Ada Lovelace: mitad matemática, mitad poeta
La madre de la inteligencia artificial abogó por aunar razón e imaginación, y así consiguió escribir el primer algoritmo diseñado para ser ejecutado por una máquina.
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Aunque suele existir una dicotomía entre lo lógico y lo creativo, lo cierto es que todo científico precisa de cierto pensamiento divergente, y todo artista acude a determinadas estructuras. Ada Lovelace era muy consciente de ello, y por eso, en una carta a su madre, le reclamaba: «Ya que no me concedes la poesía filosófica, invierte el orden. ¿Me darías la filosofía o la ciencia poética?».Como explica en su biografía epistolar Betty Toole, esa «ciencia poética» fue la mayor fortaleza de Lovelace: su habilidad metafísica para ver las cosas en su totalidad, reivindicando una aproximación a la vez artística y lógica al conocimiento. No en vano era producto de la mezcla de un padre poeta con un temperamento errático y una madre matemática, metódica y racional.
Su padre, Lord Byron, pasó a la historia como el poeta romántico por excelencia. Una figura que encarna la rebeldía, la pasión, la melancolía y la búsqueda constante de libertad del héroe romántico, y que fue conocido en vida por sus deudas masivas y sus escándalos amorosos con mujeres, hombres y hasta una hermanastra. La madre de Ada, Annabella Milbanke, parece casi el reverso: era matemática, de fuerte moral religiosa y de temperamento sereno y controlado. No es de extrañar que su matrimonio fuera un fracaso y, de hecho, Milbanke empezó a buscar asesoramiento legal para la separación el mismo día que entró en parto.
Por lo tanto, la niña no tuvo prácticamente ninguna relación directa con su padre. Byron abandonó Inglaterra cuando ella tenía menos de un año, y murió en 1824 en Grecia sin que ella lo hubiera vuelto a ver. Pero eso no quita que tuviera una importante relación simbólica con él: Ada sabía quién era su padre y, cuando visitó Newstead Abbey, la casa ancestral de los Byron, afirmó estar enamorada «del viejo lugar y de todos mis antepasados perversos», hasta el punto de pedir ser enterrada allí, al lado de su padre. Su madre, por su parte, la educó precisamente para contrarrestar cualquier locura heredada: desde muy pequeña recibió una formación matemática extensa, aunque irregular y en gran parte autodidacta (su gran salto de calidad ocurrió en la edad adulta, cuando contó con el matemático Augustus de Morgan como maestro).
Eso sí, desde niña destacó por su capacidad reflexiva y su imaginación. Un buen ejemplo fue su máquina de volar, cuando con 12 años la creó con el rigor de una ingeniera: estudió la anatomía de las aves para determinar la proporción correcta entre alas y cuerpo, investigó distintos materiales para construirla, reflexionó sobre qué instrumentos necesitaría y planeó integrar una máquina de vapor. Todas sus notas, dibujos y conclusiones los reunió en un pequeño libro ilustrado al que llamó Flyology, y al que su madre no vio con buenos ojos, ya que temía que esas fantasías la distrajeran de la disciplina racional que quería inculcarle.
Con 17 años, Ada y su madre asistieron a una demostración de la máquina diferencial de Charles Babbage: un calculador mecánico de unos 60 cm de altura y unas 2.000 piezas de latón, accionado a manivela, que era capaz de resolver ecuaciones desafiantes. Mientras que muchos de los presentes la veían como un truco mágico de salón, Ada comprendió su funcionamiento desde el primer día y quedó fascinada. Su amistad con Charles Babbage duraría toda su vida y permitiría una colaboración intelectual profunda entre ambos.
A partir de la máquina diferencial, Charles Babbage concibió la máquina analítica como una computadora mecánica de propósito general, que podría programarse para hacer cualquier cosa, cambiando simplemente el mazo de tarjetas perforadas que se le introdujera, tal y como el telar de Jacquard cambiaba el dibujo del tejido según la tarjeta que se usase. Babbage trabajó en esto toda su vida, revisándolo y haciéndolo evolucionar, pero nunca llegó a construirse.
En 1842, un ingeniero italiano publicó en francés un texto sobre el funcionamiento de la máquina analítica y un amigo de Ada le pidió que lo tradujera al inglés. Babbage le propuso que, además, lo ampliase con apéndices propios, algo en lo que trabajaron juntos. El resultado son 66 páginas (el triple que el original) que Ada publicó en 1843, firmado solo con sus iniciales.
Sus notas intuían lo que sería la informática un siglo después
La Nota G es la que la ha hecho famosa. En ella describe un procedimiento detallado de los pasos y operaciones que la máquina debería seguir para calcular los números de Bernoulli. A veces se presenta como el primer programa de la historia, pero hay que dejar claro que se trata de una idea temprana de programación descrita minuciosamente, pero no de un código ejecutado, ya que el aparato nunca llegó a construirse.
Además, la relevancia de sus notas reside en que en ellas se describe, por primera vez, lo que sería un ordenador programable. Ada intuyó que ese aparato podría operar sobre cualquier tipo de símbolo, no solo cifras, lo que le permitió imaginar, casi un siglo antes de que existiera la informática, que una máquina así podría llegar a componer música compleja, prediciendo su capacidad generativa. Quizá por eso a veces se la llama la «madre de la inteligencia artificial».
En su vida personal, para entonces ya estaba casada con el conde de Lovelace, adquiriendo el título por el que hoy la conocemos (su nombre de soltera era Augusta Ada Byron). Se trataba de una mujer enfermiza, propensa a graves crisis nerviosas y que arrastraba secuelas físicas crónicas tras un episodio de cólera. Para tratar sus dolores, los médicos le recetaron láudano y opio, que le fueron produciendo una dependencia progresiva. Además, durante sus últimos años desarrolló una fuerte adicción al juego. Junto con Babbage trató de desarrollar un sistema matemático basado en el análisis estadístico que predijera probabilidades en las carreras de caballos, pero no funcionó y acumuló importantes deudas. Su marido le perdonó sus deudas, pero no que en el lecho de muerte le confesara una infidelidad, por lo que fue su madre quien la acompañó en sus últimos días. Murió en 1852, con 36 años, la misma edad a la que había muerto su padre.
Su figura fue invisibilizada durante décadas y su trabajo quedó fuera del relato dominante de la historia de la computación, que durante mucho tiempo atribuyó el protagonismo exclusivamente a hombres como Babbage. Su aportación empezó a ser revalorizada a mediados del siglo XX, y en 1980, el Departamento de Defensa de Estados Unidos la reconoció institucionalmente al bautizar un nuevo lenguaje de programación como «Ada» en su honor. En la actualidad, es un icono del feminismo, reivindicada como referente para las niñas en el campo tecnocientífico y como ejemplo paradigmático de cómo la historia oficial tiende a minimizar el mérito femenino.
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