Opinión

Expertos de toda expertise

No hay semana en que el Gobierno no anuncie con complacencia un nuevo comité de expertos. El mero hecho de crear un comité, de anunciarlo, tiene algo de conjuro chamánico: una vez instaurado es como si el problema fuera a resolverse solo.

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07
marzo
2024
Louis Crusius, ‘Expert Testimony’

Vivo atenazado por el miedo a encontrar cualquier mañana a un comité de expertos en mi cocina debatiendo sobre cuántos bífidus debería tener mi yogur. Los expertos son entes difusos e híbridos; como los héroes, son mitad dioses y mitad humanos. Se les supone una sabiduría por encima del común, al igual que a los soldados de reemplazo se les suponía el valor. Es la palabra experto una nueva hidalguía que de inmediato inviste a la persona, alguien que quizás antes de eso solo era el primo con estudios de otro alguien. Una vez te nombran experto, creces dos cuartas.

Vivimos rodeados de expertos y siempre hay sitio para un experto más. Como el bolso de Mary Poppins o como la colección de Stefan Zweig de Acantilado, ahí no hay fondo ni fin conocido. No hay semana en que el Gobierno, el central y los regionales, no anuncien con complacencia un nuevo comité, mesa, cónclave, conciliábulo o logia de expertos. Me parece evidente que en España ya hay más comités que personas y que no hay un comité por problema, sino que incluso se crean problemas para poder asignarles un comité.

Hay un punto manierista en la burocracia y la política modernas, algo tan sofisticado que lleva a la inoperancia. Es este un coloquio de espejos dentro de una urna de cristal: demasiadas palabras rebotando para no decir nada ni ejecutar cosa alguna. Como esas personas que pasan la vida calentándose por chat sin decidirse a rematar en analógico: su razón de ser es exclusivamente onanística.

En España ya hay más comités que personas y no hay un comité por problema, sino que incluso se crean problemas para poder asignarles un comité

A los políticos les encanta sacarse un experto de la manga. Son el repóker de este juego. «Vale, igual a mí no tenéis por qué creerme, pero mira lo que dicen los expertos». Touché. Un experto vale el doble que dos asesores, el triple que un community y el cuádruple que una persona del común. Con un solo experto sometes a cuatro tipos que pasaban por ahí, apabullados por la sabiduría que se le supone. Solo el politólogo mediático puede sostenerle la mirada.

No es necesario siquiera que el comité exista para que ya se dejen sentir sus benéficos efectos. El mero hecho de crear un comité, de anunciarlo, tiene algo de conjuro chamánico: una vez instaurado es como si el problema fuera a resolverse solo, en automático, amedrentado ante la perspectiva de que un puñado de señores y señoras con varios PHD y certificados de universidades raras vaya a meter mano. No hay asunto que no decaiga desde el mismo momento en que el Gobierno le asigna un comité de expertos. ¿El porno? Ah, bueno, ya hay un comité… ¿El desastre PISA? Olvídate, hay expertos estudiándolo.

Al experto le avala su expertise como al cefalópodo lo invertebrado. Su palabra, por tanto, es la Ley, aunque nunca sepamos muy bien qué dicen los expertos. Si te fijas, siempre sabemos cuándo se constituye un comité de expertos, pero nunca qué ha dictaminado el comité de expertos ni, sobre todo, cuándo se disuelve el dicho comité una vez alcanzados sus últimos objetivos. No importa, el caso es que hay expertos. Y los hay para desmenuzar problemas presentes, futuros y pasados, también problemas quiméricos y entelequias varias. Hace poco nos visitó un experto para echarnos la peta por haber inventado, como españoles, un buen puñado de disfuncionalidades históricas: el racismo, la jerarquía, el sistema esclavista, la maldad en suma… Solo un gran experto puede lograr que te sientas mal por algo que no hiciste.

En general, intuimos que los expertos están ahí para desentrañar sesudos cuadros Excel: yo los imagino pasando la tarde en la engorrosa tarea de buscar el comando de añadir fila. Esta gente dispone de papers, tiene mano en los repositorios, barra libre de Academia.edu. Tiran rápido de tesis. Hay quien todavía cree en la objetividad de los comités de expertos, pero también muchas personas están convencidas de que su hijo es superdotado a razón de todo lo que trae suspendido.

Yo ya tengo dicho que el único comité de expertos que me interesa, el único capaz de despertar verdadera pasión en mí, hasta el punto de aplaudir a la tele, sería el grupo de valientes comisionado exclusivamente para viajar a Italia, desentrañar los misterios del café rico e implantarlo en nuestros bares, por decreto si hace falta y con apoyo de los antidisturbios.

Los imagino como una especie de Comunidad del Anillo, partiendo al anochecer por peligrosas cañadas; o como los conquistadores en busca de las Siete Ciudades de Cíbola. Con pasos menudos, atravesando los Alpes por donde Aníbal, se internaría en terreno más y mejor romanizado, husmearían en las alacenas, preguntarían sotto voce a los proveedores, los untarían con billetes de 500. Vivirían modestamente entre los caficultores, como George Clooney, trabajarían la tierra, se infiltrarían de camareros en las trattorias, aprenderían las sutiles diferencias entre el espresso y el ristretto y entre el ristretto y el corretto… Al final, regresarían con un grano, EL GRANO, y todo empezaría a marchar en nuestro país.

No me cabe duda de que, con menos expertos pero con café bueno y horarios racionales, España sería Suiza. Mucho mejor que Suiza, que aquello es un coñazo.

 

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La desmedida proliferación de expertos está destinada a crear una considerable fuente de contradicciones.

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