Cultura

65 años de la muerte de Ortega: de qué nos sirven hoy sus reflexiones

El filósofo español escribía en prensa, participaba en política y tuvo una vida luminosa y polémica: sus planteamientos y puntos de vista del problema territorial español y la cuestión de la integración europea debaten aún hoy con nuestro tiempo.

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16
Oct
2020
Ortega y Gasset

A José Ortega y Gasset, de cuya muerte se cumplen 65 años, se le aplica a menudo el calificativo de fácil, pero eso no hace verdadera justicia a su filosofía. Sus estudiosos coinciden en que, para decir las cosas que dijo –y, sobre todo, para decirlas cuando las dijo–, hacía falta algo más que pasar por allí y verlas venir. El suyo fue un pensamiento disruptivo, un ejercicio a contracorriente. Husserl había publicado en 1901 sus Investigaciones lógicas, el considerado último gran intento de la filosofía occidental de crear un sistema de conocimientos absoluto y universal, y, pocos años después, Ortega, un joven burgués madrileño que había sido su discípulo, ayudado de un estilo exquisito y una lucidez envidiable, ensayaba una forma de pensar en las antípodas de su maestro.

El filósofo hacía lo que hará después el Camus de El mito de Sísifo: escribir sondeando, probando aquí y allá, descubriendo verdades parciales con cada frase. Es esto lo que más se le celebra: haber sido uno de los pioneros de una forma de hacer filosofía que después se extendería más allá de su figura. Su anticipación no se agota ahí: sus planteamientos y puntos de vista del problema territorial español y la cuestión de la integración europea debaten aún hoy con nuestro tiempo. «Decía que España necesitaba democracia, modernización económica y una identidad común. Y en esto último puso el dedo en la llaga: creía que la gran pregunta era cómo articular la realidad provincial con algo superior», señala al teléfono Antonio López, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense. Ortega era, además, un tipo que comprendía que los intransigentes no son quienes tienen una mayor estima por sus propias ideas. Estaba más bien convencido de que ocurría al contrario, como explica Andreu Navarra, autor de Ortega y Gasset y los catalanes (Fórcola). «Detestaba a los regionalistas catalanes, pero entendió que durante la dictadura de Primo de Rivera podían convertirse en motor de reformas importantes», afirma.

Su personalidad, a veces confundida con su estilo, ha sido adjetivada con decenas de calificativos: juvenil, vivaz, incisivo, provocador, divertido, mordaz… También con algunos menos virtuosos, como el de elitista o incluso rancio, dirigidos casi siempre al Ortega desengañado de que España algún día se subiera al tren de la modernización. También al que clama contra las masas –un término malinterpretado que hace referencia no sólo a los obreros, sino al individuo promedio de cualquier clase– y el poder al que aspiran. Ese es el Ortega de algunos pasajes desabridos de España Invertebrada o La rebelión de las masas. Sin embargo, el conjunto su obra se caracteriza más bien por disparar, desprejuiciado y sin trinchera, contra todo y contra todos, desde la Restauración hasta los «señoritos-satisfechos», pasando por la excesiva dependencia de los individuos de la técnica o el afán del Estado por deglutir la sociedad civil. Lo hizo en las páginas de los periódicos, su medio natural y donde nacen parte de sus ensayos, y desde la Revista de Occidente, avanzadilla de la intelectualidad proeuropea en una España tradicionalista y gris, que el propio Ortega había fundado en 1923.

Marta Campomar: «Ortega veía el vínculo entre España e Hispanoamérica como algo muy conflictivo y fue muy crítico con su propio país»

Dos términos, perspectivismo y raciovitalismo, sintetizan su pensamiento. El primero se resume en su famosa sentencia: «yo soy yo y mi circunstancia y, si no la salvo a ella, no me salvo yo» (Meditaciones del Quijote, 1914). Con ella, Ortega sitúa al hombre de carne y hueso en el centro del debate filosófico, en detrimento de la mente y las cosas, por las que abogaban cartesianos y realistas. Los individuos tienen una experiencia irreductible de la vida y hallan en ella verdades parciales, piensa Ortega, adquiridas desde una determinada perspectiva. La Verdad, en mayúscula, solo puede ser construida a partir de esas perspectivas individuales, nunca impuesta a priori. Y para animar al individuo a conocer su verdad concreta, Ortega desarrolla un artilugio teórico, el raciovitalismo, que niega la existencia de una lógica para guiar el comportamiento humano más allá de la ponderación de toda la experiencia vital acumulada.

Ortega trató centenares de temas. Marta Campomar, reputada investigadora argentina de su obra, cree importante no olvidar el espacio que reservó en su pensamiento para la realidad latinoamericana de su época. Algunas de esas claves las da en El hombre a la defensiva (1929) o en Meditación de la criolla (1939). «Veía el vínculo entre España e Hispanoamérica como algo muy conflictivo y fue muy crítico con su propio país, a quien atribuía la herencia de autoritarismo y personalismo de los regímenes latinoamericanos», sintetiza.

Precisamente Argentina fue uno de los países en los que Ortega se exilió del franquismo. Allí pasó tres años (de 1939 a 1942) entre la animadversión de muchos republicanos, que no le perdonaron la «neutralidad imposible» –en palabras de Jose Luis Abellán, historiador de referencia del pensamiento español contemporáneo– que adoptó tras el golpe de Estado. Ortega, un socioliberal que, junto a sus amigos Marañón y Pérez de Ayala, había sido diputado en Cortes en 1931, viajó de Buenos Aires a Lisboa en 1942, y a partir de 1945 su presencia en España se hizo frecuente. En su país nunca recuperaría su cátedra –aunque sí se le permitió dar clase en el Instituto de Humanidades–, y sería objeto de escarnio de las autoridades franquistas y blanco de los ataques de la Iglesia. Algunos republicanos, no obstante, lo consideraron un desertor del exilio y afirmaron que se congració con el régimen. Abellán, autor de una biografía del filósofo y que cree que volvió porque esperaba la caída del franquismo con el fin de la Segunda Guerra Mundial, confesó, no obstante, la dificultad «para acertar con un juicio de mínima ecuanimidad».

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