Medio Ambiente

¿Hasta dónde llega la sostenibilidad en Arabia Saudí y los Emiratos?

Frente a la envergadura de la crisis ambiental, los Estados más ricos de la península arábiga proponen proyectos imponentes y ambiciosos, a la vanguardia de la arquitectura sostenible, con la intención de frenar las peores consecuencias del cambio climático. Sin embargo, en algunas ocasiones, la sostenibilidad ha transmutado en un modelo de negocio que todavía codicia los excesos del pasado.

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12
Sep
2022
Una imagen del proyecto de ‘The Line’.

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Nuestros días se encuentran inmersos en la era de los contrastes: vivimos en la edad del desarrollo económico y, a la vez, de las desigualdades; en la época de la calidad y de la degradación; en el tiempo del consumo y, también, del hambre. Por seguir con la rima de Dickens, quien ya trató estos contrapuntos en su espléndida Historia de dos ciudades, a un tiempo como el actual solo se le puede tratar en grado superlativo.

En un contexto como este, y especialmente frente a la crisis ambiental, se tiende a creer que cuanto mayor es el riesgo, más imponente y ambiciosa ha de ser su solución. Así, los países recurren a la innovación técnica y urbanística de medida prometeica, apostando gran parte de su capital al desarrollo de metrópolis supuestamente sostenibles en los lugares más inhóspitos y arduos del planeta. Los ejemplos abundan y fe de ello dan ciudades como Dubái –que recurre a los drones para crear tormentas en el cielo y reducir las altas temperaturas en la urbe– o las propuestas urbanísticas de The Line, la gran smart city anunciada por Arabia Saudí en pleno desierto que abarcará más de 170 kilómetros de largo y 200 metros de ancho y hospedará al menos a nueve millones de humanos. Promete respetar el entorno e impulsarse tan solo con energía limpia y renovable.

Pero The Line aspira también a ser un nodo de convergengencia comercial, poblacional, geopolítica y recreativa. Y es ahí donde, según numerosos expertos, reside su potencial inefectividad con la sostenibilidad que abandera: su calidad de centro portuario comercial global incrementará la emisión de gases de efecto invernadero y la dependencia con el exterior, con todo lo que ello conlleva. Pero además, la tierra reclamada al mar acabará con gran cantidad de los ecosistemas marinos y desembocará en inundaciones severas, a lo que se sumará esa concentración masiva de habitantes en un espacio tan reducido que pondrá las capacidades de almacenamiento y gestión de residuos sobre la cuerda floja y que demandará cantidades ingentes de agua potable y recursos en un lugar donde son prácticamente inexistentes.

Dubái fue en 2017 una de las ciudades que más energía y agua consumió del planeta

En el caso de la capital emirata, Dubái también ilustra esa dicotomía entre el desarrollo innovador y la sostenibilidad. Si bien el emirato no ha hecho sino clamar que la innovación tecnológica y urbanística es la solución a todos sus problemas, la realidad es que la metrópolis está aún lejos de cumplir el voto de convertirse en una urbe verde. En primer lugar, como ya expuso Hassan Radoine en su libro Architecture in Context: designing in the Middle East (Wiley), Dubái fue en 2017 una de las ciudades que más energía y agua consumió del planeta. De hecho, como indica su serie histórica, podemos observar que el incremento de consumo de electricidad entre los años 2013 y 2021 fue del 52,07%, alcanzando los de 50.401 gigawatios hora (GWh).

La apuesta verde de ‘The Line’ también es puesta en duda por numerosos expertos dada su calidad de centro portuario comercial

Además, siguiendo con Radoine, incluso habiendo mejorado considerablemente desde 2007 sus sistemas de reciclaje de aguas residuales, estos son todavía inadecuados e ineficientes para lidiar con el crecimiento y las necesidades de la ciudad. Por último, su obcecación con proyectos megalómanos y las innumerables hectáreas de tierra reclamadas al mar, que han supuesto una degradación y pérdida irrecuperable de los ecosistemas marinos al igual que un aumento del riesgo por inundaciones, la han convertido en una ciudad donde una de sus caras abraza el futuro sostenible y la otra todavía codicia los excesos del pasado. 

Por ejemplo, el Burj Khalifa, emblema de la ciudad, ha batido todos los récords arquitectónicos, pero también los de la ineficiencia a la hora de gestionar residuos. Concretamente, el edificio genera cada día más de siete toneladas de excrementos humanos que, sumados a las más de 15 de aguas residuales, deben ser almacenados, transportados en camión y arrojados fuera de la ciudad debido a la incapacidad de los sistemas de alcantarillado, reciclaje y de gestión para tratarlos debidamente.

Estos problemas son extrapolables a muchas de las grandes metrópolis de la península arábiga que siguen a caballo entre la sostenibilidad y el crecimiento económico y poblacional. Al fin y al cabo, las dificultades para acceder a agua potable –comunes en toda la región–, la creciente demanda de energía, los impactos de las islas artificiales destinadas al comercio y al turismo o la contaminación de acuíferos son algunos indicadores que frenan el optimismo ante la crisis ambiental. Quizás la solución no se encuentre tanto en adelantarnos al futuro sino en reencontrarnos con nuestra naturaleza, esa que todavía hoy puede hallarse en lo local.

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