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Sociedad

El ‘cringe viewing’, de la vergüenza al odio

Hay series o programas de televisión que nos ponen de los nervios. Nos caen mal sus personajes. Nos dan vergüenza ajena y, a ratos, hasta sentimos odio o rabia. ¿Por qué no podemos dejar de mirarlos?

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14
julio
2026

Hay contenidos que vemos una y otra vez porque nos dan calma. Sabemos lo que va a pasar, no hay sorpresas, nos reímos, nos conectan con momentos del pasado y nos desconectan del estrés del presente. Las «series confort» requieren poca energía y son perfectas antes de ir a la cama. Suelen ser comedias ligeras que ya tienen unos cuantos años y que nos sabemos de memoria, como Aquí no hay quien viva o Friends.

Pero también hay otras series o películas a las que recurrimos porque nos producen una sensación entre grima y vergüenza ajena. Hay algo que nos pide saltar una escena o pasar al siguiente capítulo, pero, al mismo tiempo, no conseguimos apartar la mirada. Quien haya visto The Office conoce muy bien ese sentimiento, ese cringe. La enorme habilidad de sus personajes para hacer el ridículo, sin siquiera darse cuenta, saca a cualquiera de quicio. Vale cualquier escena en la que Michael Scott quiere ser el protagonista a toda costa —como en la boda de Phyllis—, pero capítulos como Scott’s Tots o Dinner Party se han convertido en algunos de los ejemplos paradigmáticos de la comedia cringe.

No todo el mundo reacciona igual ante ellos. De hecho, hay quienes no soportan verlos porque el malestar que les produce es demasiado intenso. Al mismo tiempo, hay quienes recurren a este tipo de contenidos de forma habitual porque, de alguna forma, les hace sentirse bien a pesar de la rabia o la vergüenza ajena que les producen. Es el llamado cringe viewing o cringe watching. ¿Pero por qué alguien elige ver contenido cringe si se trata de algo que le despierta sentimientos negativos?

La vergüenza ajena es una emoción compleja estrechamente vinculada con la empatía que, al mismo tiempo, genera rechazo porque aparece ante conductas que percibimos como ridículas o socialmente inadecuadas. Por ejemplo, podemos sentirla al ver a una persona atrapada en una situación que consideramos embarazosa de la que no sabe cómo salir. Nos ponemos en su lugar y experimentamos su incomodidad y exposición como propia. También sentimos vergüenza ajena cuando la persona que creemos que está haciendo el ridículo ni siquiera es consciente de que lo está haciendo. En general, la intensidad del sentimiento varía según el vínculo emocional y el contexto cultural, pero también de la sensibilidad personal.

Se habla de «masoquismo benigno», la tendencia a buscar experiencias desagradables siempre que se mantengan dentro de un umbral tolerable

Disfrutar con contenidos cringe puede que no sea muy diferente a disfrutar con una película de terror o a llorar con una canción triste. El consumo de este tipo de contenidos puede ser una forma de gestionar algunas emociones en un contexto que sentimos como seguro. Por eso, se habla de «masoquismo benigno», una idea que describe la tendencia a buscar experiencias negativas o desagradables, siempre que se mantengan dentro de un umbral tolerable. Así, la vergüenza ajena activa una respuesta de malestar que, en lugar de conducir a la evitación, puede llegar a disfrutarse. Ver situaciones socialmente embarazosas desde la distancia de la pantalla permite experimentar esa incomodidad sin consecuencias reales.

En algunos casos, la vergüenza ajena también funciona como una forma de posicionamiento social. Compararnos con quien hace el ridículo nos hace sentir más lejos de esa conducta, y eso refuerza quiénes creemos ser. Por eso, también puede ser una forma de reafirmación de la propia identidad individual o colectiva. Así, lo que a primera vista parece un consumo desagradable puede responder a una combinación compleja de gratificaciones emocionales, cognitivas y sociales.

Sin embargo, también hay otro tipo de contenidos que nos enganchan y que van mucho más allá del cringe. Son aquellos que nos producen odio o rabia. Un estudio analiza este fenómeno, conocido como hate watching. Un equipo de investigación de la Universidad de Luisiana en Lafayette entrevistó a 23 estudiantes para entender qué les empuja a consumir, una y otra vez, contenido que detestan.

El principal motivo es la comparación descendente, es decir, la tendencia a situarnos por encima de aquello o de quienes consideramos moral o intelectualmente inferiores. Al compararnos con personas con ideas muy alejadas de las nuestras, se refuerza la percepción de corrección de nuestras propias creencias. Es decir, además de generar rechazo, ese contenido nos confirma que nuestra posición es la buena. En algunos casos, esta dinámica puede intensificar la polarización al reforzar posiciones cada vez más cerradas frente a aquello que se percibe como ajeno o inaceptable.

Pero este consumo no se limita necesariamente a contenidos de carácter político o ideológico. También puede tratarse de contenidos que consideramos malos o de baja calidad pero que, aun así, disfrutamos. Es decir, un guilty pleasure o placer culpable. Por ejemplo, a pesar de detestar un reality, lo vemos porque no tomamos en serio lo que ahí ocurre. Simplemente, nos parece algo irónico que nos hace reír, aunque también provoque vergüenza o rechazo.

Por otro lado, el estudio habla de otros motivos menos morales y más sociales, como el miedo a quedar fuera de la conversación colectiva (el fomo), que puede llevarnos a ver contenidos que no nos gustan solo para poder opinar sobre ellos. Además, este tipo de consumo puede convertirse en una práctica compartida, un ritual en el que comentar, reír o indignarse es lo que hace que la disfrutemos. Al final, es una forma en la que nos situamos como individuos y como grupo.

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