¿Puede Corea del Sur ingresar en la Unión Europea?
El acercamiento de la Unión Europea a Canadá expone una reacción al trumpismo que reanima un espacio de valores que rebasa las fronteras naturales en beneficio de una visión conceptual de Occidente capaz de engendrar grandes alianzas.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
La geografía acaba de sufrir un sobresalto diplomático en cuanto Canadá, que sigue exactamente donde estaba, se ha acercado a Europa sin avanzar un metro. Ursula von der Leyen propone concederle la condición de «miembro asociado» de la Unión, una categoría todavía por inventar y acaso por esa razón especialmente sugestiva. Mark Carney ha recogido el guante. Trump, en cambio, ha recibido el cortejo con el mal humor del vecino que descubre una puerta nueva en la comunidad de vecinos.
¿Puede entonces Corea del Sur incorporarse a la Unión Europea? La pregunta perdería toda su utilidad si pudiera contestarse en serio. Corea se encuentra en el otro extremo de Eurasia, posee su historia y pertenece a otra tradición cultural. Y su presencia imaginaria en Bruselas sirve, precisamente, para averiguar qué queremos decir cuando pronunciamos la palabra Europa. El continente fue durante siglos una geografía y terminó convirtiéndose, después de administrarse dos guerras mundiales, en una precaución moral.
Occidente ha experimentado una metamorfosis parecida. Resulta difícil seguir identificándolo con un punto cardinal cuando Australia pertenece inequívocamente a la familia y Japón lleva décadas alojado en ella. Canadá comparte con Europa una cultura política que la distancia oceánica no debilita. Corea del Sur se reconoce en una concepción semejante del ciudadano, de la ley y de los límites del poder. Chile o Uruguay se encuentran en otra latitud y en la misma conversación. La brújula no orienta el mapa de los valores, menos aún cuando Trump los ha profanado.
Estados Unidos proporcionó durante 80 años una cómoda abreviatura. Occidente era Washington con distintos acentos. La victoria de 1945, el dólar y el paraguas militar permitieron una identificación tan arraigada que los europeos terminaron por delegar incluso la musculatura de su propia defensa.
Trump ha introducido una grieta en aquella equivalencia. Estados Unidos continúa perteneciendo al mundo democrático y sigue comprometido con la OTAN, pero la Casa Blanca contempla algunas de sus antiguas obligaciones con una mezcla de recelo mercantil y fastidio histórico. Canadá ha entendido el mensaje mejor que nadie. La frontera más larga del mundo empieza a parecerle políticamente más ancha.
Putin ha devuelto a Europa el lenguaje de la conquista. China ejerce una presión menos aparatosa y bastante más profunda mediante su superioridad industrial, sus recursos y una tecnología capaz de convertir la dependencia económica en vasallaje. El continente descubre la ingenuidad de haberse acostumbrado a que la seguridad viniera de América y una parte considerable de la prosperidad se fabricara en Asia.
La respuesta canadiense resulta reveladora. Ottawa se ha incorporado al programa europeo que facilita hasta 150.000 millones de euros en préstamos para que los países participantes compren armamento conjuntamente y refuercen su industria militar. No hace falta aprenderse el acrónimo de Bruselas. Basta con comprender la novedad. Europa prepara su defensa con un país que pertenece a otro continente.
Europa prepara su defensa con un país que pertenece a otro continente
Y acaso empiece por ahí la reconstrucción de Occidente, una palabra demasiado importante para regalársela a la geografía o a la nostalgia. Europa ha perdido poder hasta adquirir la extraña apariencia de la debilidad. Carece de los imperios que la hicieron temible, su peso demográfico disminuye y contempla desde una posición secundaria la rivalidad de las grandes potencias. Conserva, sin embargo, una vulnerabilidad bastante más valiosa. Las sociedades europeas se han llenado de obstáculos destinados a impedir que el poder alcance su plenitud.
Un autócrata dispone de una velocidad formidable. Se ahorra las insolencias parlamentarias, las intromisiones judiciales y la curiosidad de los periódicos. Bruselas puede tardar una eternidad en ponerse de acuerdo porque veintisiete gobiernos llegan a la mesa cargados de elecciones, tribunales y oposiciones. Llamamos ineficacia a una parte del sistema que inventamos para protegernos de la eficacia absoluta.
Nuestra economía paga salarios y reconoce derechos laborales que otros competidores juzgan gravosos. La emergencia climática ha obligado a aceptar renuncias costosas. Las mayorías han aprendido que ganar unas elecciones no concede la propiedad de las minorías. El Estado ha abandonado dormitorios que antiguamente vigilaba con celo y dos personas del mismo sexo pueden casarse sin pedirle permiso a una doctrina oficial. Cada una de esas conquistas nos resta alguna ventaja frente a quien explota más, contamina sin escrúpulos o gobierna sin contradicción. Magnífica manera de ser débiles.
La abolición de las fronteras interiores pertenece a la misma extravagancia. Europa se había pasado los siglos fortificando ríos y discutiendo provincias hasta que resolvió convertir muchas aduanas en edificios abandonados. Erasmus hizo después una revolución menos solemne. Mezcló a los descendientes de enemigos hereditarios en pisos diminutos de Bolonia, Lovaina o Salamanca. El proyecto europeo alcanzó una intimidad que Jean Monnet no había previsto. Resulta mucho más difícil odiar a un pueblo después de haber dormido con uno de sus ciudadanos.
La cesión de soberanía consumó la rareza. Naciones educadas en la veneración de su independencia aceptaron someter una parte de ella a instituciones comunes. No fue una iluminación altruista. Europa había comprobado demasiadas veces lo que sucedía cuando cada patria podía llevar su soberbia hasta las últimas consecuencias. La burocracia comunitaria desespera, pero jamás ha bombardeado Verdún.
Turquía ofrece el reverso perfecto de Corea. Su pasado atraviesa las entrañas de Europa. Constantinopla fue romana cuando Bruselas carecía todavía de cualquier vocación administrativa. La proximidad física y la genealogía histórica no han bastado para resolver una adhesión encallada en los problemas democráticos, la independencia judicial o los derechos fundamentales. Troya queda mucho más cerca que Seúl. La cuestión es qué distancia estamos midiendo.
Europa difícilmente recuperará el poder de Roma y haría bien en no desearlo. Le queda una vocación más parecida a la polis, despojada de su idealización arqueológica. Atenas interesa por la pregunta que dejó abierta sobre la libertad del ciudadano y el alcance legítimo de quien gobierna. Ese patrimonio puede compartirse a nueve mil kilómetros.
Canadá acaba de demostrar que el mapa admite correcciones políticas sin necesidad de mover las fronteras. Corea del Sur sirve para llevar la provocación hasta el absurdo y comprobar lo que queda en pie. El mundo libre necesita reconocerse otra vez, ahora que los imperios autoritarios han perdido el pudor y su antiguo protector americano discute el precio de continuar protegiéndolo.
Occidente nunca estuvo exactamente en el oeste. Era una manera de llamar al lugar donde el poder había aprendido a detenerse.
COMENTARIOS