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Teoría breve del buen humor

El humor, desde la noche de los tiempos, desopila, esto es, desobstruye las cañerías del entendimiento, y de paso corroe la solemnidad de los pedestales y nos baja a la tierra, recordándonos que nada es para tanto.

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16
junio
2026

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Aunque el humor haya terminado en el mostrador del bromista y se nos antoje tan fútil como un chascarrillo de barra de bar, nació con la gravedad de la receta médica y del cirujano con serrucho. En tiempos de la vieja medicina hipocrática, el humor era una suerte de jugo: la secreción que recorría la geografía subterránea de las personas, gobernando sus arrebatos, sus calenturas y, en general, esas oscilaciones absurdas por las que el mismo compañero de oficina que en la cena de empresa te abrazaba con efusión te mira hoy como si fueras una carta de Hacienda. Todo depende, en fin, del humor con que esté uno…

La medicina galénica llamaba buen humor a la entente cordiale entre los cuatro inquilinos del cuerpo: la sangre del entusiasta, la flema del mustio, la cólera amarilla del iracundo y la bilis negra del melancólico. Conceptos errados que encerraban mucha verdad. Al fin y al cabo, ¿qué es nuestro estado de ánimo sino una negociación perpetua entre corrientes que, abandonadas a su capricho, reventarían las bajantes e inundarían el salón? Galeno pudo equivocarse de tuberías, pero no de edificio.

Toda comicidad nace de una descolocación. La teoría kantiana del humor lo explica como un derrumbe súbito de la expectativa. Puede ser la solemnidad hinchada que un alfilerazo guasón revienta con ruido de pedorreta. O puede ser la mudanza inesperada de registro: no es lo mismo llamar a tu madre mamá que «ascendiente de proximidad genética inmediata y titular del domicilio intrauterino en que se gestó el abajo firmante».

El ejemplo contrario, más peligroso para la libertad ambulatoria, consistiría en entrar en una sala de vistas, llegarse al juez y decirle: «Señoría, con la venia: qué cara de mono gasta usted». Claro que no habría en ello distancia cómica, sino la abolición de toda distancia, así como la comparecencia del principio de realidad en forma de pareja de la Guardia Civil.

Toda comicidad nace de una descolocación

Cuando el alma no se las arregla para mantener cada fluido en su cauce, aparece el malhumorado, esto es, el mal ventilado: aquel que deja escapar por cada juntura de su discurso los vapores de una comicidad fermentada en cuba de vino peleón. Qué le vamos a hacer si el humor corroe la costra, no la carne. El problema del mal humor es que hay carcajadas que, en vez de ventilar la habitación, revientan la ventana con el vecino dentro.

Filosofía y humor son primos hermanos, aunque ambos nieguen el parentesco. La filosofía teme que la sorprendan riendo, no sea que le quiten el birrete, y el humor teme que lo sorprendan pensando, no sea que le cierren la verbena y le encasqueten unas notas al pie; pero los dos nacen del mismo instante en que uno mira el mundo y nota que le bailan los goznes y le cruje la tramoya. Si la filosofía, Aristóteles dixit, nace del asombro, el humor nace del asombro de ver al Estagirita pisar una piel de plátano.

El buen humor sería, entonces, un disolvente de solemnidades; nada que ver, sobra decirlo, con el almíbar buenrollista del humor a favor de obra, que deja las instituciones pegajosas. En cuanto al humor incisivo o al humor corrosivo, quien usa tales términos incurre en pleonasmo; si el humor no roe, no limpia; y si no limpia, no es humor, sino risa floja. Pero no basta con roer ni con ser ácido…

Si Estebanillo González, inolvidable picaruelo, pudo ser llamado «hombre de buen humor» no era porque gozara de un equilibrio hipocrático; tampoco porque salpicara de dicharachos cada frase: la ocurrencia perpetua es una modalidad de incontinencia, y no hay vejiga mental que resista semejante desparrame. Un loro que habla una vez causa carcajadas; un loro que opina sobre la coyuntura nacional cada cinco minutos termina siendo desplumado, guisado y servido en pepitoria, con perejil encima. El humor exige silencio, demora, acecho y oportunidad.

El «buen humor» de Estebanillo, protagonista de la novela culminante del género picaresco, se debe a que, metido hasta el corvejón en el barrizal barroco, supo convertir sus sinsabores en peripecia, sin por ello dejar hacer una higa al poder y un corte de mangas al destino. El humor no necesita locales de stand up comedy con taburetes altos y ladrillo visto: a lo largo de los siglos le han bastado figones, trincheras, cotolengos, salas de espera, calabozos, aparcamientos y tanatorios porque cualquier esquina sirve para que un par de desgraciados intercambien unas palabras desopilantes antes de que la vida les pegue otra patada en los riñones. Porque el humor, desde la noche de los tiempos, desopila, esto es, desobstruye las cañerías del entendimiento, y de paso corroe la solemnidad de los pedestales y nos baja a la tierra, recordándonos que nada es para tanto.

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