Sociedad

La era del capital cognitivo

Tenemos ahora mismo más acceso a la información que nunca: gracias a internet, las redes sociales y los medios de comunicación nos hemos convertido en los dueños de la abundancia del conocimiento. Sin embargo, ante el riesgo de sobreinformación, conviene marcar algunas líneas rojas para aprovechar esta moneda de cambio tan valiosa sin perder la salud mental en el intento.

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09
Ene
2023
capital cognitivo

Fue en 1967 cuando se utilizó por primera vez el término «sobrecarga de información» de la mano de Russell L. Ackoff, uno de los pioneros de la Teoría de Sistemas. En aquel momento, se comenzaban a diseñar sistemas para transmitir información en grandes empresas, pero el rendimiento no era cómo se esperaba; los directivos erraban al tomar decisiones y nadie sabía el motivo, pero aun así se les ofrecían más datos para paliar estas deficiencias. Ackoff lanzó una hipótesis alternativa: había un exceso de detalles triviales que repercutían negativamente en el rendimiento de los directivos. La solución no era sobreinformar, sino afinar el contenido que se les ofrecía.

Ha pasado más de medio siglo desde la revolución de Ackoff y nos encontramos con nuevos retos. El auge de las redes sociales, de los medios de comunicación digitales y de las plataformas online de divulgación ha propiciado una era de la abundancia del conocimiento, pero, aunque sabemos más que nunca, no siempre utilizamos esta información a nuestro favor.

El punto de inflexión tuvo lugar durante la pandemia. A diario, nos bombardeaban con información relativa al coronavirus, a menudo contradictoria, y nosotros aceptábamos gustosos cada titular, cada hilo de Twitter y cada reportaje de actualidad. ¿La razón? Lidiar con la incertidumbre. No sabíamos nada acerca de aquel enemigo silencioso, solo que se propagaba con gran velocidad segando vidas a su paso. Por eso nos aferrábamos a las noticias tranquilizadoras a la par que consultábamos compulsivamente los titulares alarmistas. Después llegaron las vacunas y se repitió el mismo círculo vicioso: dudar, sobreinformarnos y dudar todavía más.

Frente a los bulos entra en juego la extinción, un proceso psicológico que consiste en omitir el refuerzo de una conducta indeseada

Es duro reconocer que nos encontramos en un momento social en el que la incertidumbre no va a ser una enemiga pasajera. Las crisis geopolíticas, el cambio climático o la subida generalizada de los precios de los bienes y servicios nos van a mantener en vilo durante meses, quizá años. Inevitablemente, querremos buscar certezas, pero si bien el capital cognitivo que nos ofrecen las tecnologías de la información es indispensable, es todavía más importante coger con pinzas los datos para evitar esa sobrecarga de información de la que hablaba Ackoff.

El primer mantra que garantiza nuestra supervivencia es que cantidad no es igual a calidad. Recurriendo a un sencillo ejemplo: puedes leer cien noticias sobre el conflicto entre Rusia y la OTAN y no entender absolutamente nada al respecto. La clave está en seleccionar con mimo el conocimiento del que nos empapamos priorizando las fuentes oficiales y los medios de comunicación libres, independientes y pluralistas.

El segundo mantra, quizá más importante que el anterior, es evitar la propagación de bulos mediante extinción. ¿Qué quiere decir esto? Cuando nos encontramos con una noticia falsa en redes sociales, es inevitable llevarnos las manos a la cabeza y, movidos por la rabia, compartir la desinformación junto a un mensaje crítico y veraz en un intento de dejar nuestro legado en la era de la abundancia del conocimiento. Pero, lamentablemente, nuestro mensaje se pierde y lo que permanece es el bulo. Le hemos dado al medio o a la persona que desinforma las dos cosas que más ansiaba: notoriedad. Es ahí donde entra en juego la extinción, un proceso psicológico que consiste en omitir el refuerzo de una conducta indeseada, en este caso la atención y el alcance en forma de likes y retuits.

En este clima de hiperexigencia e hiperconexión, silenciar las redes sociales no es un acto de ignorancia, sino de autocuidado

Sin embargo, no podemos confundir la extinción con la negación de la realidad. Como dijo Margaret Atwood, «hacer caso omiso no es lo mismo que ignorar». Extinguir la desinformación implica un esfuerzo consciente y eso es lo más duro: saber que en el océano de internet hay tiburones que mienten deliberadamente, que engañan con fines obscenos o que polarizan y politizan asuntos que deberían ser comunes a toda la humanidad. Mientras eso ocurre, los diminutos peces solo podemos formar grandes y feroces bancos nutriéndonos de la cooperación. Esta tarea pendiente se consigue aferrándonos a un tercer y cuarto mantra: tenemos que estar alerta, pero sobre todo unidos, para evitar la desinformación.

Resulta agotador que un acto tan sencillo como informarnos se haya convertido en una misión casi académica, pero ese es el hándicap del capitalismo cognitivo. Vemos a diario cómo se prioriza el bienestar individual frente al interés colectivo, que es nada más y nada menos que acercar el conocimiento a cualquier ciudadano. También cómo la desigualdad de la información se materializa: personas sin recursos, de edad avanzada o que residen en países en vías de desarrollo se quedan atrás porque no pueden acceder a la información. Y, por supuesto, cómo el discurso se homogeniza: siempre hablan los mismos y siempre dicen lo mismo.

Recibimos un bombardeo constante de información relativa a asuntos tan diversos y complejos como salud mental, economía, política o maternidad. Pero podemos (y debemos) desconectar de la información que nos rodea, incluso cuando nos nutrimos de ella. Es agotador pensar nunca sabemos suficiente o, incluso, que le debemos a nuestra pareja, hijos, amigos y followers nuestra mejor versión: una suerte de inteligencia artificial humanoide que tiene una opinión formada sobre cualquier noticia de rabiosa actualidad. En este clima de hiperexigencia e hiperconexión, silenciar las redes sociales no es un acto de ignorancia, sino de autocuidado.

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