Pensamiento

Max Weber y la ética protestante

El historiador y politólogo alemán Max Weber, uno de los padres de la sociología, desarrolló una obra prolífica donde realizó una nutrida introspección sobre el vínculo entre religión, economía, gobierno y sociedad. ‘La ética protestante y el espíritu del capitalismo’ es, además de uno de los grandes trabajos del erudito, la piedra angular de su legado.

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13
marzo
2024

Bien podría decirse de Max Weber que su investigación, además de extensa y prolífica, fue audaz: como reacción al positivismo –doctrina imperante en la segunda mitad del siglo XIX–, el autor alemán, ya desde su habilitación en 1891 como docente universitario, decidió transitar desde sus estudios iniciales en Derecho hacia la Historia, pero desde una perspectiva crítica con la aplicación de la metodología científica para las cuestiones humanas. Para Weber, la perspectiva científica es insuficiente para abordar los productos de la naturaleza humana, que incorporan significados e intencionalidades que, según los negativistas, no pueden analizarse correctamente en el resultado final. Bajo esta opinión, el historiador fue pionero en el estudio de las relaciones que observaba entre la economía y otros productos intelectivos humanos, como la religión, las formas de gobierno y los sistemas de creencia o de sociedad.

Una de sus obras capitales, considerada por muchos estudiosos de la sociología como un ensayo vertebral, tanto para el trabajo de Weber como para la posterior rama del conocimiento, es La ética protestante y el espíritu del capitalismo, publicada en 1905. Hoy sigue siendo una obra de lectura obligatoria en multitud de estudios de humanidades y clave para el desarrollo de la investigación de varias generaciones de académicos. Pero, ¿qué aspectos hicieron tan importante a este libro de entre su extensa obra?

Religión, economía y el espíritu del capitalismo

Con La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Weber abrió un melón, cuanto menos, jugoso: el estudio de las religiones y su influencia en la sociedad, hasta aquel momento, no se había relacionado con tanta profundidad como hizo el alemán con la economía. Es cierto que antes Karl Marx, en su obra junto con Engels, sí había incluido a la religión como un elemento económico que cumple un rol de control de masas edificadora de una moral a medida del capitalismo (de ahí el famoso fragmento que Marx escribió en su Crítica a la filosofía del Derecho de Hegel en 1844: «La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura atormentada, el alma de un mundo desalmado, y también es el espíritu de situaciones carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo»). Desde otra perspectiva muy diferente, y siguiendo en la línea de los sabios barbudos, León Tolstói denunció con firmeza y reiteración cómo la religión cristiana ha sido pervertida hasta el punto de desligarse del verdadero mensaje de Jesús de Nazaret, que el ruso sintetiza en las Bienaventuranzas a lo largo de su obra ensayística. En ambos casos, y abrazando las insalvables diferencias entre sí, lo que pensadores como Marx o Tolstói relacionaron fue una impronta instrumental de la religión en el modelo económico, social y moral de su época.

¿Por qué España, dueña del mundo durante un par de siglos, quedó atrasada científica e industrialmente frente a las naciones protestantes?

Weber inauguró una línea de investigación mucho más intensa con La ética protestante… En el libro, el autor reconoce, ante todo, un aspecto característico de cualquier religión, que es la devoción. La devoción implica, en un contexto social, un rechazo de los asuntos mundanos, entre ellos, los económicos. Weber recibió clases de Hermann Baumgarten, que era hispanista, durante sus estudios universitarios. La obra de su maestro incentivó la gran cuestión que fijó a la religión como elemento clave para explicar la economía, y viceversa: ¿por qué España, dueña del mundo durante un par de siglos, quedó atrasada científica e industrialmente frente a las naciones protestantes?

Weber encontró la respuesta en uno de los padres de Estados Unidos, Benjamin Franklin: el protestantismo dignificó el trabajo mundano y el amor hacia el dinero como algo bueno. La mirada protestante mira a los cielos sin perder de vista el bolsillo, al contrario que acostumbraban a practicar las naciones católicas. Al mismo tiempo, el desarrollo de un oficio y la excelencia en él es considerada una vocación positiva en las sociedades protestantes. Con estos dos atributos Max Weber definió el «espíritu del capitalismo»: una vocación honorable destinada a obtener dinero que, a su vez, permitiese acumular aún más dinero. A partir de este análisis, el historiador introdujo una investigación propia, aunque inacabada, de la relación entre el trabajo y el protestantismo en un análisis apoyado en los acontecimientos históricos.

Una (criticada) obra universal

Quizá la gran conclusión a la que llegó Weber en La ética protestante… es que la religión, cualquiera que esta sea, está estrechamente relacionada con el desarrollo económico de la sociedad donde su culto es practicado. De esta manera, el alemán escribió una serie de ensayos investigando la universalidad de esta premisa, como son, por ejemplo, La religión de China (1915), La religión de la India (1916) y El judaísmo antiguo (1917).

Para Weber, la religión está estrechamente relacionada con el desarrollo económico de la sociedad

No obstante, la perspectiva de Max Weber, si bien alimentó a su obra posterior y sembró una fértil discusión investigadora que desarrolló la sociología moderna, ha recibido y sigue recibiendo tanto críticas como apoyos fundados.

Más allá de la opinión facultada, el gran fallo que se achaca a la célebre obra de Weber es metodológico: ¿por qué el protestantismo habría de generar el capitalismo? ¿No es más admisible empíricamente que aquellas escisiones del catolicismo se produjeran por el protocapitalismo, con la banca centroeuropea y la Hansa al frente? A los problemas de selección de ejemplos y de momentos históricos se une un contexto idealista, cuando no preñado de una carga moral por sí mismo: el capitalismo y el protestantismo son el producto más avanzado, es decir, buenos. Porque, si bien es cierta la relación entre capitalismo y protestantismo, ¿acaso puede deducirse siquiera que son interdependientes? El debate, como suele decirse, sigue abierto.

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