La trampa del aceleracionismo
El aceleracionismo es uno de los síntomas de la crisis de nuestras democracias. Parece imparable y se va incrementando paulatinamente. Bloquea los mecanismos de deliberación política e impide mirar la realidad con detenimiento.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Rápido, rápido, rápido… Las grandes decisiones se deben adoptar a velocidad de vértigo. No se puede esperar, hay que resolverlo ya. Un acontecimiento eclipsa al anterior en cuestión de minutos. En junio de 2024, el presidente francés Emmanuel Macron disolvió la Asamblea Nacional y convocó elecciones legislativas apenas una hora después del cierre de las urnas de los comicios europeos. Prácticamente no se había empezado a escrutar el voto. Un año antes, Pedro Sánchez precipitó las elecciones generales a las pocas horas de la debacle de su formación en la cita de las autonómicas y municipales. El primer día de mandato, Donald Trump firmó 26 de los 143 decretos que ordenó en sus primeros 100 días. El presidente norteamericano abusa de ellos porque son órdenes ejecutivas que entran en vigor de forma inmediata.
A pesar de estos ejemplos, la política institucional se ha quedado rezagada. No puede seguir el paso al ritmo de lo que le rodea. El estrés que denotan los muchos cambios sociales que se están produciendo al mismo tiempo, la secuencia de ciclos económicos más abreviados y la irrupción de instrumentos tecnológicos que han roto los tempos clásicos de la conversación, han acelerado las dimensiones espacio temporales de forma exponencial. Y con ellas, la percepción que las sociedades tienen de sí mismas, sumergidas en un «presentismo» (F. Hartog) absoluto en el que el tiempo actual se ensancha –es casi lo único existente– en detrimento de un futuro incierto y un pasado borrado de nuestra memoria. Hoy los proyectos a largo plazo son un rara avis y el pasado solo sirve para denostarlo o guardarlo en un baúl. El interés se centra sobre el presente y la gestión se torna cortoplacista ante la pérdida de visión sobre un progreso que ya no se vislumbra con claridad. Por el contrario, la ciudadanía expresa su impaciencia, agitada en la «trituradora» ansiosa de las redes sociales y del debate público, polarizado y estridente.
Hoy los proyectos a largo plazo son un rara avis y el pasado solo sirve para denostarlo o guardarlo en un baúl
El aceleracionismo está íntimamente asociado al presentismo. El aceleracionismo aliena a los individuos que exigen más agilidad a sus gobernantes para resolver sus problemas (Reinhart Koselleck). Algunos lo describen desde una desincronización palpable (Hartmut Rosa) porque las instituciones no pueden seguir el ritmo que les exige la ciudadanía. Otros denuncian el sistema frenético que somete a los individuos desde la hiperproductividad y el rendimiento (La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han).
Las campañas electorales duran cuatro años porque permiten mantener la tensión al máximo todo el tiempo. Los debates parlamentarios son efervescentes para generar píldoras comunicativas fácilmente trasladables a X o Instagram. Las declaraciones de los líderes políticos son breves para no cansar a una audiencia cuyo umbral de atención se diluye en unos segundos. Los discursos están plagados de exabruptos y palabras gruesas para ser compartidos y difundidos como si fueran proyectiles en una batalla dialéctica interminable. Y mientras tanto, la democracia se resiente porque, en opinión de la ciudadanía, no es capaz de resolver sus mayores problemas y aliviar sus graves preocupaciones.
¿Se ha extinguido ya un modelo de gestión de la res publica basado en procesos racionales y dialogados para la toma de decisiones? ¿Las urgencias del presente han sepultado los proyectos duraderos y estables a medio y largo plazo? ¿Estamos ante la desactivación definitiva de la democracia participativa de base más amplia que requiere de su tiempo y necesita de consensos construidos desde la argumentación serena? ¿Ha caído en desuso el modelo deliberativo, en el que prima el debate y la negociación, porque se considera lento y desajustado al ritmo de nuestro tiempo? ¿Estamos tan sometidos a los ritmos comunicativos de las nuevas plataformas digitales?
Las declaraciones de los líderes políticos son breves para no cansar a una audiencia cuyo umbral de atención se diluye en unos segundos
En principio, el aceleracionismo se puede entender como un fenómeno vinculado a nuestras sociedades poscapitalistas, porque se acrecienta en esta era de mercado y por los efectos que produce en todos sus procesos asociados. Sin embargo, sus primeras versiones se pueden encontrar en El capital de K. Marx o en la idea de la «desintegración sociopolítica» del capitalismo que describió J. Schumpeter. En nuestros días podemos distinguir dos grandes vías para comprender el aceleracionismo. Desde la izquierda, que espera el colapso del sistema capitalista por sus propias contradicciones. Para ello, rechaza los ideales de progreso y de modernidad a través de la crítica y la denuncia. Y desde la extrema derecha supremacista, que busca forzar el colapso de las actuales democracias. Los grupos involucrados lo canalizan a través de la manipulación del debate público (desinformación, teorías conspirativas…), o a través del terrorismo y la violencia contra minorías y colectivos en situación de vulnerabilidad. En este caso, se diseñan atajos abruptos que persiguen la implosión del sistema encaminada al dominio de un nacionalismo blanco.
El aceleracionismo es uno de los síntomas de la crisis de nuestras democracias. Parece imparable y se va incrementando paulatinamente. Bloquea los mecanismos de deliberación política e impide mirar la realidad con detenimiento. Pero también incide en nuestra vida cotidiana. Una vivencia que se ha vuelto frenética, a la vez que impulsiva y emocional. Los instrumentos que tenemos a nuestro alcance se han creado para facilitarnos la vida, pero todavía no lo tenemos claro. Los individuos y las sociedades caminan al unísono, por ello lo que padecen los primeros tiene su incidencia en las segundas y a la inversa. No es fácil detener el compás de nuestros pasos, pero sí de ser conscientes de nuestra vulnerabilidad ante la dictadura del presente y el vértigo vital.
COMENTARIOS