Siglo XXI

«Para entender el terrorismo lo mejor es alejarse de explicaciones ideológicas»

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04
Nov
2022
Óscar Sainz de la Maza

Tras años investigando el terrorismo, el periodista Óscar Sainz de la Maza (Madrid, 1990) ha publicado recientemente ‘El siglo que acabó en sangre’ (Sílex), un recorrido por el germen y los engranajes del terrorismo islámico. Con un estilo que combina lo histórico y lo literario, sin dejar de atender a la objetividad de los hechos, este experto en Historia Contemporánea recrea situaciones, escenarios y momentos relacionados con el yihadismo. Ha acumulado seis años de investigación que han dado jugosos frutos: lograr un análisis completo y certero de la violencia política que precedió a los atentados del 11-S.


¿Qué te llevó a interesarte (hasta el punto de especializarte) en el análisis del terrorismo?

No hubo ninguna razón noble o grandilocuente detrás de aquella decisión. Todo empezó con un desamor. Estaba machacado y me sentía autodestructivo. Dado que era investigador, me puse a buscar algo realmente duro para investigar. En un principio, iba a ser terrorismo o narcotráfico. Viendo que mis fuentes eran más cercanas al terrorismo, y que prácticamente nadie se dedicaba a la difusión de ese tema de cara al público, me decidí. Me ha dado para unas cuantas noches de pesadillas pero no lo cambiaría por ningún otro. Es un universo tan fascinante como repugnante.

¿Cómo se puede explicar el surgimiento del uso de la violencia con fines políticos por parte de bandas armadas?

Para que una acción sea terrorista, tiene que seguir un método determinado: es decir, el perpetrador ha de querer presionar, mediante la violencia, a un gobierno o a una sociedad para que apliquen una ideología que no cuenta con apoyos mayoritarios, ya sea el yihadismo, el maoísmo o la independencia para Irlanda del Norte. Los primeros en utilizar este método de manera sistemática fueron los nihilistas rusos y los separatistas irlandeses, dado que empezaron a finales de los 1860. Los anarcoterroristas no tardaron en seguirles, a partir de 1880. Escogieron una buena época: se acababa de inventar la dinamita y se multiplicaban los medios de comunicación, así que era más fácil perpetrar y publicitar una masacre para atemorizar al gobierno de turno. El terrorismo, en suma, es un invento más de los muchos que produjo la belle époque. Uno de los peores, claro.

«Si le preguntáramos a un inglés cuántos atentados hubo en el Reino Unido en 2016, dirá que tres o cuatro: el número total fue de 76»

¿Cuándo comienza el yihadismo actual?

Se suele creer que el yihadismo viene de tiempos medievales y lejanos, pero lo curioso es que es un fenómeno que apareció cuando el resto del mundo estaba escuchando a Madonna y viendo Los cazafantasmas. En la Edad Media, el Islam conquistaba muchos territorios pero, dado que tenía retaguardias débiles, prefería pactar con otras religiones (a cambio de un jugoso impuesto) para tener la fiesta en paz. De cuando en cuando, aparecía alguna tropa de exaltados como los almorávides o los almohades, pero no era la norma. Sería ya cuando el imperio turco se vino abajo que surgieron voces que empezaron a predicar el fundamentalismo y, aun así, este no se hizo fuerte hasta el siglo XX, según se oxidaron las dictaduras árabes nacionalistas o socialistas. De estos fundamentalistas solo una pequeña parte decidió tomar las armas y convertirse en yihadistas, y lo hizo en los años setenta y ochenta, mientras aquí se bailaba música disco. No solían atacar a Occidente, sino a los propios gobiernos o ciudadanos árabes que veían como pecaminosos. La guerra contra Occidente, la llamada teoría del enemigo lejano, fue puesta de moda por Osama Bin Laden a partir de 1996. La idea no era suya, todo sea dicho, pero Bin Laden siempre fue un gran publicista.

Y en la actualidad, ¿ha influido el auge de las redes sociales en la propagación del terrorismo?

Mucho. El terrorista necesita publicitar su mensaje y cualquier mejora en las comunicaciones (como el boom de la prensa en la década de 1860, por ejemplo) le beneficia enormemente. Antes, en los años noventa, los reclutas yihadistas tenían que presentarse en los campos de entrenamiento afganos de Al Qaeda. Ahora, se recluta a través de internet, radicalizando a jóvenes para que se rebelen contra el Islam clásico que profesan sus padres y se desplacen a territorio de la banda para entrenarse y luego atentar. En el terrorismo de ultraderecha, también, los perpetradores –que pertenecen a un tipo de terrorista muy concreto: los lobos solitarios–publican manuales digitales de los que aprenden sus imitadores. Cada lobo solitario aprende de la experiencia del anterior y busca mejorar sus resultados.

«No son pocos los tertulianos que dicen que ahora vivimos en un estado de hipervigilancia, pero yo me permito ponerlo en duda»

¿Por qué los medios de comunicación contribuyen a que elaboremos una narración sesgada del terrorismo?

En primer lugar, los periodistas no suelen tener los datos (ni el tiempo) para reconstruir el historial de una banda terrorista, más allá de contar los detalles del atentado, el número de muertos y poco más. Segundo, los creadores de opinión (tertulianos, columnistas e influencers) tienden a barrer para casa dependiendo de su ideología: las derechas duras tratan de relacionar terrorismo con Islam o inmigración y las izquierdas duras te dicen que el terrorismo es un fenómeno que se exagera y magnifica para meter miedo al ciudadano y controlarlo, como si esto fuera una película de sábado por la tarde. Ambos mienten. Los musulmanes se pegan de tiros contra los yihadistas mucho más que nosotros (por la cuenta que les trae), y muchos inmigrantes han huido del ISIS o de la Yihad del Sahel. En cuanto a lo de magnificar el fenómeno, ocurre exactamente al revés: se producen muchos más atentados de lo que se cree, porque solo nos fijamos en los que tienen éxito. Si le preguntáramos a un inglés cuántos atentados hubo en el Reino Unido en 2016, dirá que tres o cuatro. El número total fue de 76. Para conocer bien el terrorismo lo mejor es alejarse de las explicaciones de tipo ideológico: cualquier parecido con la realidad suele ser pura coincidencia.

