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Aprendizaje con propósito: cuando aprender deja huella

En el aula todos hemos escuchado alguna vez una pregunta que, aunque puede incomodarnos, tiene bastante sentido: «¿Y esto para qué sirve?»

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11
septiembre
2026

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En el aula todos hemos escuchado alguna vez una pregunta que, aunque puede incomodarnos, tiene bastante sentido: «¿Y esto para qué sirve?»

Durante años hemos intentado responder explicando al alumnado la utilidad futura de determinados conocimientos. Les decimos que lo necesitarán más adelante, que forma parte de su formación o que les ayudará a adquirir determinadas competencias. Pero hay ocasiones en las que el aprendizaje cambia: cuando ese «para qué» deja de encontrarse en un futuro abstracto y se convierte en algo concreto, cercano y real. Un alumno puede no sentir ningún interés especial por aprender a hacer una cadeneta de crochet. Puede parecerle una actividad alejada de sus intereses o asociarla incluso a generaciones anteriores.

Pero algo cambia si sabe que esa cadeneta no terminará encima de su mesa. Que viajará. Que se unirá a las realizadas por niños y niñas de otros lugares. Y que todas juntas formarán parte de una instalación colectiva.

La técnica que debe aprender es exactamente la misma. Lo que ha cambiado es la razón para aprenderla. Ya no aprende únicamente porque el profesor ha decidido que debe hacerlo. Aprende porque necesita adquirir una habilidad para poder participar en algo.

A partir de experiencias como esta he empezado a utilizar la expresión «Aprendizaje con Propósito» para describir situaciones educativas en las que el aprendizaje aparece vinculado desde el principio a una finalidad real. No se trata de aprender primero y buscar después una utilidad. El proceso comienza en sentido contrario: primero existe un propósito y, para poder contribuir a él, aparece la necesidad de aprender. El propósito, por tanto, sería el origen del aprendizaje.

La pregunta «¿qué quiero que aprendan mis alumnos?» continúa siendo fundamental, pero podemos añadir otra: «¿Para qué van a utilizar lo aprendido?».

Cuando una cadeneta deja de ser solo una cadeneta

Esta reflexión surgió a partir de CRECER, un proyecto educativo y comunitario en el que niños, niñas y adolescentes elaboran cadenetas azules que posteriormente se unen para construir una instalación colectiva. Cada participante realiza una aportación pequeña. Para hacerlo tiene que aprender previamente una técnica. Algunos consiguen realizar sus primeros puntos enseguida. Otros necesitan más tiempo. Algunos aprenden con ayuda del profesor y otros gracias a un compañero que acaba de descubrir cómo hacerlo.

Pero el objetivo no es determinar quién teje más deprisa o quién realiza la cadeneta más perfecta. El objetivo es poder aportar. Y esa diferencia modifica la relación con el aprendizaje. El alumnado no practica únicamente para demostrar al profesor que domina una técnica. Aprende porque necesita esa técnica para formar parte de algo que sucederá realmente. Durante el desarrollo del proyecto he podido observar además algo que me parece especialmente significativo. El mismo propósito está consiguiendo movilizar a niños y niñas que viven en contextos completamente diferentes. Han aprendido a realizar cadenetas alumnado de escuelas de Colombia, Argentina, Chile o Puerto Rico; niños de comunidades indígenas de Bolivia; estudiantes de pequeños centros rurales y de colegios situados en grandes ciudades como Madrid. También han participado asociaciones, familias y abuelas que se han sentado a enseñar a sus nietos. Personas separadas por miles de kilómetros, con edades, culturas y circunstancias diferentes, han realizado un mismo gesto para contribuir a algo común.

No todos tienen los mismos recursos. No todos parten de las mismas capacidades. Ni siquiera todos sienten inicialmente interés por el crochet. Pero todos pueden comprender una idea muy sencilla: «Mi aportación cuenta».

El propósito responde al para qué. El alumnado conoce desde el inicio la razón por la que realizará una actividad

Y quizá ahí se encuentre una de las claves del aprendizaje con propósito. El propósito no elimina las diferencias, pero puede ofrecer una razón compartida para aprender.

Del propósito a la huella

Intentando comprender qué estaba ocurriendo en estas experiencias, he empezado a ordenar el proceso alrededor de cinco elementos:

Propósito → Aprendizaje → Contribución → Pertenencia → Huella

El propósito responde al para qué. El alumnado conoce desde el inicio la razón por la que realizará una actividad. El aprendizaje aparece como aquello que necesita adquirir para poder participar.

La contribución transforma lo aprendido en una acción concreta. Lo aprendido sirve para crear, resolver, ayudar o aportar algo. La pertenencia surge cuando esa contribución individual se conecta con la realizada por otras personas. Y finalmente aparece la huella: la posibilidad de comprobar que aquello que hicimos realmente tuvo una continuidad. Puede tratarse de una exposición, una publicación, una herramienta utilizada por el centro, una actuación en el barrio, una instalación artística o simplemente la devolución de las personas que recibieron aquello que los alumnos realizaron.

El círculo se completa cuando el estudiante puede mirar atrás y decir: «Eso que hicimos en clase llegó a algún lugar». La huella no tiene que ser espectacular. Lo importante es que sea real.

