Ética para la inteligencia artificial
Más conectados, menos humanos
Estamos viendo transformaciones culturales, sociales y medioambientales que necesitan de unos nuevos mimbres éticos compartidos. Que refuercen la racionalidad y la certeza moral del ser humano frente a la resonancia emocional y la validación permanente que nos brinda la IA.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Vayamos al grano. Ya sabemos que la inteligencia artificial (IA) se ha instalado en el centro de nuestras vidas con la promesa de liberarnos tiempo, pero lo cierto es que ese tiempo liberado lo reinvertimos en producir más, en consumir más y en estar más disponibles. Qué paradoja, ¿verdad? Una tecnología diseñada para hacernos la vida más fácil nos está dejando sin espacio para vivirla con plena conciencia.
Esto es uno de los escenarios de futuro que está esculpiendo la IA. Transformaciones culturales, sociales y medioambientales que necesitan de unos nuevos mimbres éticos compartidos. Que refuercen la racionalidad y la certeza moral del ser humano frente a la resonancia emocional y la validación permanente que nos brinda la IA.
También está esculpiendo nuestras relaciones. Cada vez estamos más conectados a las redes sociales y las plataformas digitales, pero más desconectados de las personas que tenemos al lado: la familia, los amigos, los compañeros… Un trato que, poco a poco, se irá despersonalizando mientras las pantallas se multiplicarán y nuestra capacidad cognitiva se debilitará. «Ser más y hacer menos» debería ser el horizonte y, hoy, remamos hacia el otro lado.
La filósofa Shoshana Zuboff advirtió que estaríamos expuestos a una fatiga informativa que erosionará el juicio crítico
Esculpe nuestra atención, como viene avisando, entre otros, la filósofa Shoshana Zuboff, que diagnosticó esta crisis de la atención con lucidez al describir el capitalismo de vigilancia como un modelo que no solo extrae datos, sino que captura nuestra capacidad de pensar con profundidad. Consumiremos información a golpe de titular y de reel. Estaremos expuestos a una fatiga informativa que erosionará el juicio crítico. Que consecuentemente nos hará más indiferentes, asumiendo como verdad lo que apenas hayamos procesado mentalmente. Un terreno fértil para la manipulación y la polarización.
Transformaciones que pueden llegar a ser profundamente desiguales: imagínense el acceso a internet no como un derecho sino como un privilegio. A las personas mayores, personas con discapacidad o personas migrantes quedándose atrás en la carrera digital. O una brecha norte-sur más grande porque quienes controlan la tecnología y el comercio sigan siendo los países más ricos, mientras los minerales se extraen del sur y los residuos electrónicos regresan allí. Sin ética y equidad global, la IA puede acabar siendo otro privilegio disfrazado de progreso.
Y la gran olvidada. La dimensión medioambiental. Dimensión que podría continuar fuera del relato vanguardista de la IA si no nos apresuramos a poner sobre la mesa el demostrado gran volumen de consumo de recursos naturales que necesita para funcionar, así como su impacto en el entorno natural. Una sostenibilidad que, si se sigue obviando, puede terminar como un tótem de futuro vacío de compromiso. Hablar de ética de la IA sin hablar de sostenibilidad es hablar a medias.
Estos escenarios de futuro a los que nos dirigimos son retadores. Pero precisamente por eso, debemos plantearnos cómo podemos, desde ya, aplicar una mirada ética en cómo queremos situarnos frente al espejo de la IA. Esto significa exigir que la IA respete los espacios democráticos y de deliberación pública. Crear normas que no solo delimite qué puede hacer un algoritmo, sino qué debe hacer y, sobre todo, qué no debe hacer jamás. Identificarnos con los nuevos derechos que surgen en entorno digital. Pero también, como individuos dotados de razón que somos, no dejar morir nuestra capacidad de pensar, reflexionar y formar juicios sobre lo que vemos, oímos y hacemos.
A veces, distinguir lo ético de lo importante conlleva un gran esfuerzo. Pero generalmente merece la pena. La clave la encontrarás en tu corazón.
COMENTARIOS