Marta Junqué
«Cenar tarde es un desajuste horario que los españoles pagamos con bienestar»
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Como todos los años, a finales de marzo los relojes españoles se adelantan una hora para entrar en «horario de verano», que se queda hasta finales de octubre. A pesar de que los expertos llevan ya tiempo alertando sobre el impacto que genera sobre los ritmos biológicos, la Unión Europea aún no ha aprobado la eliminación del cambio de hora. Y España es uno de los países más afectados por ese desfase horario. Así lo han advertido desde la asociación Time Use Initiative, especializada en políticas del tiempo y una de las promotoras de abolir el horario de verano. Hablamos con Marta Junqué, codirectora de la organización.
Cada vez que llega el cambio de hora, se habla de sus pros y de sus contras. Hay quienes sostienen que el horario de verano no es solo una medida de ahorro energético, sino que ya hace parte de las formas españolas («es mejor que el día sea más largo», etc.). Pero Time Use Initiative ha abogado en contra del horario de verano. ¿Por qué?
Empecemos con una metáfora que solemos utilizar. ¿Verdad que sabemos exactamente qué significa tener una alimentación saludable y no por ello nos privamos de darnos un capricho de vez en cuando? Cuando hablamos de horarios saludables, como sería el caso de la abolición del cambio de hora, sería lo mismo. Según la cronobiología, que analiza nuestro reloj biológico interno, que es el regulador del sueño, el metabolismo y el sistema inmunológico, alinear nuestros horarios con el sol tanto como sea posible es esencial para vivir vidas saludables. Y justo ese es el argumento central en favor de implantar zonas horarias permanentes en la Unión Europea. Nuestros ritmos circadianos se ven completamente desestabilizados cuando cambiamos de horario, con mayor impacto en la población más susceptible como los niños o las personas mayores. En cuanto al ahorro energético –argumento que justificó su implantación–, ha quedado desacreditado por la evidencia: no existe ahorro real. De hecho, hay muchos más mitos asociados al cambio de hora que se pueden desmentir con la evidencia científica. Pero entendemos que este debate va mucho más allá de los datos, ya que los horarios suelen vincularse con hábitos personales y, por lo tanto, afectan la concepción de nosotros mismos. Sin embargo, no podemos dejar de remarcar que hay un error, llamémoslo conceptual, en el falso debate sobre las horas de luz entre verano e invierno. ¡No existe tal preferencia! En verano siempre tendremos más horas de luz que en invierno debido al movimiento de traslación y a la inclinación de la Tierra. La pregunta real es: ¿a qué hora queremos tener más luz, por la mañana o por la tarde? Desde la cronobiología, la respuesta es clara: por la mañana, en sincronía con el horario solar natural.
«Nuestros ritmos circadianos se ven completamente desestabilizados cuando cambiamos de horario»
Usted misma ha dicho que «España es de los países que más sufre las consecuencias negativas». ¿Por qué entonces –y a pesar de que el debate lleva años en el país y en la Unión Europea– se mantiene el cambio de hora?
Justamente, como somos de los países que más sufrimos estos efectos negativos, la ciudadanía española es una de las que más apoyó en Europa la medida de eliminar el cambio de hora. Sin embargo, se mantiene porque el cambio requiere unanimidad a nivel europeo. La directiva que establece el cambio de hora común data de 2001 y, aunque el Parlamento Europeo votó en 2019 a favor de eliminarla, el proceso se paralizó en el Consejo de la Unión Europea, donde los Estados miembros no lograron ponerse de acuerdo sobre qué hora fijar permanentemente. La buena noticia es que, en 2025, Pedro Sánchez anunció su apoyo a la abolición del cambio de hora y se lo propuso al Consejo Europeo, lo que ha reactivado el debate aunque aún no se ha alcanzado un consenso. La Comisión Europea ha expresado su disposición a colaborar para alcanzar una posición común, y desde la Time Use Initiative seguimos de cerca los movimientos al respecto junto con nuestros aliados de la Alianza Internacional por los Horarios Naturales (IANT). El reto está, pues, no tanto en la posibilidad técnica o la falta de evidencia científica, sino en los ritmos de la política europea, donde los consensos son lentos y este tema compite con agendas de mayor visibilidad, como lo fue el covid-19 y, ahora, la guerra. Pero insistimos en que es un cambio sencillo de hacer y con grandes beneficios.