Cuando el trabajo no termina en la mesa del profesor

Muchas actividades educativas siguen inevitablemente un recorrido parecido: el alumno realiza un ejercicio, lo entrega, el profesor lo revisa, lo evalúa y el proceso termina. No hay nada incorrecto en ello. La práctica, la repetición y la evaluación forman parte del aprendizaje. Pero no todos los aprendizajes tienen por qué terminar ahí. Podemos preguntarnos qué sucedería si una actividad saliera del circuito habitual alumno-profesor-calificación.

¿Qué ocurriría si un texto escrito en clase fuera leído realmente por otras personas? ¿Si una pieza construida en Tecnología resolviera una pequeña necesidad del centro? ¿Si una investigación ayudara a conocer mejor el barrio? ¿Si una creación artística terminara expuesta? ¿Si los alumnos entrevistaran a las personas mayores de su localidad para conservar sus historias?

En todas esas situaciones existe algo que modifica la actividad: hay un destinatario y una finalidad reales. Ya no hacemos algo únicamente «para clase». Lo hacemos para alguien, para algún lugar o para formar parte de algo. Y cuando aparece esa dimensión, también puede cambiar nuestra implicación.

El propósito también puede motivar al profesor

Cuando hablamos de motivación en educación ponemos casi siempre el foco en el alumnado. Nos preguntamos cómo conseguir que participe, que mantenga la atención, que se implique o que encuentre sentido a lo que aprende. Pero hablamos bastante menos de otra motivación que también importa: la del profesorado. Los docentes también necesitamos encontrar sentido a lo que hacemos.

Enseñar una técnica, explicar un contenido o acompañar un proceso se vive de manera diferente cuando sabemos que aquello no acabará únicamente convertido en una actividad evaluada. En CRECER el profesor no enseña simplemente a hacer una cadeneta. Está ayudando a sus alumnos a adquirir una habilidad que posteriormente les permitirá participar en una experiencia junto a otros centros, familias y comunidades situados, en algunos casos, a miles de kilómetros.

Eso también modifica la relación del docente con la actividad. El profesor deja de ser exclusivamente quien transmite una habilidad para convertirse en quien hace posible una contribución. Y esta idea no depende del crochet. Un docente puede acompañar a sus alumnos para que aprendan expresión escrita con el objetivo de recoger la memoria de las personas mayores de su localidad. Puede enseñar contenidos medioambientales para desarrollar una pequeña actuación real en el entorno. O puede trabajar historia local para construir una exposición abierta a las familias y al barrio.

En todos esos casos el alumnado puede encontrar una razón para aprender. Pero el profesor también encuentra una razón añadida para enseñar. Por eso quizá deberíamos incorporar una pregunta que formulamos con menos frecuencia: ¿Para qué merece la pena que yo enseñe esto?

El propósito debe ser verdadero

Existe, sin embargo, una condición fundamental: El propósito no puede ser ficticio. No se trata de envolver cualquier ejercicio en una narrativa atractiva para conseguir artificialmente que el alumnado se motive. Si decimos que sus trabajos formarán parte de una exposición, deben formar parte de ella.

Si afirmamos que llegarán a otra comunidad, deberían llegar. Si explicamos que una propuesta será escuchada por alguien, alguien debería escucharla. Porque la fuerza de estas experiencias reside precisamente en que el alumnado comprueba que aquello que hizo tuvo consecuencias fuera del ejercicio escolar. El propósito necesita realidad.

La expresión Aprendizaje con Propósito me resulta útil simplemente para poner el foco en una idea: que el «para qué» no aparezca al final del aprendizaje, sino desde el principio. Comparte elementos con el aprendizaje basado en proyectos, el aprendizaje-servicio y otras prácticas que llevan tiempo conectando escuela y realidad.

La expresión resulta útil, simplemente, para poner el foco en una pregunta que a veces dejamos para el final y que quizá debería aparecer desde el principio: ¿Para qué estamos aprendiendo esto?

Aprender para poder aportar

Quizá uno de los aspectos que más me ha sorprendido de CRECER no sea que miles de niños y niñas hayan aprendido una técnica. Es comprobar que personas que probablemente nunca llegarán a conocerse pueden compartir durante un momento una misma finalidad.

Un niño de una comunidad indígena de Bolivia. Una alumna de una escuela de Colombia. Un grupo de estudiantes de Argentina. Un colegio de Chile. Un centro de Madrid. Una abuela enseñando a su nieta. Cada uno realiza algo aparentemente pequeño. Pero esa aportación deja de ser pequeña cuando se conecta con las demás.

En educación dedicamos mucho tiempo a decidir qué deben aprender nuestros alumnos, cómo debemos enseñarlo y cómo vamos a evaluarlo. Quizá podamos incorporar con mayor frecuencia una pregunta anterior: ¿Qué razón tendrán para querer aprenderlo? Y también otra que solemos hacernos mucho menos: ¿Qué razón tendremos nosotros para querer enseñarlo?

Cuando un alumno aprende a realizar su primera cadeneta y sabe que no terminará encima de su mesa, la actividad cambia. Esa cadeneta viajará. Se unirá a otras. Y formará parte de algo que él solo nunca habría podido construir. El profesor también puede contemplar esa misma cadeneta de otra manera. Enseñarla ya no consiste únicamente en transmitir una técnica. Consiste en abrir una puerta para que otra persona pueda participar.

Quizá esa sea la idea más sencilla que intento expresar cuando hablo de aprendizaje con propósito: aprendemos porque tenemos algo que aportar y enseñamos para hacer posible esa aportación.


Juan Ferrete es profesor de Tecnología en el IES San Pascual (Alicante)

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