta que sale por televisión explicando que el tamaño de tu éxito se mide por la fuerza de tu deseo. Sin embargo, no se encuentra el testimonio de los miles de ingenieros que, con las mismas capacidades que el astronauta, no montaron en una nave espacial. Y lo que no vemos, no existe.

Este es el doble filo de la cultura digital: nos regala un exceso de contenido de referentes inalcanzables que acabamos normalizando por repetición. Así, figuras aisladas nos animan a destacar antes de los 35, a sentirnos admirados por la sociedad, a cumplir la predicción de Andy Warhol –aquello de que «en el futuro todos seremos mundialmente conocidos durante 15 minutos»–. ¿Pero qué son 15 minutos en una vida de 80 años?

Nos justificamos tras cada caída confiando en que, añadiendo un plus de intensidad, los objetivos acabarán llegando

Actualmente, en España hay más de 2 millones de personas con depresión, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Las causas son diversas, pero una de ellas está motivada por la gran diferencia entre expectativas y realidad. Nos hundimos al descubrir que no somos tan astronautas como pensábamos. Y en lugar de asimilarlo, nos justificamos tras cada caída. Confiamos en que añadiendo un plus de intensidad, los objetivos llegarán tarde o temprano.

No obstante, a pesar de que la ambición y persistencia sean cualidades fundamentales, hay que utilizarlas con moderación, ya que en ocasiones la búsqueda de la excelencia individual se vuelve obsesiva. Tanto es así, que sentimos la responsabilidad perpetua de ser exitosos en cada movimiento. Llegamos a tal punto que nos intimidan las expectativas de nuestro entorno y las nuestras propias, y nos aleja de actividades que podrían ofrecernos algo de estabilidad mental. «¿Y si no lo hago bien?». Pretendemos tener talento en todo, hasta cuando sacamos las acuarelas del armario, hasta cuando salimos a correr un martes. En definitiva, la sed de (auto)aceptación nos aparta de los pequeños placeres de la vida, los que no son instrumentales, los que se empiezan y acaban en un mismo instante.

Habrá quien no los necesite, pues cada cual encuentra la felicidad en un lugar distinto, pero no aparece solamente al pisar la luna. De hecho, es más probable encontrarla en el rebaño terrestre, es el estilo de vida innato. Somos seres sociales que adoran la interacción entre iguales; o dicho de otro modo, entre mediocres.

El mediocre no es un ser frustrado, sino una persona corriente que contribuye al desarrollo como parte de un engranaje inmenso

Ahora bien, entendamos la mediocridad como la RAE indica en su primera acepción: «de calidad media». El mediocre en este caso no es un ser frustrado, un juguete roto o un intento fallido. Es una persona corriente, con familia, amigos, aficiones, y que contribuye al desarrollo del planeta como parte de un engranaje inmenso. No todos tenemos los mismos genes, la misma inteligencia, suerte o capacidad económica. Como apuntaba Ortega y Gasset, «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Por este motivo, la tarea pendiente no es perseguir la excepcionalidad a cualquier precio, sino integrar que muy probablemente no sobresalgamos como esperábamos, y vivir en paz con ello.

Y si algún día logramos ser el astronauta que aparece en televisión, desde el espacio veremos una canica azul, pero seguro que no distinguimos al inversor cubierto en oro del que regenta un pequeño comercio de barrio. Así descubriremos que somos más importantes como sistema colectivo que como entidades individuales, y por fin, nos reconciliaremos con la mediocridad.

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