Siglo XXI

«Lo que compite hoy en la conversación no merece el nombre de ideología, sino de superstición»

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16
Dic
2022
Juan Claudio de Ramón

Asegura el diplomático y escritor Juan Claudio de Ramón (Madrid, 1982) que la Ciudad Eterna nos permite ser ‘voyeurs’ de nuestra propia historia. En su último libro, ‘Roma desordenada’ (Siruela), de Ramón explora desde una poliédrica perspectiva una de las ciudades más famosas del mundo reflexionando, a la vez, sobre la cruenta actualidad de la guerra en Ucrania y el delicado juego de equilibrios en los que se bambolea la Europa de los Veintisiete. 


«Esta ciudad, dura y cruel para casi todos, es un lugar propicio para la felicidad». Esta frase que escribe en sus páginas refleja muy bien el carácter del libro y su apasionada mirada sobre el paisaje humano y cultural. ¿Qué busca ofrecer con este libro?

Es Goethe quien dice que el único lugar donde fue feliz es Roma (una afirmación que quizá haya que poner en relación con su biografía: un protestante que se da alegrías católicas al llegar al sur de Europa). Ciertamente, Roma es una ciudad generosa en felicidades estéticas, pero al mismo tiempo es muy dura, casi inclemente, sobre todo en sus márgenes, que son muy extensos. La Roma monumental y exultante los romanos no la disfrutan demasiado. Mi libro aspira, de manera un tanto inmodesta, a ofrecer una visión integral o al menos caleidoscópica de la ciudad, quiero mostrar sus dulzuras y sus durezas. Por otro lado, mi puesto de observación es privilegiado: el de alguien que vive y trabaja en el centro. Por eso me obligué a adoptar distintas perspectivas. El libro no es una guía sino un retrato que, a base de acumular estampas, aspira a ser lo más completo posible, sabiendo que eso es, a la vez, imposible: se puede dar la vuelta al mundo, pero no a Roma.

¿Qué encontró en la capital italiana que no haya hallado en otros lugares?

Lo que tiene que no tienen otras ciudades es Roma, obviamente. Solo Roma es Roma, y eso compensa de cualquier otra fatiga o insuficiencia. Pero para responder sin recurrir a la tautología diría que los dos atributos que Roma tiene en medida superlativa son dos: belleza y tiempo. Lo primero es evidente; basta pasar unas horas en el casco antiguo. Lo segundo se descubre cuando se vive allí: en Roma pasado y presente se tocan con las yemas de los dedos. La ciudad tiene una extraña manera de doblar el tiempo por sus esquinas, de deformarlo. Pasado y presente tienen la misma textura.

A lo largo de las páginas sorprende su mirada, tan alejada de los miles de turistas que buscan el selfie perfecto en la Ciudad Eterna. ¿Por qué nos sigue atrayendo tanto el pasado grecolatino? 

El pasado fascina porque nos explica. Como no podemos sentirlo como tiempo, lo experimentamos como lugar. Somos detectives de nuestra propia historia y el pasado es el lugar del crimen, por así decir. El principal legado de Roma es Grecia. Roma preserva Grecia y nos la entrega.

«Si queremos preservar España como nación esta debe ser inclusiva de sus diferencias lingüísticas»

¿Sigue Roma siendo la patria eterna de Occidente?

Patria eterna de Occidente es título muy altivo, pero si alguna ciudad lo merece es Roma, sí.

En este sentido, ¿cuál es su radiografía de la actual posición de Europa ante la guerra en Ucrania?

Me resulta difícil adivinar el porvenir de Europa. No hay tendencias claras. Creo que la Unión Europea es un delicado equilibrio entre estados-nación y ciudadanía supranacional. Avanzan como una doble hélice (esta es una imagen de Joseph Weiler que me gusta) y hay que cuidar ese equilibrio. Si tiramos bruscamente de uno de los polos, el edificio entero puede desplomarse. En general, soy partidario de un europeísmo sin prisas, que haga crecer la Comunidad de manera gradual y orgánica siguiendo la vieja receta: solidaridades de hecho que conduzcan a un creciente sentimiento de pertenencia común. En cuanto a Ucrania, la historia de Rusia es esencialmente trágica, pero el imperialismo de Putin no encuentra cobertura ni justificación alguna en las decisiones libres y concertadas que tomaron los países occidentales en las últimas décadas. Nada ampara o disculpa la invasión.

