El sesgo de normalidad
Asumir que todo seguirá como siempre no solo es optimismo. Minimizar la probabilidad de que surjan amenazas es un sesgo cognitivo que lleva a subestimar los riesgos.
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Hay un dicho popular que reza: «Espera lo mejor, pero prepárate para lo peor» (hope for the best but prepare for the worst). Generalmente atribuida al escritor y ex primer ministro británico Benjamin Disraeli, la frase va en la misma línea de «es mejor prevenir que lamentar». Sin embargo, por buenos que sean, nuestro cerebro no siempre sigue estos consejos. De hecho, a veces pasa exactamente lo contrario: creemos que las cosas seguirán como siempre lo han hecho, lo cual nos lleva a subestimar los riesgos que nos parecen poco probables. Esta distorsión psicológica ha recibido el nombre de sesgo de normalidad.
Para simplificar el mundo, nuestro cerebro utiliza el pensamiento heurístico. Esto significa que solemos tomar atajos mentales para que la toma de decisiones y la resolución de problemas sean más simples. En el fondo, todos los sesgos cognitivos son estrategias automáticas que buscan ahorrar esfuerzo mental y permitirnos decidir e interpretar las situaciones de una manera más rápida.
El sesgo de normalidad, en particular, nos lleva a asumir que el futuro será parecido al pasado reciente, por lo cual, incluso cuando surgen señales de peligro, creemos que las cosas simplemente continuarán como siempre han ido. Esto hace que se subestime la probabilidad de que surjan crisis o eventos disruptivos.
Aunque no es exactamente lo mismo que el sesgo de optimismo —que hace que las personas sobreestimen sus probabilidades de experimentar cosas positivas y se crean menos vulnerables que los demás ante situaciones negativas—, el sesgo de normalidad muchas veces se traduce en una respuesta inadecuada ante crisis reales. Esto se debe a que, ante la asunción de que las cosas tienden a permanecer igual, se les resta importancia a las advertencias, interpretando que los riesgos son menos graves de lo que en verdad son.
De acuerdo con el investigador John Leach, experto en la psicología de supervivencia, en situaciones de amenaza súbita, más de la mitad de las personas pueden caer en un estado de negación o de inacción inicial. El psicólogo advierte que en desastres o accidentes in extremis, por ejemplo, muchos implicados, en vez de luchar o huir, simplemente se paralizan.
El sesgo de normalidad hace que las personas asuman que el futuro será parecido al pasado reciente
Se dice que este fenómeno sucedió también ante el paso del huracán Katrina en 2005, uno de los más mortíferos de la historia de Estados Unidos. Antes de que tocara tierra, a pesar de las órdenes de evacuación obligatoria, miles de personas decidieron no evacuar pues subestimaron la magnitud del evento meteorológico.
De hecho, investigaciones en psicología de desastres señalan que hay quienes interpretan las advertencias de las autoridades como «exageradas» o que asumen que el acontecimiento será similar a eventos anteriores en los que al final «no fue tan grave» o que se trata solamente de algo «normal».
Y no solo se aplica a las catástrofes naturales o a los accidentes por fallas técnicas. Este fenómeno también tiene implicaciones sociopolíticas. Por ejemplo, gran parte de quienes creen en teorías apocalípticas suelen argumentar que el resto de la población está subestimando el peligro debido al sesgo de normalidad y que esa es la razón por la cual no están tan preocupados como deberían.
Pero no se reduce a quienes avisan sobre el inminente fin del mundo. El sesgo de normalidad también puede estar presente cuando aparecen personajes disruptivos en la escena política. Especialmente cuando no ha habido contextos previos, múltiples personas subestiman cuán graves pueden resultar los acontecimientos ante la llegada al poder de líderes con tendencias autoritarias. Por no ir más lejos, en el último año, cientos de estadounidenses que votaron por Donald Trump en las pasadas elecciones han expresado su preocupación ante la deriva autoritaria que está tomando el país. Muchos de estos votantes arrepentidos sostienen que nunca creyeron que la situación fuera a empeorar así.
Minimización del peligro
Aunque muchas veces se relacionan, el sesgo de normalidad no es exactamente lo mismo que el llamado «efecto avestruz». Quienes caen en el efecto avestruz evitan revisar las noticias o las estadísticas que les podrían generar preocupación. Este sesgo es usual en materia financiera y médica: las personas revisan con menor frecuencia el estado de sus inversiones durante las caídas del mercado o evitan realizarse pruebas médicas por miedo a un diagnóstico negativo. Por su parte, el sesgo de normalidad no se trata de ignorar activamente la información amenazante o negativa sino más bien de minimizar el peligro inminente cuando no se tiene experiencia previa en eventos similares o cuando la amenaza es abstracta.
Pero el hecho de que la disonancia cognitiva no se busque de manera directa no significa que sus consecuencias no sean significativas. El sesgo de normalidad está vinculado a la parálisis conductual, retrasa la toma de decisiones durante las emergencias y reduce la probabilidad de evacuación ante alertas tempranas. De ahí que los expertos recomienden mitigarlo con simulacros, rutas de evacuación, educación en riesgo y protocolos claros para estar preparados ante eventuales crisis.
Volviendo al dicho popular, en su autobiografía Sé por qué canta el pájaro enjaulado (1969), la escritora Maya Angelou le sumó una arista: «Hoping for the best, prepared for the worst and unsurprised by anything in between». Así, ante el sesgo de normalidad, la mejor estrategia sería esperar lo mejor, prepararse para lo peor y no sorprenderse por lo que sea que surja en medio.
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