Tras los atentados de las Torres Gemelas, el gobierno estadounidense de George Bush creó una alarma internacional que atemorizó a la población, pero luego se descubrió que Estados Unidos tenía fructíferas relaciones de negocios previas con la familia Bin Laden. ¿No resulta perversa esta manipulación de los antecedentes?

Separemos primero la realidad del mito. La familia Bin Laden pasó de la miseria a convertirse en una de las familias más ricas del territorio saudí y tuvo negocios con medio mundo, aunque nunca fueron radicales como lo fue Osama. De hecho, Salem Bin Laden, el hermano heredero y primogénito, era un tipo absolutamente occidentalizado que igual se echaba un cigarrillo con sus amigas en Beirut que tocaba el piano en una fiesta de Hollywood. Osama fue siempre el raro de la familia. Se radicalizó a los 14 años por influencia de su profesor de gimnasia y se hizo yihadista en la Universidad de Yeda por influencia del clérigo Abdullah Azzam. Esto ocurre en muchísimas familias de yihadistas: no son radicales, pero el hijo se les radicaliza en la adolescencia, como ocurría en los sesenta con los grupos de extrema izquierda.

¿Ha cambiado sustancialmente el mundo a partir de entonces?

No son pocos los tertulianos que dicen que ahora vivimos en un estado de hipervigilancia, pero yo me permito ponerlo en duda. La hipervigilancia probablemente fue más intensa durante la Guerra Fría. Y durante los años noventa, cuando los servicios de inteligencia estadounidenses y británicos se durmieron en sus laureles tras la implosión de la URSS (la ristra de atentados que se produjo durante el cambio de siglo les sacó de su plácido sopor). ¿Qué ha cambiado desde entonces? Ahora se pueden interceptar nuestras comunicaciones de móvil (como antes se interceptaban cartas o se pinchaban teléfonos) y la seguridad en los aeropuertos es mayor. Hay quien se queja de que no le dejen pasar un tubo de pasta de dientes al avión. Yo prefiero recordar que, en el atentado del vuelo 434 Manila-Tokio (1994), la nitroglicerina pasó los controles en botellitas de líquido para lentillas. Los terroristas no son tontos: sondean bien la seguridad de los aeropuertos antes de jugársela.

«Para combatir la xenofobia hay que aceptar un principio básico: ninguna etnia es malvada o bondadosa; todas ellas contienen bellísimas personas y todas ellas contienen indeseables»

¿Existen relaciones entre naciones que hagan más propicias las acciones terroristas?

Hay tres regiones que han sido clave para la financiación del terrorismo yihadista. Primero, el Irán de los años ochenta, que introdujo la táctica del atentado suicida (que los yihadistas, curiosamente, no utilizaban hasta entonces). Luego, Paquistán, con sus servicios secretos fuera de control y financiando a los talibán desde el día uno, sin hacer mucho caso de las presiones americanas. Paquistán no ha parado, tampoco, de enviar comandos yihadistas en el pasado para atentar contra la India. Finalmente, los países del Golfo Pérsico, donde los cientos de príncipes que compiten entre sí en cada uno de estos países (y a los que el Estado difícilmente puede controlar) generan no pocos fondos para las bandas armadas. A los occidentales nos encantan las historias conspirativas y setenteras en las que son nuestros propios países los que realmente mueven ‘los hilos en la sombra’, pero lo cierto es que la influencia de Occidente en Oriente Medio se disolvió como un azucarillo a partir de los años ochenta. La Guerra Fría ya pasó, y ahora son otros gallos los que dominan el corral.

¿Es el terrorismo un disparador del racismo y la xenofobia? Si es así, ¿cómo se podría contrarrestar?

Es curioso: el terrorismo yihadista mata a más musulmanes que a miembros de cualquier otra religión. Que se lo digan a los argelinos, a los iraquíes o a los afganos, que han pasado décadas peleando a sangre y fuego. Sin embargo, en Occidente hay quien considera que se trata de una guerra de musulmanes contra cristianos. Esto conduce en muchos casos a la xenofobia, que, en su vertiente más extrema, ha alimentado una cepa creciente de terroristas de ultraderecha de tipo lobo solitario, cuyas masacres se están convirtiendo en el siguiente gran reto de la lucha antiterrorista. Para combatir la xenofobia, en todo caso, yo prefiero alejarme del discurso de los políticos de ambas orillas. Porque si por un lado te dicen que los musulmanes son una amenaza y hablan de expulsarlos como si esto fuera el III Reich, por la otra proclaman que toda tierra lejana es un jardín de bondades y que, si el yihadista mata, lo hace a causa de la pobreza y la desesperación que le producen las maldades infinitas de Occidente. Parecen ignorar el hecho de que el comandante yihadista promedio viene de la clase media, está casado y su principal objetivo es acabar con el alcohol, la música, los cigarrillos y, en general, con el hecho de que las mujeres puedan tener una vida fuera de casa. Si vamos a combatir la xenofobia, hay que aceptar un principio básico: ninguna etnia es malvada o bondadosa. Todas ellas contienen bellísimas personas. Y todas ellas contienen indeseables.

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