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Así afecta el calor al deseo sexual

La investigación de los sexólogos apunta hacia una paradoja: el contexto del verano puede favorecer la libido, pero cuando las temperaturas se disparan el cuerpo suele tener otras prioridades.

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03
agosto
2026

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Después de varios días a 40ºC, dormir deja de ser sencillo. Las sábanas sobran, el aire parece no moverse y cualquier tarea exige más esfuerzo del habitual. Es inevitable hacerse una pregunta: si el calor tiene fama de aumentar el deseo sexual, ¿por qué tantas personas sienten precisamente lo contrario cuando llegan las olas de calor? La asociación entre verano y libido forma parte del imaginario colectivo. Las vacaciones, las terrazas llenas, la ropa ligera o las largas horas de luz parecen crear el escenario perfecto para el romance; una imagen que la publicidad, el cine e incluso la literatura han contribuido a reforzar. Sin embargo, los sexólogos suelen introducir un matiz importante.

La sexóloga clínica Natalia de Ancos resume bien esa paradoja: el verano puede favorecer el deseo, pero cuando el calor obliga al organismo a conservar energía, el interés sexual suele disminuir. Una cosa es el verano y otra muy distinta el calor extremo. Justin Lehmiller, investigador especializado en sexualidad, lleva años insistiendo en que el deseo sexual depende de la interacción de múltiples factores físicos, psicológicos y contextuales.

Nuestro cuerpo tolera mal los excesos de temperatura. Cuando el calor aprieta durante varios días, mantener estable la temperatura interna pasa a convertirse en una prioridad. Para conseguirlo aumenta la sudoración, se dilatan los vasos sanguíneos y el sistema cardiovascular trabaja un poco más de lo habitual. Todo ese proceso exige un gasto adicional de energía.

Por eso, el agotamiento que acompaña a las olas de calor no es solo una sensación. Si caminar unos minutos o subir unas escaleras requiere más esfuerzo, tampoco es extraño que el deseo sexual pase a un segundo plano. El calor no parece reducir directamente la libido. Lo que ocurre es que el organismo concentra buena parte de sus recursos en resolver necesidades más inmediatas.

Dormir peor, sentirse agotado o soportar varios días de calor intenso puede reducir la libido

El descanso añade otro punto importante a esa explicación. Las noches tropicales dificultan el sueño, aumentan los desvelos y reducen la calidad del descanso. Diversas investigaciones han relacionado dormir mal de forma continuada con un peor estado de ánimo, más fatiga y una disminución del deseo sexual. En los hombres, además, el sueño desempeña un papel importante en la regulación diaria de la testosterona. El deseo rara vez aparece cuando el cuerpo está incómodo. El sudor constante, la sensación de pesadez o el calor pegajoso hacen que lo único que uno busque sea algo de alivio.

La sexóloga Emily Nagoski lleva años defendiendo que el deseo funciona menos como un interruptor que como un sistema de aceleradores y frenos. Todo aquello que genera bienestar, descanso, seguridad o conexión emocional favorece que aparezca. El estrés, el cansancio, la preocupación o la incomodidad física provocan lo contrario. Lo importante es que haya un equilibrio entre los estímulos.

Las vacaciones pueden traer más tiempo compartido, menos obligaciones y una mayor sensación de libertad, lo que facilita que muchas personas experimenten un aumento del deseo. Pero cuando el protagonista deja de ser el verano y pasa a ser el calor extremo, esos frenos empiezan a imponerse.

Por eso, dos personas pueden vivir el mismo mes de agosto de maneras completamente distintas. No es igual pasar unos días descansando junto al mar que encadenar noches tropicales, jornadas de trabajo bajo el sol y varias semanas durmiendo mal. En ambos casos el calendario marca el verano, pero el cuerpo llega al final del día en condiciones muy diferentes.

Varios estudios sobre el sueño apuntan en la misma dirección. Dormir peor suele asociarse a un menor deseo al día siguiente, en parte porque el descanso influye sobre el estado de ánimo, el nivel de energía y distintos procesos hormonales relacionados con la respuesta sexual. Por el contrario, un estudio en mujeres descubrió que dormir una hora más aumentaba al día siguiente la libido un 14%.

Así se entiende mejor por qué el verano ha conservado su fama de estación del deseo. Probablemente no sea el termómetro quien la explique, sino el contexto que solemos asociar a esos meses: más descanso, menos prisas y más tiempo compartido. Cuando ese escenario desaparece y solo queda el calor extremo, el cuerpo suele tener otras prioridades.

Y tal vez llevamos años haciéndonos la pregunta equivocada. No se trata de averiguar si el calor aumenta o reduce la libido, sino de entender qué necesita el deseo para aparecer. Y pocas cosas parecen favorecerlo más que un cuerpo descansado, una mente menos preocupada y la sensación de que, al menos en ese momento, no hay nada más urgente que atender.

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