Uno de los temas de su investigación es el secesionismo. Ha escrito varios libros sobre ello y sus columnas también inciden en los procesos nacionalistas y el rol que la lengua posee en la cohesión de esta clase de movimientos. ¿Cuál es el peso del catalán a la hora de sostener el independentismo y sus peticiones? 

En los procesos de construcción nacional se aprovecha todo: hay elementos cívicos, como la igualdad ante la ley, pero también étnicos, como la lengua o la religión. La lengua es algo importante; no solo para el nacionalismo catalán, sino para cualquiera. En el propio proceso de creación de la nación española estuvo presente. Lo que ocurre es que en las fases germinales de la nación española vascos y catalanes consideraron que el español era su lengua nacional. En Cádiz en 1812 la lengua era un acervo compartido y nadie pensó que fuera a ser un problema. Ahora ese sentimiento de comunidad lingüística se ha perdido, al menos en parte. El proceso es dinámico. En todo caso, no hay que erosionarse mucho el intelecto: si queremos preservar España como nación esta debe ser inclusiva de sus diferencias lingüísticas. Mi tesis es que el Estado ha aprendido a serlo y las Comunidades Autónomas son ahora las excluyentes.

¿Tiene el independentismo en estos momentos un apoyo popular destacado o, por el contrario, se trata de un proyecto de unos pocos impuesto desde el poder?

Las dos cosas son ciertas. Hay un sustrato popular y sentimental bastante extendido, pero el proyecto político de separarse de España lo empuja la élite que aspira a beneficiarse del nuevo estado de cosas. Para la inmensa mayoría de catalanes su vida no iría a mejor tras la secesión. Desde luego no adquirirían ningún derecho que ahora no tengan. Ya viven en democracia. Con lo cual, es un proyecto para nada y contra nada, pero que puede dar dividendos a quienes aspiran a partir el bacalao en el nuevo Estado. Como el bacalao ya lo parten, tampoco veo mucho el beneficio adicional que podrían extraer. De hecho, gestionar un Estado es difícil. Deben tener cuidado con lo que desean.

«Soy partidario de un europeísmo sin prisas, que haga crecer la Comunidad de manera gradual y orgánica»

En una entrevista dijo que «los países prosperan cuando compactan su vida política en el centro». ¿Es la ideología un perjuicio para la prosperidad de las naciones? En tiempos de creciente polarización, ¿es posible mantener una estabilidad social y económica en un ambiente cada vez más sesgado?

Las ideologías aportan poco al gobierno de los países. Como mucho, proveen de herramientas para el análisis de algunos problemas sociales, pero al final todo buen gobernante tiende al eclecticismo: un poco de esto, un poco de lo otro. A eso llamo yo centro. Ver lo que funciona y lo que no, sin dogmas: la realidad es endiabladamente compleja y pone a prueba nuestras teorías. Por otro lado, lo que compite hoy en la conversación pública ya no merece ni el nombre de ideologías, sino de supersticiones. Las sociedades siempre son supersticiosas, pero vivimos en un momento en que las élites también lo son, se creen sus propias mentiras; eso va en detrimento de cualquier aproximación funcional a los problemas y, en consecuencia, de la posibilidad de acuerdos que redunden en una prosperidad compartida.

¿Cómo evaluaría la salud democrática de España? ¿Es posible aunar una política en la que las Comunidades Autónomas obtienen una transferencia de competencias cada vez mayor y, al mismo tiempo, una equilibrada unidad territorial? 

La salud es mala y la respuesta a la pregunta es no. Pero más allá de la crisis territorial, ahora sabemos que para un país desnacionalizarse es también desmodernizarse. Las instituciones comunes, que son las nacionales, vuelven a ser de parte. Con la pérdida de lo común, desaparece también el ideal de neutralidad. Así que la cosa que más me preocupa ahora no es ni siquiera la falta de unidad territorial, sino la falta de unidad institucional. Todo está cada vez más corrompido por el viciado aroma de la facción.

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