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Los límites éticos del true crime

La persona consumidora promedio de true crime dedica 3,8 horas a la semana al género, una cifra que asciende hasta las 4,6 horas en la generación Z.

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28
agosto
2026

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Gabby Petito, Lucy Letby, Montserrat y Triana Martínez, Diana Quer, Daniel Sancho, Marta del Castillo o los hermanos Menéndez son algunos de los nombres que forman parte de la cultura audiovisual de millones de espectadores y espectadoras. Unos corresponden a víctimas; otros, a personas condenadas o investigadas por delitos conocidos mundialmente gracias al éxito del true crime. Aunque el género tiene una larga tradición literaria y periodística, su auge audiovisual contemporáneo se produjo a partir de 2014, con el pódcast Serial y producciones como The Jinx, de HBO, o Making a Murderer, de Netflix. Lo que empezó con un ejercicio de literatura periodística se ha convertido en un fenómeno de entretenimiento de masas que se extiende por las plataformas y las redes sociales.

La persona consumidora promedio de true crime dedica 3,8 horas a la semana al género, una cifra que asciende hasta las 4,6 horas en la generación Z. «La morbosidad siempre ha sido un reclamo muy poderoso de este género. Este componente de realidad conecta al espectador con el lado más oscuro de la naturaleza humana», comenta Elena Neira, profesora colaboradora de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Según un estudio global de la consultora Digital i, el género se acerca ya al consumo masivo en Occidente. En 2020, el true crime representaba el 30% de los veinte documentales más vistos de Netflix: es decir, seis títulos dentro del ranking. En 2024, esta proporción ascendió hasta el 75 %, así que quince de los veinte documentales con mayor éxito en la plataforma están basados ​​en crímenes reales. En España, el 42 % de suscriptores de Netflix consumió al menos veinte minutos de algún título de true crime durante el último año.

Cuando el criminal toma la palabra

Además de crecer, el género ha evolucionado. Muchas producciones han pasado de reconstruir el caso a incorporar la voz del asesino para que relate su propia historia. Es el caso, por ejemplo, de Desde la celda: crimen en León, Yo fui un asesino: el crimen de la catana o Las cintas de Jeffrey Dahmer.

¿Hasta qué punto escuchar la voz del criminal puede desdibujar el sufrimiento de la víctima?

¿Pero hasta qué punto escuchar la voz del criminal puede desdibujar el sufrimiento de la víctima? «Cuando quien habla es la persona condenada o sospechosa, cambia el marco; y en el true crime, que es un relato audiovisual, de audio o escrito, el marco lo es todo. La voz del condenado no es el problema en sí, sino cómo se utiliza esa voz», explica Marc Balcells, profesor de los Estudios de Derecho y Ciencia Política y director del Curso online de true crime: entre la criminología y la ficción, de la UOC.

«Los riesgos son evidentes siempre que existe una versión desde una parte; el hecho de no poder contrastar los datos nos aleja de la realidad del caso —o de la realidad judicial— y sesga la percepción hacia la versión que sostiene la persona culpable encarcelada», afirma Neira. Cuando quien relata la historia es el lobo, el enfoque puede entrañar numerosos peligros si no se trabaja con rigor. Según la experta, en algunos casos también puede provocar una nueva victimización de las personas afectadas por el delito.

¿La exposición pública rehabilita?

La exposición pública también puede contribuir a rehabilitar la imagen de la persona condenada. La serie Monstruos: la historia de Lyle y Erik Menéndez, por ejemplo, generó una nueva oleada de apoyo hacia los hermanos Menéndez, muy distinta del rechazo y las burlas que recibieron durante los años noventa. Figuras públicas como Kim Kardashian llegaron a visitarlos en prisión y se posicionaron a favor de su puesta en libertad.  «En estos documentales siempre parece haber un deseo implícito de lavar la propia imagen y de ‘compensar’ las horas de televisión que se han dedicado al crimen. En los casos muy mediáticos, esta exposición hace prácticamente imposible que el condenado pueda vivir en el anonimato cuando salga de prisión», explica Neira sobre la capacidad de estas producciones para rehabilitar públicamente a sus protagonistas.

Incorporar la perspectiva de la persona condenada no implica necesariamente justificar sus actos

Sin embargo, incorporar la perspectiva de la persona condenada no implica necesariamente justificar sus actos. «Que yo esté comprendiendo al criminal no quiere decir que lo esté absolviendo. El buen true crime puede sostener estas dos tensiones: la humanidad de quien cometió el crimen y la centralidad del daño causado, de la víctima y de su figura. Ahora bien, cuando solo queda el carisma del criminal, los hechos y el morbo, y desaparece la figura de la víctima, entonces ya es más marketing que narración histórica», advierte Balcells.

Para el experto, el testimonio también puede tener un componente rehabilitador: «Responsabilizarse públicamente puede ser parte del proceso de rehabilitación. El problema no es que un condenado hable, sino que hable sin asumir ningún tipo de consecuencia por sus acciones».

Regulación para proteger a las víctimas

El Gobierno español busca reforzar la protección del derecho al honor y a la intimidad de las víctimas y de sus familiares con una nueva reforma legal sobre el true crime. Según el planteamiento presentado hace algunas semanas, la justicia podría detener cautelarmente la publicación de docuseries, libros o pódcast cuando se considere que vulneran sus derechos o reabren su dolor sin consentimiento. «La reforma protegerá ambas ópticas. En casos de true crime o de productos comerciales de estas características, el beneficio de la norma no será siempre —o únicamente— económico, sino también reputacional y mediático», sostiene Martínez.

Sin embargo, la reforma también podría limitar determinados trabajos periodísticos o documentales sobre crímenes reales, lo que se conoce como el «efecto desalentador». «Si se establece un límite formal y muy cerrado a la libertad de expresión, puede desmotivar a los periodistas a publicar sus documentales o investigaciones por miedo a extralimitarse», advierte el experto en derecho penal.

En esta línea, Balcells añade: «Una cosa es proteger a las víctimas de la revictimización, que es hipernecesario y una demanda legítima, pero se debe calibrar la parte que penaliza que el victimario obtenga una proyección personal. Si se interpreta de una manera amplia, podría silenciar relatos valiosos del género, que muestran responsabilización y rehabilitación».

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