España, además, tiene fama de vivir más tarde que sus vecinos. En Francia, a las 9 de la noche hay pocos restaurantes abiertos. En España, a las 9 p.m. apenas se está sentando la gente a cenar. ¿El cambio de hora perpetúa los horarios tardíos? ¿Y qué consecuencias tiene esto sobre la «organización social del tiempo»?
El problema es sencillo: nuestros relojes no están alineados con el sol. España usa UTC+1 en invierno y UTC+2 en verano (el mismo que Kiev), pero geográficamente nos corresponde UTC+0, como a Portugal o Reino Unido. Esto hace que el sol salga y se ponga una o dos horas más tarde de lo natural en nuestro reloj. Como organizamos la vida según la luz —comemos con el sol alto, cenamos al anochecer—, todo se atrasa: si en Barcelona el sol se pone a las 9 de la noche en verano, es normal que la gente cene a las 10 p.m. No es algo cultural innato, sino una consecuencia directa del horario desfasado. Y nos sale muy caro: dormimos menos (unos 40 minutos por debajo de la media europea), lo que baja el rendimiento laboral y escolar, aumenta los accidentes de tráfico por fatiga, complica la conciliación familiar y eleva los riesgos de salud como la obesidad, la diabetes o los problemas cardiovasculares por cenar tarde. Cenar tarde no es un «rasgo español» para defender, sino el síntoma de un desajuste horario que pagamos con bienestar. Ajustarnos al tiempo solar nos daría más horas de sueño, energía y tiempo en familia, igual que nuestros vecinos europeos.
«Hay muchos mitos asociados al cambio de hora que se pueden desmentir con evidencia científica»
¿Cree que deberíamos aprovechar el debate sobre el cambio de hora para repensar también los horarios laborales y escolares?
Absolutamente. Hay que entender la organización social del tiempo como un puzzle: si tocas una pieza, tienes que reestructurarlas todas. Por esto, en 2023, a petición del Gobierno, elaboramos el estudio de fundamentación de la Ley de Usos del Tiempo, para tocar estos cambios de manera holística y ordenada. Hablamos del cambio de hora porque es un cambio brusco que afecta a nuestras vidas cotidianas dos veces al año. Sin embargo, nuestro problema con el tiempo es mucho más profundo. La jornada laboral española se caracteriza por ser especialmente larga, con hasta un 30% de los trabajadores que terminan su jornada a las 7 de la tarde, fruto del presencialismo y de pausas para comer de hasta dos horas. A eso hay que sumarle que las mujeres dedican hasta dos horas diarias más que los hombres a las tareas domésticas y de cuidados, acumulando una doble y triple carga en jornadas ya de por sí extenuantes. Todo esto provoca que un 35% de la población no duerma las horas recomendadas, y que alrededor del 50% de la población sienta que no está satisfecha con su tiempo.
Si se pudieran rediseñar desde cero los horarios sociales, ¿cuáles serían los cambios prioritarios?
Habría tres prioridades. Primero, racionalizar la jornada laboral: trabajar en horarios más equilibrados con la vida personal y familiar puede aumentar la productividad significativamente, según la investigación disponible. Segundo, sincronizar los horarios escolares con los ritmos biológicos de los niños y los adolescentes: la evidencia muestra que entradas más tardías mejoran el rendimiento, el estado de ánimo y la salud. Y, tercero, repensar nuestros pueblos y ciudades para que provean servicios de proximidad, en línea con los usos y necesidades de la vida cotidiana en términos de movilidad, ocio y cuidados.
