Pensamiento

Ya nadie lee a Montesquieu

La Ilustración parece quedar más lejos que nunca, tal como demuestra el peligroso avance identitario. ¿Nos estamos recluyendo en grupos victimistas y particularistas?

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02
junio
2023

Si me dieran a elegir una única frase –una frase hermosa, profunda, iluminadora e imprescindible– de entre lo mejor que se ha escrito en Occidente, yo escogería esta de Montesquieu: «Si yo supiera algo que me fuese útil y que fuese perjudicial a mi familia, lo expulsaría de mi espíritu. Si yo supiese algo útil para mi familia y que no lo fuese para mi patria, intentaría olvidarlo. Si yo supiese algo útil para mi patria y que fuese perjudicial para Europa, o bien fuese útil para Europa y perjudicial para el género humano, lo consideraría como un crimen». Para mí, esta sentencia recoge lo mejor del pensamiento europeo y resume, en unas pocas palabras, los anhelos de nuestra civilización.

Si por mí fuera, tal frase habría que leérsela a los niños de todos los países de la Tierra cada mañana antes de empezar las clases; los obligaría a rumiarla y mascarla bien hasta extraer todo su sentido. En un mundo ideal, yo impondría que antes de escribir o argumentar, todos los articulistas y tertulianos tuviésemos que remitirnos a esta máxima y convertirla en la piedra de toque de cualquier reflexión. No me cabe duda de que, en ese caso, todo lo que se discutiera en una redacción de periódico o en un plató de televisión, que es muchas veces la antesala de lo que se discute luego en la calle, cobraría una tonalidad diferente.

Por supuesto, la reflexión de Montesquieu va en la dirección opuesta a la que lleva el mundo actual. Que Putin no sea un fan de Montesquieu se entiende, y al cabo de los años ha tenido la honestidad intelectual de decírnoslo claramente. Que en Inglaterra sus líderes hayan perpetrado la ruptura unilateral con la Unión Europea tampoco me sorprende. La insularidad es un rasgo constitutivo de la identidad británica y sus ciudadanos todavía no han entendido que, pese a que hayan salido vencedores de las últimas guerras europeas, que ya empiezan a quedar lejos, su victoria en la Segunda Guerra Mundial fue pírrica (y su decadencia, desde entonces, un hecho). Pero es que nosotros somos maestros en la noción de decadencia, mientras que ellos están empezando a descubrirla; dejemos que la realidad haga su trabajo.

«No solo las naciones están olvidando el interés común y reivindicando aquello que Ortega bautizó como particularismos»

Más doloroso, por lo menos para mí, es que en el país que inventó los derechos humanos, la supuesta segunda patria de la humanidad, los últimos sondeos den como posible ganadora de las próximas elecciones presidenciales a Marine Le Pen. Si nos ponemos pijoteros, el propio Macron no ha cesado de dejar claro durante los últimos años que, detrás de toda la palabrería ilustrada, piensa con unos conceptos nacionalistas no muy diferentes, en el fondo, de los que manejó siempre De Gaulle. Recordemos su reacción en el asunto del hipotético gasoducto Midcat.

Pero no son solo las naciones, ahora mismo, las únicas que están olvidando el interés común y reivindicando aquello que Ortega bautizó como particularismos. Todo lo que hoy llamamos comunitarismo –que es el discurso dominante en Estados Unidos y que ha ido conquistando Europa– arranca en el pensamiento contestatario y nietzschianismo de izquierdas de los pensadores franceses post-estructuralistas del siglo pasado; arranca, muy en concreto, de Michel Foucault, que a mi entender está siendo al comienzo del siglo XXI lo que Marx fue para buena parte del XX: él es el gran pensador detrás del momento actual.

La universalidad ilustrada, que fue el vector principal del pensamiento occidental desde la Revolución francesa, se ha visto sustituida por un particularismo atomizante. Ya no es solo ese nacionalismo rabioso otra vez triunfante en buena parte del mundo, sino la conciencia racial, el activismo LGTBI, el feminismo exacerbado y más o menos punitivo, la cuestión tan problemática del género y el resto de todos estos debates identitarios contemporáneos que inciden en una toma de conciencia de esa parte particularista de nuestra personalidad social que es la que manda hoy. Parece muy claro que la Ilustración empieza a quedar lejos.

Creo que todos los que tenemos un mínimo de cultura estamos de acuerdo en que en el pensamiento europeo ilustrado, la educación –esa educación universalista a la francesa que dio entre sus mejores frutos a Montesquieu– era vista como la máquina de guerra contra la familia, capaz de arrancarnos a hombres y mujeres de nuestros respectivos contextos tribales y raciales para convertirnos a todos en ciudadanos libres e iguales.

En cambio tanto el secular nacionalismo beligerante como el comunitarismo a la norteamericana, so pretexto de procurar compensar a determinados colectivos perjudicados históricamente, lo que hace es reforzar la conciencia particularista de nuestra pertenencia a grupos más o menos humillados o dejados de lado y, con ello, subrayar y alimentar el victimismo identitario.

Por simplificar al máximo, la ciudadanía a la francesa, la que propugnaba Montesquieu, es como llevar uniforme o como usar un único color para el pulgar en alto en el guasap; allí donde el particularismo actual nos exige decidirnos cada cuál por un color diferente, que puede incluir también el arcoíris o la bandera nacional.

No digo que el pensamiento universalista que nace con la Ilustración dieciochesca no tuviera defectos y vicios; y desde luego soy consciente de que los movimientos particularistas actuales nos están obligando a fijarnos en un montón de desequilibrios sociales internos. De hecho, creo que el pensamiento comunitarista norteamericano ha sido una revelación para muchos, y es posible que estuviésemos obviando la complejidad de nuestras identidades contemporáneas donde a poco que uno mire se superponen muchas capas a veces contradictorias: la cuestión identitaria había que afrontarla.

Y sin embargo sigo pensando que hasta la fecha los derechos humanos son el hallazgo más hermoso y liberador del pensamiento político occidental. Y tengo la sensación de que por focalizar e intentar resolver otros problemas hemos tirado –como dicen los franceses– el bebé con el agua sucia del baño. Recuperar la conciencia universalista me parece ahora mismo imprescindible para salir tanto del avispero nacionalista como del atolladero identitario.

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