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El libre albedrío no es una ilusión: es una conquista evolutiva

La biología explica cómo y por qué surge la capacidad de elegir en los seres vivos. Ese es el fundamento de nuestras posibilidades de decidir lo que nos conviene y de deliberar sobre lo que es correcto.

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02
enero
2026

¿Somos responsables de nuestros actos? La respuesta parece evidente desde el sentido común, aunque la ciencia a veces lo pone en duda. Pero si todo lo que hacemos es resultado de procesos físicos y químicos en nuestro cerebro, ¿tiene sentido hablar de libertad, de mérito o de culpa? ¿Somos algo más que máquinas biológicas que siguen el guion de las leyes de la naturaleza?

El debate tiene consecuencias. De la respuesta depende asumirnos como agente, personas que actúan, o pacientes, organismos a los que les pasan cosas. Sin libre albedrío, la deliberación moral no es más que un teatro vacío, el esfuerzo por ser mejores pierde sentido y la idea misma de tomar decisiones (acertadas o no) se desvanece. Cuando creemos obrar o elegir los humanos solo estaríamos ejecutando un programa predeterminado.

Por siglos los filósofos y teólogos han debatido sobre el libre albedrío. San Agustín y Santo Tomás de Aquino lo consideraban esencial para la dignidad humana: sin capacidad de elegir entre el bien y el mal, no somos sujetos morales. Y no merecemos ni cielo ni infierno. Kant lo situó en el centro de la razón práctica: la libertad es la condición de posibilidad de la moralidad.

Pero la pregunta cobró nueva urgencia en 1983, cuando el neurólogo Benjamin Libet encontró que milisegundos antes de tomar una decisión consciente en el cerebro aparecía una señal en forma de potencial. ¿Significa esto que ese órgano decide por nosotros? Es un error interpretarlo de ese modo, como reconoció el propio Libet y se ha argumentado más tarde con pruebas sólidas.

Si nadie puede hacer otra cosa que lo que hace, ¿qué sentido tiene el mérito o la culpa?

El problema se agrava si se asume que las leyes de la física determinan cada evento en el universo. El físico teórico Alberto Casas sostiene en una entrevista reciente en El País esta posición radical: el libre albedrío es una ilusión. El razonamiento parece impecable: si las leyes de la física determinan todos los eventos, entonces cada acción nuestra estaba ya escrita desde el Big Bang. Y si introducimos el azar cuántico, tampoco ganamos libertad: solo cambiamos un determinismo por otro, el de las probabilidades fijas que no podemos modificar. La paradoja es que quienes defienden esta postura afirman que debemos comportarnos «como si» fuéramos libres para mantener el orden social (que también estaría determinado). Esta respuesta convierte la justicia en un mecanismo de control vacío de contenido moral y convierte la responsabilidad en una ficción pragmática. Sabemos que somos autómatas, pero fingimos no serlo. Si nadie puede hacer otra cosa que lo que hace, ¿qué sentido tiene el mérito o la culpa?

Los organismos vivos no son bolas de billar que rebotan de forma automática: tienen «agencia», la capacidad de percibir el ambiente y actuar de acuerdo con sus objetivos. Esta característica no se debe a ninguna entidad metafísica: es una propiedad biológica que emerge de la organización compleja de la materia viva. Mantener esta capacidad de acción autónoma, así como el alto grado de orden interno que caracteriza a los seres vivos, requiere un suministro constante de energía utilizable. La agencia y el orden biológico no violan las leyes de la física, pero tampoco son predecibles o deducibles solo a partir de ellas: son propiedades emergentes de sistemas complejos. Si todo estuviera determinado desde el Big Bang, la selección natural misma carecería de sentido: no habría alternativas reales entre las cuales seleccionar.

Una bacteria que nada hacia los nutrientes ya está «decidiendo» según su estado interno. No es consciente, pero tampoco es una máquina pura. Es imposible predecir la trayectoria de una bacteria individual, ni siquiera «en principio», ya que dicho análisis requeriría la destrucción de la propia célula.

Con la evolución del sistema nervioso aparecieron capacidades más sofisticadas: memoria, anticipación, simulación mental de alternativas. Un ratón ante una bifurcación no solo reacciona a los estímulos: evalúa opciones basándose en recuerdos y predicciones. Esto supone un salto de la agencia reactiva a la deliberativa.

El cerebro humano, con sus 86.000 millones de neuronas y billones de conexiones, genera un espacio de estados posibles casi infinito. Esta complejidad introduce apertura genuina en nuestras decisiones. Cuando elegimos, múltiples redes neuronales compiten, moduladas por neurotransmisores, hormonas y fluctuaciones eléctricas. Pequeñas variaciones pueden cambiar el resultado por completo.

El cerebro humano, con sus 86.000 millones de neuronas y billones de conexiones, genera un espacio de estados posibles casi infinito

El ruido neuronal, esto es, las fluctuaciones aleatorias en la actividad cerebral, no es un defecto sino una ventaja evolutiva: proporciona flexibilidad para generar respuestas novedosas. Y la neurociencia confirma que podemos inhibir los impulsos mediante la reflexión consciente: los lóbulos frontales pueden vetar la respuesta automática. Esta capacidad de veto es el núcleo del libre albedrío. La libertad no exige ser el origen consciente de cada impulso, sino poder ejercer control ejecutivo sobre qué impulsos se convierten en acciones.

Para ser libres no necesitamos escapar de las leyes naturales. La libertad es justo la forma en que ciertos sistemas biológicos complejos se relacionan con esas leyes. No somos agentes sobrenaturales flotando fuera de la naturaleza, sino productos de la evolución con una capacidad emergente: actuar según razones, valores y objetivos propios.

La física no excluye esta posibilidad. La mecánica cuántica introduce indeterminación real en el tejido del universo. El caos determinista hace imposible la predicción a largo plazo. Y la complejidad del cerebro multiplica estos efectos hasta crear un sistema donde el futuro no está escrito. Reconocer las bases biológicas del libre albedrío no niega sus límites materiales: un cerebro deprimido tiene menos grados de libertad que uno sano. Una adicción impone restricciones reales. Pero la existencia de límites no anula la libertad, solo la contextualiza.

Es característico del ser humano, además, su capacidad de automodificación deliberada. No solo tomamos decisiones puntuales: podemos cambiar de forma consciente nuestros hábitos, desarrollar habilidades, reformular las narrativas que guían nuestra vida. Cuando alguien supera una fobia o aprende un instrumento, esculpe su propio cerebro mediante la práctica deliberada. Y si podemos moldear quiénes somos, somos en parte responsables de la persona en que nos convertimos.

El libre albedrío emerge como un logro evolutivo: la capacidad de ser causa de las propias acciones, no solo efecto de las causas externas. Somos agentes libres no a pesar de ser animales biológicos, sino justo por eso: porque la evolución nos dotó de cerebros capaces de reflexión, deliberación y autocontrol.

Negar el libre albedrío no solo es discutible desde la ciencia, sino peligroso desde una perspectiva moral. La verdad es más simple: tenemos una capacidad real, aunque limitada, de decidir. Y nuestras decisiones tienen consecuencias reales. No necesitamos ni espíritus ni almas para ser libres. Basta con ser sistemas biológicos complejos que navegan entre las restricciones del pasado y las posibilidades del futuro en un cosmos que permanece abierto. Y con esa capacidad viene algo que ninguna ciencia puede eliminar: la responsabilidad de nuestras elecciones.

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