«El problema es sencillo: nuestros relojes no están alineados con el sol»
En concreto, ¿qué efectos podría tener que efectivamente se eliminara el cambio de hora en términos de productividad, consumo, energía, conciliación…?
Los efectos serían positivos en todos esos frentes, aunque la magnitud depende de qué hora se fije de manera permanente. Si se adopta el horario solar natural –el «horario de invierno»–, como proponemos, la alineación entre el reloj social y el biológico mejoraría significativamente. En salud, se reducirían los riesgos cardiovasculares, metabólicos y de salud mental asociados a la disrupción circadiana. En productividad, dormir mejor y despertar más sincronizados con la luz natural se traduciría en mayor concentración, menor absentismo y menos accidentes laborales. En energía, la reducción de picos de consumo nocturnos tendría un impacto ambiental (y de ahorro energético a nivel familiar, no macroeconómico) real. Y en conciliación, si además del cambio de hora se aprovecha para racionalizar los horarios laborales y escolares, el beneficio sería enorme: familias que pueden cenar juntas a una hora razonable, niños que duermen las horas que necesitan, y adultos que recuperan tiempo para sí mismos. Eso es precisamente lo que desde la organización llamamos combatir la pobreza de tiempo, que afecta a un 20% de la población española.
Justamente, hablando sobre el «derecho al tiempo» y la «pobreza de tiempo», ¿qué políticas deberían aplicarse hoy en España y Europa?
En los últimos 20 años, hemos avanzado hacia usos del tiempo más igualitarios entre hombres y mujeres, en cuanto al tiempo dedicado a los cuidados y las tareas domésticas y esto es un gran avance pero aún no es suficiente. La mayoría de personas adultas tenemos constantemente la sensación de «no tengo tiempo», «no me da la vida», «todo va acelerado». Para mejorar este malestar, defendemos el derecho al tiempo. El tiempo es un derecho de ciudadanía emergente que será fundamental en siglo XXI: el derecho a disponer de un equilibrio adecuado entre trabajo, cuidados, descanso y ocio. Cada sociedad tiene un «pacto social» en cómo se organiza el tiempo y el nuestro toca actualizarlo. Para hacerlo, hace falta poner el factor tiempo en el centro de las decisiones que tomamos y hacer políticas de tiempo.
«Ajustarnos al tiempo solar nos daría más horas de sueño, energía y tiempo en familia»
¿Y cómo se hace?
En la Time Use Initiative (TUI) trabajamos especialmente con administraciones públicas, pero las empresas y las organizaciones de la sociedad civil también pueden jugar su papel para crear unos horarios más igualitarios, eficientes, saludables y sostenibles. En el ámbito laboral, las políticas de tiempo buscan racionalizar la jornada para hacerla compatible con la vida de las personas: reducción de la jornada, aumento de permisos para personas cuidadoras, gestión eficiente de reuniones o garantía de la desconexión digital. En salud pública, sincronizar los horarios sociales con los ritmos biológicos tiene efectos directos sobre el bienestar físico y mental de toda la población. España tiene una deuda pendiente en este frente: a pesar de que la propuesta de la reducción de la jornada laboral a 37,5 horas semanales no se llevó a cabo, el camino hacia una Ley de Usos del Tiempo y Racionalización Horaria, cuya elaboración hemos apoyado desde la TUI y que podría ser tan transformadora como lo fueron en su día las leyes de conciliación en Italia o Francia, está abierto. Para finalizar, además de cerrar el debate sobre el cambio de hora, a nivel europeo disponemos de una oportunidad de oro: pronto dispondremos de datos comparables de la nueva ola de la Encuesta de Usos del Tiempo, que produce el INE, que puede servir para incorporar los usos del tiempo como eje transversal de sus políticas de bienestar e igualdad. Con datos, conseguiremos políticas públicas mucho más eficaces.
COMENTARIOS